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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de Santa María de Guadalupe, Misa de Gallo.

12  de diciembre de 2007
00:00 hrs

MARÍA DE GUADALUPE, DISCÍPULA Y MISIONERA


Muy queridos hermanos, alabemos a Dios nuestro Padre y Señor porque se ha compadecido de nosotros y nos ha mostrado el amor que nos tiene en su Hijo Jesucristo y, por si fuera poco, nos ha bendecido en la persona de su Madre, Nuestra Niña y Madrecita: Santa María de Guadalupe,  quien a la manera del Precursor del Señor, san Juan el Bautista, vino a estas tierras a preparar un pueblo en el que se aceptara la gracia del Evangelio de su Hijo amado y, de esta forma cooperar en la salvación de quienes vivían en tinieblas y en sombras de muerte.

María, la Niña, la Doncella, la mujer de Nazaret, nuestra Madre, fue siempre una ferviente discípula del Padre y se convirtió desde el momento de la concepción de su Hijo en la gran misionera que nos trajo la salvación al darnos al Salvador mismo. En efecto, mis hermanos, María, Nuestra Señora, en la escucha atenta y asidua de la Palabra conoció antes de concebirlo en su seno a Aquél que, al llegar la plenitud de los tiempos, habría de venir a encarnarse en su seno para irrumpir en la Historia y hacer de ésta el lugar de la salvación.

Contemplemos, mis queridos hermanos, a la Morenita del Tepeyac como la perfecta discípula que escucha y medita la Palabra no sólo antes de ser madre sino durante toda su vida. En efecto, el aceptar el proyecto del Altísimo sobre su persona, manifestó una relación profunda con él fundada en la obediencia de la fe y el amor a Dios; lo cual no es posible sin una lectura asidua, amorosa y contemplativa de la Sagrada Escritura.

Junto con todo el pueblo de Israel, y podemos decir con toda propiedad, con toda la humanidad, esperó fiel y activamente al Mesías prometido. Con su mente y su corazón dispuestos para su venida, se preparó como nadie a recibir precisamente en su seno purísimo al Salvador de todos.  

Es en la lectura y en la meditación amorosa de la Escritura como se llega a ser discípulo, según nos lo han recordado los obispos reunidos en Aparecida. Y en esto María es nuestro modelo. Es en la oración y en la contemplación a partir de la Sagrada Escritura como podemos conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo con la luz del Espíritu Santo. Ya en vida de su Hijo, después de cuidarlo, enseñarlo, educarlo, contemplaba en silencio el misterio del Dios hecho hombre. Por eso en cuanto Él empezó su vida pública y anunció el Reino de su Padre, María se convierte en la discípula fiel que lo sigue hasta el pie de la cruz. Y fue ahí donde Jesús nos la entregó como madre y maestra.

Desde el principio, como lo señala el documento de Aparecida, María cumplió esta tarea de ser la primera y "gran misionera, continuadora de la misión de su hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. En el acontecimiento guadalupano, presidió, junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu. Desde entonces, son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender como discípulos y misioneros de Jesús" (269).

La muchachita-Guadalupe, la Dulce Señora del Cielo; mis queridos hermanos, nos ha enseñado el valor de nuestras culturas como los lugares donde se dan ya las semillas de la verdad. Ella con su presencia maternal  mostrándonos en su rostro la ternura y el amor de Dios por los pobres, nos acompaña y nos anima a servir a los que más necesitan del consuelo, la solidaridad fraterna y una palabra de aliento para seguir viviendo. De ella como misioneros hemos de aprender a unir en el amor a quienes se encuentran dispersos o, peor aún, no sólo alejados, sino como enemigos de la fe cristiana, lastimados, muchas veces por el escándalo de algunos de nosotros; movidos por su ejemplo, hemos de salir al encuentro especialmente de quienes se encuentran soportando a duras penas situaciones irreconciliables por las diferencias sociales, culturales y políticas y religiosas.

Niña y Señora nuestra de Guadalupe: Como conociste a tu Hijo, antes de su nacimiento, creemos que también sabías de nuestra existencia. Te compadeciste de nosotros y nos visitaste para hacernos objeto de los dones de la salvación que trae el Evangelio. Después de Dios, nuestro Padre, tu nos conoces mejor que nadie y te has comprometido con nosotros, los más pequeños, desde nuestro nacimiento a al fe.

Tú, Morenita, sabes muy bien que, a pesar de tener ya más de cinco siglos de conocer a tu Hijo santísimo, no hemos sabido corresponder a este privilegio de la misericordia de Dios, pues nuestra vida de creyentes no es, muchas veces diferente de la vida de los que no creen ni esperan. 

Conoces muy bien, Señora y Niña nuestra, que debemos dar todavía más signos convincentes de nuestra fe, de nuestra esperanza y del amor que decimos profesar al verdadero Dios revelado por Jesucristo.

Tal vez Madrecita nuestra, te demos pena por nuestras cobardías e infidelidades con que nos conducimos en la vida económica, política, laboral, familiar e incluso religiosa. Falta mucho, lo sabes muy bien, por hacer para lograr la equidad y la justicia en nuestros ambientes. La violencia que sufrimos no es otra cosa que manifestación de muchas violencias que sufren tus hijos más pequeños y pobres.

Mira a nuestras familias, bombardeadas por el mismo hombre, ese  hombre egoísta y ciego de placer, que quiere una liberación de los lazos sagrados que el Señor le puso. Bombardeada por el amor libre, por el divorcio, por una mal entendida planificación familiar, por el aborto, por el infaticidio,  por una desviada liberación femenina.

Mira dulce Madre a nuestras familias, muchas de ellas se desvanecen ante el falso encanto del mundo. Concédeles crecer en amor y unidad, aleja de ellas todo peligro, perversión y división, suscita en nuestros niños, adolescentes y nuestros jóvenes sentimientos de amor, respeto y cuidado hacia la vida.

Dulce Señora y Madre de América, nuestra oración quiere mirar también a los responsables de los destinos de las naciones, especialmente los que gobiernan los pueblos de este gran continente, dales sabiduría y acierto en su gobierno, para que nadie carezca de lo más necesario para vivir dignamente, como lo es la salud, la educación, el trabajo, la vivienda y el sustento.

Morenita del Tepeyac, mira de manera especial a tus hijos e hijas, nuestros hermanos migrantes, que habiendo dejando su tierra buscando nuevas y mejores oportunidades de vida, se han encontrado con el dolor, la soledad, la enfermedad, la discriminación y los abusos. Anímalos en el esfuerzo, suscita en ellos la alegría de tu presencia. Que en la nostalgia de la tierra recuerden que los llevo a ser extranjeros en otra tierra y revitalizados y confortados  con renovado empeño sigan caminando, con tu gracia y nuestra solidaridad, buscando hacer tu voluntad de tu hijo.

Escucha Madrecita, las quejas, penas y lamentos y cura todos los males de los que sufren en el cuerpo, en el alma o en el espíritu. No te olvides de nuestros hermanos y hermanas que están privados de su libertad que se encuentran en los reclusorios, muchos de ellos a consecuencia de la injusticia, la corrupción y la mentira.

Atiende, Madre, a nuestras súplicas y ven en nuestro auxilio para que con nuestro testimonio de solidaridad evangélica, ayudemos a que los más pobres y necesitados vuelvan tener esperanza y deseen la salvación.

Como tú educaste y acompañaste a tu Hijo, el verdaderísimo Dios por quien se vive,  acompaña a la Iglesia para que siga, como madre solícita, trayendo a la vida y alimentando a muchos con los sacramentos y la práctica viva de la caridad. Que tu presencia maternal sea para nosotros una profunda motivación para fortalecer los vínculos fraternos entre todos tus hijos. Que la presencia de tu Hijo, a quien sirves con gozo y amor en la libertad, sea para nosotros la razón del perdón y la reconciliación entre nosotros, que no nos peliemos más por defender mezquinos intereses.

Que el ejemplo de tu Hijo que no vino ser servido sino a servir, sea, para los que más tienen, razón más que suficiente para ponerse al servicio de los que menos tienen. Que vivamos como hijos tuyos formando una solo familia más igualitaria, como lo exige la dignidad de los hijos de Dios.

Alcanza, en fin, Señora nuestra, María de Guadalupe, para todos los que te reconocemos como Madre e intercesora, la gracia de ser verdaderos misioneros como tú para anunciar, con la palabra y con la vida, la maravillas que el Poderoso ha hecho con nosotros y de esta forma demos gloria al único y verdadero Dios por quien y para quien todo vive. Amén.

 
 
 
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