Mis amados hermanos
y hermanas, en el mes de enero del 2001, hace ya más de siete
años, cuando tomé posesión como Rector del Santuario le pedía,
después de la fe guadalupana, le pedía a los señores canónigos,
a los padres capellanes, a los religiosos, religiosas y laicos
que trabajamos en este Santuario, el que nos empeñaríamos
en ser el rostro dulce, tierno, sereno, amable de Santa María
de Guadalupe, es decir: que seríamos signos de misericordia.
El sacerdote particularmente es misterio de misericordia.
En la carta que dirigió el Santo Padre,
que nos dirigió a nosotros sacerdotes el año pasado, nos hablaba
precisamente del sacerdocio como misterio de misericordia,
de donde se deduce que también nuestro ministerio tiene que
ser de misericordia. Misterio de misericordia por la gratuidad
de la elección, misterio de misericordia por la condescendencia
y el perdón que tiene con cada uno de nosotros elegidos sacerdotes.
Por la gracia que derrama constantemente sobre nosotros para
que a su vez seamos canales de esa gracia y la hagamos llegar
a ustedes pueblo de Dios. La gracia del sacerdocio es una
súper abundancia de misericordia.
Se puede en la historia personal de
Pedro y de Pablo comprobar perfectamente quien es, ellos son
sin duda, sus vidas emblemáticas, claros signos de esta misericordia
de Dios. Celebramos a estos dos grandes apóstoles, muertos
ambos en Roma por su fidelidad a Jesucristo.
Pedro, pescador de Betzaida siguió
a Jesús desde el principio y recibió la misión de ser el punto
de referencia de su comunidad de seguidores. Enamorado profundamente
del Maestro, capaz de expresar la misión más absoluta a Él,
fue también capaz de negarlo, pero luego convertido definitivamente
dedicó su vida anunciarlo hasta la muerte.
Pedro capaz de coger la espada para
defender a Cristo y capaz de negarlo ante las indiscretas
acusaciones de la criada; una persona con un corazón de niño
bajo la apariencia de un hombre duro, quizás un hombre más
parecido a nosotros.
Es la primera persona que expresa la
verdadera fe en Jesucristo, tú eres el Mesías, tú eres el
Hijo de Dios Vivo. Es nuestra misma fe, amados hermanos, que
profesamos en el Credo. Pedro será la roca en la que se edificará
la Iglesia a pesar de ser la cabeza de la Iglesia, no por
eso es perfecto, no, después de confesar su fe en Cristo resulta
que no ve las cosas como Dios, sino como los hombres.
¡Apártate de mi Satanás! le dice, el
mismo Señor Jesús, sin embargo tú eres Pedro y sobre esta
piedra edificaré mi Iglesia. Se avergonzará de Jesús, pero
él mismo una vez convertido nos confortará a todos nosotros
en la fe.
Mis hermanos, estas palabras de san
Mateo en el Evangelio que hemos proclamado hoy, fueron escritas
con toda seguridad cuando Pedro ya había dado testimonio de
su fe en el martirio. Jesús dijo; que sobre aquella roca edificaría
su Iglesia. La roca no era la persona de Pedro, pero la solidez
de la piedra debía continuar aunque Pedro ya no estuviese.
Es lógico que el trabajo de irse consolidando
la Iglesia continuará apoyándose sobre la roca, esta de la
fe de Pedro, actualizada en un hombre concreto, en este caso,
el sucesor de Pedro, Benedicto XVI, ahora. Pablo fariseo,
perseguidor de los cristianos descubrió a Jesús y todo le
cambio, fue él el principal impulsor de la apertura del Evangelio
a los paganos y a ellos dedicó su vida. A ellos dedicó, también,
todo hasta el martirio.
En los tiempos actuales en los que
fácilmente nos cansamos, en los que el desanimo se contagia,
es estimulante celebrar la memoria de este hombre que no se
cansaba nunca, que sufría por todas las iglesias, que tenía
tiempo para exhortar y tiempo para rezar.
En la Segunda Lectura de hoy hemos
escuchado palabras de despedida. Pablo para hacerse entender
por la gente a semejanza del Maestro también usa parábolas,
pero como él era de ciudad las parábolas son urbanas; he corrido
hasta la meta dice, seguramente a pocos metros del circo máximo
donde los atletas jugaban la vida para ganarse una corona,
Pablo sabía que la aguardaba la corona merecida.
Con otras parábolas expresa su deseo,
él ha sido como una barca amarrada en el puerto y ahora ha
llegado el momento de soltar las amarras, el momento de mi
partida es inminente, dice; Pablo, seguramente se refiere
al final de su misión en Roma, la muerte para él será entrar
en el alta mar del amor sin medida del Señor.
Pablo, mis amados hermanos, a quien conocemos bastante bien
a través de sus trece cartas y de los Hechos de los Apóstoles
pasó por momentos buenos y por momentos muy difíciles.
Hace apenas dos semanas escuchábamos en la Segunda Carta a
los Corintios; que terribles sufrimientos de Pablo, sin embargo
siempre entusiasmado, su entusiasmo no se basaba en el éxito,
sino en el amor apasionado por nuestro Señor Jesucristo al
que habían perseguido, pero al que amó más que nadie después
de su conversión.
Mis amados hermanos y hermanas, que
su figura nos estimule y nos anime a pesar de todas las dificultades.
Su personalidad es el mejor antídoto contra la decadencia
y la mediocridad y a veces parece que se instala en nuestras
comunidades cristianas.
La personalidad de Pablo es el mejor antídoto contra la decadencia
y la mediocridad que a veces parece que se instala en nosotros
los ministros, en nosotros los sacerdotes, que terrible es
esto cuando sucede así, porque la comunidad va a pique, no
la llevamos – perdón por la expresión – entre las patas.
Mis amados hermanos, Pablo tiene que
animarnos a seguir adelante, Pablo tiene que impulsarnos a
contemplar siempre la misericordia de Dios, somos misterio
de misericordia.
Todo sacerdote puede hablar, también, de esa historia de amor
misericordioso que Dios ha tenido con cada uno de nosotros,
es algo obvio que se palpa en cada acontecimiento, en cada
gesto, en cada palabra. Pues el que ha nacido de la misericordia
tiene que vivir la misericordia y tiene que actuar en la misericordia.
El Santo Padre se refiere especialmente
al sacramento del perdón donde la misericordia esta institucionalizada.
Nosotros hace unos meses meditábamos que precisamente el Sacramento
de la Reconciliación, aquí en la Basílica, en el Tepeyac es
el sacramento más guadalupano, es el sacramento en el que
más podemos expresar este amor tierno, dulce, amable y sereno
de Santa María de Guadalupe.
Pero, mis amados hermanos, debemos aplicar también la misericordia
a toda la vida del sacerdote; cuando predica, reza, celebra,
perdona, cuando sirve, cuando ayuda, cuando escucha, cuando
está, siempre tiene que ser desde la misericordia.
La misericordia es; diríamos, el corazón de su vocación, el
corazón de su ministerio, en el fondo no es otra cosa que
continuar el ministerio de Jesús ungido en el espíritu que
es misericordia infinita.
Misericordia no es solamente perdonar un pecado, misericordia
no es solamente perdonar una ofensa o dar una limosna, no,
de ninguna manera, es algo más, algo más plenificante, es
poder decir: el toque de corazón que hay que poner en todo
lo que se dice y en todo lo que se hace y ese toque conecta
directamente con el toque del Espíritu Santo.
Este espíritu que fecundo las benditas
entrañas de Nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe,
quien nos dijera aquí en este mismo lugar, a través de nuestro
querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin “quiero una casita,
quiero un templecito para estar siempre dispuesta a escuchar
su llanto, su tristeza para purificar, para curar todas sus
diferentes miserias, sus penas y dolores”; esto es misericordia,
mis hermanos.
Bien comenta Mons. José Luis Guerrero cuando hace exégesis
sobre este versículo 32 del Nican Mopohua: “nada más propio
de una Madre que escuchar llanto, que curar miserias, penas
y dolores”.
Pero en este caso tratándose de la Madre de Dios, y por tanto
de alguien que puede alcanzar todo de su Hijo, y por tanto
impedir que sus otros hijos tuviéramos penas y dolores cabria
preguntarse, ¿por qué consolarnos si podría haber hecho que
no tuviéramos esas mismas miserias, esas mismas penas y esos
mismos dolores? La respuesta, mis hermanos, es sencilla, es
muy sencilla, ninguna madre que deberás ame deja de causar
penas y dolores a sus hijos, porque sabe que es así como aprende,
es así como mejora, es así como crece.
Todos los ingenuos o demagogos de la
historia han prometido a los mortales suprimirles precisamente
miserias, penas, dolores, ofreciendo a sus seguidores desde
un nirvana libre de todo apego hasta un paraíso del proletariado.
Cristo, mis amados hermanos, el arraigadísimo
Dios por quien se vive a quien nos trajo Santa María de Guadalupe,
muy al contrario, Cristo a quien testifica Pedro y Pablo,
dejó claro que; abnegarse y tomar la cruz era esencial para
su seguimiento, pero que nadie que acudiera, que nadie que
fuera a Él se sentiría agobiado puesto que su yugo es suave
y su carga es ligera.
Eso, mis amados hermanos, es lo mismo
que hace Nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe,
eso mis amados hermanos, es lo que tenemos que hacer nosotros.
Desde el Rector de esta Basílica hasta el último de los empleados;
signos vivos, testimonio viviente de este rostro dulce, amable,
sereno de Santa María de Guadalupe que contempla misericordiosamente
nuestras miserias.
Amados hermanos, pues pensando en esto,
meditando en esta Palabra que hoy el Señor nos da y aplicándomela
yo en primer lugar, continuemos con nuestra Eucaristía, continúenos
con nuestra Celebración.
Que así sea mis amados hermanos. |
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