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Muy queridos hermanos, alabemos a Dios nuestro Padre y Señor
porque se ha compadecido de nosotros y nos ha mostrado el amor
que nos tiene en su Hijo Jesucristo y, por si fuera poco,
nos ha bendecido en la persona de su Madre, Nuestra Niña y
Madrecita: Santa María de Guadalupe, quien a la manera del
Precursor del Señor, san Juan el Bautista, vino a estas tierras
a preparar un pueblo en el que se aceptara la gracia del Evangelio
de su Hijo amado y, de esta forma cooperar en la salvación
de quienes vivían en tinieblas y en sombras de muerte.
María, la Niña, la Doncella, la mujer de Nazaret, nuestra Madre, fue siempre
una ferviente discípula del Padre y se convirtió desde el momento
de la concepción de su Hijo en la gran misionera que nos trajo
la salvación al darnos al Salvador mismo. En efecto, mis hermanos,
María, Nuestra Señora, en la escucha atenta y asidua de la Palabra
conoció antes de concebirlo en su seno a Aquél que, al llegar
la plenitud de los tiempos, habría de venir a encarnarse en su
seno para irrumpir en la Historia y hacer de ésta el lugar de
la salvación.
Contemplemos, mis queridos hermanos, a la Morenita del Tepeyac
como la perfecta discípula que escucha y medita la Palabra
no sólo antes de ser madre sino durante toda su vida. En
efecto, el aceptar el proyecto del Altísimo sobre su persona,
manifestó una relación profunda con él fundada en la obediencia
de la fe y el amor a Dios; lo cual no es posible sin una lectura
asidua, amorosa y contemplativa de la Sagrada Escritura.
Junto con todo el pueblo de Israel, y podemos decir con toda
propiedad, con toda la humanidad, esperó fiel y activamente
al Mesías prometido. Con su mente y su corazón dispuestos
para su venida, se preparó como nadie a recibir precisamente en
su seno purísimo al Salvador de todos.
Es en la lectura y en la meditación amorosa de la Escritura como se
llega a ser discípulo, según nos lo han recordado los obispos
reunidos en Aparecida. Y en esto María es nuestro modelo. Es en
la oración y en la contemplación a partir de la Sagrada Escritura
como podemos conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo con la luz
del Espíritu Santo. Ya en vida de su Hijo, después de cuidarlo,
enseñarlo, educarlo, contemplaba en silencio el misterio del Dios
hecho hombre. Por eso en cuanto Él empezó su vida pública y anunció
el Reino de su Padre, María se convierte en la discípula fiel
que lo sigue hasta el pie de la cruz. Y fue ahí donde Jesús
nos la entregó como madre y maestra.
Desde el principio, como lo señala el documento de Aparecida,
María cumplió esta tarea de ser la primera y "gran misionera,
continuadora de la misión de su hijo y formadora de misioneros.
Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio
a nuestra América. En el acontecimiento guadalupano, presidió,
junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los
dones del Espíritu. Desde entonces, son incontables las comunidades
que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender
como discípulos y misioneros de Jesús" (269).
La muchachita-Guadalupe, la Dulce Señora del Cielo; mis queridos
hermanos, nos ha enseñado el valor de nuestras culturas como
los lugares donde se dan ya las semillas de la verdad. Ella
con su presencia maternal mostrándonos en su rostro la ternura
y el amor de Dios por los pobres, nos acompaña y nos anima
a servir a los que más necesitan del consuelo, la solidaridad
fraterna y una palabra de aliento para seguir viviendo. De ella
como misioneros hemos de aprender a unir en el amor a quienes
se encuentran dispersos o, peor aún, no sólo alejados, sino
como enemigos de la fe cristiana, lastimados, muchas veces por
el escándalo de algunos de nosotros; movidos por su ejemplo, hemos
de salir al encuentro especialmente de quienes se encuentran
soportando a duras penas situaciones irreconciliables por
las diferencias sociales, culturales y políticas y religiosas.
Niña y Señora nuestra de Guadalupe: Como conociste a tu Hijo,
antes de su nacimiento, creemos que también sabías de nuestra
existencia. Te compadeciste de nosotros y nos visitaste para
hacernos objeto de los dones de la salvación que trae el Evangelio.
Después de Dios, nuestro Padre, tu nos conoces mejor que nadie
y te has comprometido con nosotros, los más pequeños, desde nuestro
nacimiento a al fe.
Tú, Morenita, sabes muy bien que, a pesar de tener ya más de
cinco siglos de conocer a tu Hijo santísimo, no hemos sabido
corresponder a este privilegio de la misericordia de Dios,
pues nuestra vida de creyentes no es, muchas veces diferente de
la vida de los que no creen ni esperan.
Conoces muy bien, Señora y Niña nuestra, que debemos dar
todavía más signos convincentes de nuestra fe, de nuestra esperanza
y del amor que decimos profesar al verdadero Dios revelado
por Jesucristo.
Tal vez Madrecita nuestra, te demos pena por nuestras cobardías
e infidelidades con que nos conducimos en la vida económica,
política, laboral, familiar e incluso religiosa. Falta mucho,
lo sabes muy bien, por hacer para lograr la equidad y la justicia
en nuestros ambientes. La violencia que sufrimos no es otra
cosa que manifestación de muchas violencias que sufren tus hijos
más pequeños y pobres.
Mira a nuestras familias, bombardeadas por el mismo
hombre, ese hombre egoísta y ciego de placer, que
quiere una liberación de los lazos sagrados que el Señor le puso.
Bombardeada por el amor libre, por el divorcio, por una mal entendida
planificación familiar, por el aborto, por el infaticidio, por
una desviada liberación femenina.
Mira dulce Madre a nuestras familias, muchas
de ellas se desvanecen ante el falso encanto del mundo. Concédeles
crecer en amor y unidad, aleja de ellas todo peligro, perversión
y división, suscita en nuestros niños, adolescentes y nuestros
jóvenes sentimientos de amor, respeto y cuidado hacia la vida.
Dulce Señora y Madre de América, nuestra oración quiere
mirar también a los responsables de los destinos de las naciones,
especialmente los que gobiernan los pueblos de este gran continente,
dales sabiduría y acierto en su gobierno, para que nadie
carezca de lo más necesario para vivir dignamente, como lo es
la salud, la educación, el trabajo, la vivienda y el sustento.
Morenita del Tepeyac, mira de manera especial a tus hijos e
hijas, nuestros hermanos migrantes, que habiendo dejando su tierra
buscando nuevas y mejores oportunidades de vida, se han
encontrado con el dolor, la soledad, la enfermedad, la discriminación
y los abusos. Anímalos en el esfuerzo, suscita en ellos la
alegría de tu presencia. Que en la nostalgia de la tierra
recuerden que los llevo a ser extranjeros en otra tierra y revitalizados
y confortados con renovado empeño sigan caminando, con tu
gracia y nuestra solidaridad, buscando hacer tu voluntad de
tu hijo.
Escucha Madrecita, las quejas, penas y lamentos y cura todos
los males de los que sufren en el cuerpo, en el alma o en
el espíritu. No te olvides de nuestros hermanos y hermanas que
están privados de su libertad que se encuentran en los
reclusorios, muchos de ellos a consecuencia de la injusticia,
la corrupción y la mentira.
Atiende, Madre, a nuestras súplicas y ven en nuestro auxilio
para que con nuestro testimonio de solidaridad evangélica, ayudemos
a que los más pobres y necesitados vuelvan tener esperanza y deseen
la salvación.
Como tú educaste y acompañaste a tu Hijo, el verdaderísimo
Dios por quien se vive, acompaña a la Iglesia para que siga,
como madre solícita, trayendo a la vida y alimentando a muchos
con los sacramentos y la práctica viva de la caridad. Que
tu presencia maternal sea para nosotros una profunda motivación
para fortalecer los vínculos fraternos entre todos tus hijos.
Que la presencia de tu Hijo, a quien sirves con gozo y amor
en la libertad, sea para nosotros la razón del perdón
y la reconciliación entre nosotros, que no nos peliemos
más por defender mezquinos intereses.
Que el ejemplo de tu Hijo que no vino ser servido sino a
servir, sea, para los que más tienen, razón más que suficiente
para ponerse al servicio de los que menos tienen. Que vivamos
como hijos tuyos formando una solo familia más igualitaria,
como lo exige la dignidad de los hijos de Dios.
Alcanza, en fin, Señora nuestra, María de Guadalupe,
para todos los que te reconocemos como Madre e intercesora, la
gracia de ser verdaderos misioneros como tú para anunciar, con
la palabra y con la vida, la maravillas que el Poderoso ha hecho
con nosotros y de esta forma demos gloria al único y verdadero
Dios por quien y para quien todo vive. Amén.
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