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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la Ascención del Señor.

20 de mayo de 2007

EL CIELO

Hermanos: cantemos las grandezas del Señor que nos ha llamado en su Hijo Jesucristo a una vida nueva, y nos ha hecho conocer  los designios de su misericordia en la misma persona de su Hijo querido que por su cruz y su resurrección nos conduce a la vida en el amor que no tiene fin.

El misterio de la Ascensión del Señor, se presta para que nosotros pensemos en nuestra propia ascensión o descenso. Ascendemos cuando tratamos de subir de las realidades temporales a las de mayor valor, tocando con nuestra alma, las realidades espirituales de nuestro yo, de los hombres nuestros hermanos, y del mismo Dios. Descendemos, en cambio, cuando nos sumergimos en la materia y ahogamos nuestro espíritu en lo caduco, torcido y corrompido de la existencia.

Ascendemos cuando volamos más o menos alto, por los mundos fascinantes del espíritu y del arte, de las ciencias y de la técnica. Cuando a través de esta pantalla, y con los ojos de la fe, reconocemos las grandezas del Ser supremo, fuente de toda bondad.

Descendemos cuando nos formamos ante los tres ídolos y a ellos nos rendimos: los dioses del Dinero, del Poder y del Sexo. Tres dioses que forman la trinidad del hombre – tierra y ante el cual nos postramos tantos hombres.

La fiesta de la Ascensión del Señor, ya casi al final del tiempo pascual, no puede entenderse, mis queridos hermanos, fuera del contexto de este misterio glorioso de la Pascua. Podríamos decir que no nos desconectamos de él, pues se trata de una manera diferente de entender y expresar el mismo misterio de la resurrección. Nos revela, de hecho su aspecto trascendente e inefable. Cuando las palabras faltan para expresar una experiencia recurrimos a la poesía y a los símbolos que nos permiten expresar, si no toda la realidad, sí nos permiten enunciar algo de lo que podemos traducir en palabras que siempre se quedan cortas, porque no logran decirlo todo.

No podemos pasar por alto que la Resurrección es una realidad misteriosa que está más allá de la posibilidad de una definición o una descripción precisa. El hecho es que faltan palabras, y más que esas, falta una experiencia directa de lo que expresamos de este misterio en la fe. Si la tuviéramos no estaríamos aquí en el tiempo y en el espacio dando cuenta de ella, porque quien se va ya no vuelve.

Pero por las narraciones de la Sagrada Escritura, como las de hoy, nos podemos asomar a ese misterio que de alguna manera experimentamos en la fe y en lo más íntimo de nuestro ser de hijos de Dios, ya que de ninguna manera, mis hermanos, estos misterios nos son ajenos, sino todo lo contrario; pero sólo se aceptan y se viven desde lo más profundo de nuestro ser: allí donde nuestro espíritu se encuentra con Dios; con el Dios de una vida totalmente otra y muy semejante a la de Dios. Es allí, en la intimidad, donde hemos de entrar para comprender algo de este sublime misterio.

Por eso las lecturas hablan de un cielo. Otro concepto comúnmente mal entendido y desfasado de su realidad misteriosa. En primer lugar, mis hermanos, no es un lugar, sino una situación, una forma de existir diferente y superior a la terrena, limitada por el espacio y el tiempo. Cuando decimos que el Señor se fue a los cielos y leemos que los apóstoles ven hacia arriba. No podemos quedarnos con la idea de que ese lugar está en lo más alto de la tierra. No, hermanos, decimos y creemos que el cielo es símbolo de una realidad que pertenece a la eternidad, es decir, es algo muy cercano a Dios, omnipotente, eterno y sumo bien. Ir al cielo o estar en el cielo, queridos hermanos, tiene un significado de fe. Con esas expresiones, por otro lado muy propias del lenguaje bíblico, profesamos nuestra fe en una realidad totalmente otra y, por eso, propia de Dios. Una realidad a la que todos estamos llamados y en la que hemos sido iniciados o introducidos por el bautismo como expresión de nuestra fe, como una adhesión existencial al Señor. El cielo es el destino al que caminamos con la práctica de todo lo que hemos aceptado en la obediencia con nuestro bautismo; pero también con la celebración de los otros sacramentos y la práctica de la caridad.

Por eso, mis hermanos, pensar en el cielo, buscarlo y anhelarlo no nos enajena ni nos permite despegar los pies de la tierra. Precisamente porque es aquí en la tierra, en la historia que nos tocó vivir como actores, donde nos ganamos el cielo. Vamos hacia él como nuestro destino último pasando por la tierra. Sabemos que ésta no es nuestra patria definitiva, pero sin pasar por ella no llegamos a la que esperamos sea la eterna. El paso al cielo es la tierra. No podemos llegar al cielo sin vivir responsablemente en la tierra.

Por eso Jesús resucitado, según los Hechos de los Apóstoles, estando sentados a la mesa envía al mundo a sus discípulos con su Espíritu a dar testimonio de lo que han visto, oído y vivido junto a él. Ellos se quedaron mirando al cielo, pero no pueden olvidarse de la tierra en la que han de trabajar por que el reino de Dios sea acogido por todos los hombres de manera que se puedan salvar.

En el evangelio se nos dice que Jesús los llevó fuera de Jerusalén y al bendecirlos, se fue elevando delante de ellos. El que descendió para hacerse hombre, ascendió para llevar consigo a toda la humanidad (Ef 4,8-10). A eso vino: a salvarnos; en esto consiste la salvación, en llegar a Dios, el destino para el cual fuimos creados. Mientras lo alcanzamos estamos acompañados por el Espíritu de Jesús que nos anima a no desfallecer en medio de las dificultades del mundo.

Cada Eucaristía nos permite experimentar su cercanía misteriosa, segura y alegre. Como a los discípulos, también para nosotros hoy la misa es el lugar desde el cual nos envía a ser testigos suyos en todos los ámbitos de la actividad humana. De la celebración dominical hemos de salir llenos de un optimismo que nace de la fe en la certeza de que Dios quiere, con nuestra cooperación, hacer una tierra nueva, que sea figura de la nueva humanidad que ha sido instaurada en Cristo resucitado.

Contamos siempre con la asistencia generosa de nuestra Niña y Celestial Señora que nos acompaña con su ejemplo, su cercanía y su intercesión maternal para que alcancemos lo que se nos ha prometido y nos mueve a trabajar por los demás. Amén.

 
 
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