EL CIELO
Hermanos: cantemos las grandezas del Señor que nos ha llamado
en su Hijo Jesucristo a una vida nueva, y nos ha hecho conocer los
designios de su misericordia en la misma persona de su Hijo querido
que por su cruz y su resurrección nos conduce a la vida en el amor
que no tiene fin.
El misterio de la Ascensión del Señor, se presta para
que nosotros pensemos en nuestra propia ascensión o descenso.
Ascendemos cuando tratamos de subir de las realidades temporales
a las de mayor valor, tocando con nuestra alma, las realidades
espirituales de nuestro yo, de los hombres nuestros hermanos,
y del mismo Dios. Descendemos, en cambio, cuando nos sumergimos
en la materia y ahogamos nuestro espíritu en lo caduco, torcido
y corrompido de la existencia.
Ascendemos cuando volamos más o menos alto, por los mundos fascinantes
del espíritu y del arte, de las ciencias y de la técnica.
Cuando a través de esta pantalla, y con los ojos de la fe, reconocemos
las grandezas del Ser supremo, fuente de toda bondad.
Descendemos cuando nos formamos ante los tres ídolos y a ellos
nos rendimos: los dioses del Dinero, del Poder y del
Sexo. Tres dioses que forman la trinidad del hombre – tierra
y ante el cual nos postramos tantos hombres.
La fiesta de la Ascensión del Señor, ya casi
al final del tiempo pascual, no puede entenderse, mis queridos
hermanos, fuera del contexto de este misterio glorioso de la Pascua.
Podríamos decir que no nos
desconectamos de él, pues se trata de una manera diferente de entender
y expresar el mismo misterio de la resurrección. Nos revela,
de hecho su aspecto trascendente e inefable. Cuando las palabras
faltan para expresar una experiencia recurrimos a la poesía y a los
símbolos que nos permiten expresar, si no toda la realidad, sí nos
permiten enunciar algo de lo que podemos traducir en palabras que
siempre se quedan cortas, porque no logran decirlo todo.
No podemos pasar por alto que la Resurrección es
una realidad misteriosa que está más allá de la posibilidad de una
definición o una descripción precisa. El hecho es que faltan palabras,
y más que esas, falta una experiencia directa de lo que expresamos
de este misterio en la fe. Si la tuviéramos no estaríamos aquí en
el tiempo y en el espacio dando cuenta de ella, porque quien se va
ya no vuelve.
Pero por las narraciones de la Sagrada Escritura, como las
de hoy, nos podemos asomar a ese misterio que de alguna manera
experimentamos en la fe y en lo más íntimo de nuestro ser de hijos
de Dios, ya que de ninguna manera, mis hermanos, estos misterios
nos son ajenos, sino todo lo contrario; pero sólo se aceptan y
se viven desde lo más profundo de nuestro ser: allí donde nuestro
espíritu se encuentra con Dios; con el Dios de una vida totalmente
otra y muy semejante a la de Dios. Es allí, en la intimidad,
donde hemos de entrar para comprender algo de este sublime misterio.
Por eso las lecturas hablan de un cielo. Otro concepto
comúnmente mal entendido y desfasado de su realidad misteriosa. En
primer lugar, mis hermanos, no es un lugar, sino una situación,
una forma de existir diferente y superior a la terrena, limitada
por el espacio y el tiempo. Cuando decimos que el Señor se fue a los
cielos y leemos que los apóstoles ven hacia arriba. No podemos quedarnos
con la idea de que ese lugar está en lo más alto de la tierra. No,
hermanos, decimos y creemos que el cielo es símbolo de una realidad
que pertenece a la eternidad, es decir, es algo muy cercano a
Dios, omnipotente, eterno y sumo bien. Ir al cielo o estar en el
cielo, queridos hermanos, tiene un significado de fe. Con
esas expresiones, por otro lado muy propias del lenguaje bíblico,
profesamos nuestra fe en una realidad totalmente otra y, por eso,
propia de Dios. Una realidad a la que todos estamos llamados y en
la que hemos sido iniciados o introducidos por el bautismo como expresión
de nuestra fe, como una adhesión existencial al Señor. El cielo
es el destino al que caminamos con la práctica de todo lo que
hemos aceptado en la obediencia con nuestro bautismo; pero también
con la celebración de los otros sacramentos y la práctica de la caridad.
Por eso, mis hermanos, pensar en el cielo, buscarlo y anhelarlo
no nos enajena ni nos permite despegar los pies de la tierra. Precisamente
porque es aquí en la tierra, en la historia que nos tocó vivir
como actores, donde nos ganamos el cielo. Vamos hacia él como
nuestro destino último pasando por la tierra. Sabemos que ésta
no es nuestra patria definitiva, pero sin pasar por ella no llegamos
a la que esperamos sea la eterna. El paso al cielo es la tierra.
No podemos llegar al cielo sin vivir responsablemente en la tierra.
Por eso Jesús resucitado, según los Hechos de los Apóstoles,
estando sentados a la mesa envía al mundo a sus discípulos con
su Espíritu a dar testimonio de lo que han visto, oído y vivido junto
a él. Ellos se quedaron mirando al cielo, pero no pueden olvidarse
de la tierra en la que han de trabajar por que el reino de Dios sea
acogido por todos los hombres de manera que se puedan salvar.
En el evangelio se nos dice que Jesús los llevó fuera de Jerusalén
y al bendecirlos, se fue elevando delante de ellos. El que
descendió para hacerse hombre, ascendió para llevar consigo a toda
la humanidad (Ef 4,8-10). A eso vino: a salvarnos; en esto consiste
la salvación, en llegar a Dios, el destino para el cual fuimos creados.
Mientras lo alcanzamos estamos acompañados por el Espíritu de Jesús
que nos anima a no desfallecer en medio de las dificultades del mundo.
Cada Eucaristía nos permite experimentar su cercanía misteriosa,
segura y alegre. Como a los discípulos, también para nosotros
hoy la misa es el lugar desde el cual nos envía a ser testigos suyos
en todos los ámbitos de la actividad humana. De la celebración
dominical hemos de salir llenos de un optimismo que nace de la
fe en la certeza de que Dios quiere, con nuestra cooperación, hacer
una tierra nueva, que sea figura de la nueva humanidad que ha
sido instaurada en Cristo resucitado.
Contamos siempre con la asistencia generosa de nuestra Niña
y Celestial Señora que nos acompaña con su ejemplo, su cercanía
y su intercesión maternal para que alcancemos lo que se nos ha
prometido y nos mueve a trabajar por los demás. Amén.