MIS QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS, celebramos hoy la solemnidad
del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta fiesta nos traslada a
aquel jueves santo en el que en la última cena el Señor confió
a sus discípulos el misterio de la fe, la presencia real del
Señor Jesucristo en el pan y en el vino de la Eucaristía que
contemplamos y adoramos con el corazón agradecido.
El Cuerpo y la Sangre de Cristo es alimento eficaz de comunión
con el Señor y con los hermanos, posibilita la conversión, el
signo de verdadera solidaridad fraternal para los hombres de
hoy.
Hace apenas unos meses, el 22 de febrero para ser exactos,
su Santidad el Papa Benedicto XVI publicaba la Exhortación Sacramentum
Caritatis, este documento cierra un ciclo que inició el querido
Papa Juan Pablo II con el Jubileo del año 2000 que pretendía
profundizar la importancia de la Eucaristía en la vida de la
Iglesia. Recordemos la Encíclica Ecclesia de Eucaristía en el
año 2002, la Carta Apostólica Manen Obispos Dominus, en el año
2004 y el año de la Eucaristía que acaba con el Sínodo de 2005
que trató el tema: Eucaristía fuente y cumbre de la vida
y de la misión de la Iglesia.
El Papa Benedicto XVI participó ya en este sínodo como Papa
y ahora nos ofrece su Exhortación Apostólica postsinodal: Sacramento
de la Caridad.
Más allá de los contenidos del documento vale la pena destacar
dos aspectos: en primer lugar, la importancia y centralidad
de la Eucaristía. La Iglesia vive de la Eucaristía, la Eucaristía
edifica a la Iglesia. El Papa llega a decir que es su principio
causal, sin Eucaristía no podemos vivir, mis amados hermanos.
En segundo lugar la aportación propia del Papa Benedicto XVI
que define la Eucaristía como sacramento de la caridad, relacionándola,
como él mismo lo dice, con su primera Carta Encíclica Deus Caritas
Est. El Papa subraya así la relación de la Eucaristía con el
amor cristiano, tanto respecto a Dios como al prójimo.
Ojalá mis amados hermanos, que esta Exhortación nos ayude a
valorar y a celebrar mejor la Eucaristía y, desde luego, a
abrirnos al misterio de la Eucaristía. El Papa lo divide en
tres partes: misterio para ser creído, misterio para ser celebrado,
misterio para ser vivido.
No puede haber Eucaristía sin amor.
Cuando Cristo quiso manifestar a sus discípulos la intensidad
y la fuerza de su amor, partió el pan y se los dio en comida
y les dio a beber de la copa rebosante. Son, dijo, mi cuerpo
y mi sangre que se entrega por ustedes; son mi vida, puesta
en sus manos y en sus bocas. Mi vida para que les dé más vida.
Pan de amor, porque nadie tiene amor más grande que aquél que
da la vida por sus amigos; Pan de amor para el servicio.
La Eucaristía se ilumina y se complementa con el lavatorio
de los pies. El que no se deja lavar o el que no es capaz de
lavar los pies del otro, no puede comulgar. Pero el que comulga
aprende a servir, y aprende a servir como Cristo: su corazón
compasivo, sus manos siempre disponibles. El que comulga actúa
desde Cristo y ve a Cristo en los demás. Es Jesús quien sirve
en tí y es Jesús quien espera de tu servicio. Cómo no hacerlo
de todo corazón, mis hermanos!.
La fiesta que celebramos nos motiva al servicio cristiano,
es decir, a permanecer en el anuncio de la muerte del Señor
hasta que vuelva. El don de la presencia del Señor en medio
de su comunidad eclesial con la sencillez del pan y del vino,
se convierte en verdadero reclamo para ser de la vida cristiana
una vida ágil para, ligero de equipaje, servir a nuestros hermanos
en sus necesidades materiales y espirituales.
La celebración del Corpus ilumina la ofrenda generosa de tantas,
tantas vidas entregadas en verdadera oblación al amor de Dios
entre los hermanos. La vida entregada de los padres y de las
madres de familia que dan vida, alimentan y acompañan a sus
hijos en los caminos de la vida cristiana. La vida entregada
del religioso, de la religiosa, que con la consagración de su
vida hacen gustosa la sensibilidad o la plenitud del Reino de
Dios que de alguna manera anticipan con el trabajo por la justicia,
la paz y el perdón; lo hacen creíble mediante la dedicación
a la contemplación, la oración, la educación de los niños y
jóvenes, la atención a los enfermos y ancianos, la abnegación
en los ámbitos de pobreza y marginación.
Verdadera oblación mis hermanos, hacemos los sacerdotes, especialmente
aquellos que caminan generosos con el pueblo de Dios y comparten
las angustias y esperanzas de la humanidad que clama con gritos
como de parto, la llegada del cielo nuevo y la tierra nueva.
El pan y el vino que comemos y bebemos, el Cuerpo y la Sangre
de Cristo, nos atrae a todos los que participamos de él, para
unir esfuerzos en el interior de la Iglesia y lograr, en el
banquete del Reino de Dios, esté todo el mundo, porque por nosotros
y por todos Jesús ha dado la vida en la Cruz; por nosotros y
por todos se ha hecho alimento de vida eterna.
Los invito pues, queridos hermanos y hermanas, a que valoremos,
a que agradezcamos, amemos y ofrezcamos, ésta presencia del
Señor que permanece entre nosotros, el Pan y el Vino; que también
sea alimento y fortaleza para los que a causa de la edad o de
la enfermedad no puede venir a la Iglesia y que a través de
los sacerdotes o ministros de la comunión, reciben en sus domicilios
o residencias, el sagrado viático, el sagrado cuerpo de Cristo,
uniéndose así a la Pasión del Señor a favor de toda la humanidad.
Finalmente también es como un faro dentro de los sagrarios
de las Iglesias. Aquí en el Tepeyac permanentemente en el Templo
Expiatorio está expuesta la Sagrada Eucaristía; en nuestro sagrario
(de la Basílica actual), especialmente los jueves, en los que
en el silencio y la plegaria tantos hombres y mujeres han encontrado
y encuentran aquella paz y consuelo que dan sentido al vivir
diario.
Amados hermanos y hermanas, sigamos pues celebrando la Eucaristía
en esta fiesta tan significativa y que nos empuja jubilosamente
hacia la verdadera unidad en la fe, comunión eclesial y servicio
generoso a los más necesitados. En este caminar, Santa María
de Guadalupe nos impulsa y nos anima. Que así sea mis amados
hermanos. |