Mis amados hermanos y hermanas:
Este domingo es un día de fiesta. Recordamos
y celebramos con gozo el nacimiento de san Juan Bautista. Pero
¿quién es ese hombre que desde niño causo tanto regocijo entre los
vecinos? ¿Quién es éste, que desde tierna edad provocó tantas expectativas?
¿Quién es este hombre a quien sus padres insisten en llamarle Juan?
Los evangelios nos dan algunos datos: Es hijo de un anciano
sacerdote llamado Zacarias y una mujer estéril, también de avanzada
edad, de nombre Isabel (cfr Lc 1,7). Es un hombre consagrado
a dios y lleno del Espíritu Santo desde antes de nacer (Lc
1, 16-17). Es un hombre que tiene la importante misión de hacer
volver a muchos israelitas hacia Dios, de reconciliar a los
padres con sus hijos, de inculcar a los rebeldes la sabiduría de
los justos… en fin, de preparar al Señor un pueblo bien dispuesto
(Lc. 1, 16-17).
Es un profeta del Altísimo que anuncia la salvación
del pueblo por medio del perdón de los pecados y de la misericordia
entrañable de Dios; a la vez que denuncia lo torcido del
pueblo y de sus autoridades: el acaparamiento, la corrupción, la
extorsión… (Lc 1,76-78, 3, 11-14). Es un hombre que vivió en
el desierto hasta el día en que se dio al conocer el pueblo
de Israel, y que predicó un bautismo de conversión del cual participó
el mismo Jesús (Lc. 1, 80; 3, 21). Ante las preguntas sobre su identidad,
contesta con las palabras del profeta Isaías “Yo soy la voz del
que clama en el desierto: rectifiquen el camino del Señor” (Jn
1,23).Es aquel que señala al Mesías, al cordero de Dios,
a quien hay que seguir (Jn1,23). A ejemplo de Juan Bautista,
seamos profetas de nuestro tiempo.
Queridos hermanos, la profecía es una necesidad de nuestro
tiempo, pero es ya una realidad, porque Dios jamás deja de llamarnos
a la conversión mediante las palabras de personas que él nos envía
para orientar nuestros pasos por el camino de la salvación.
La Iglesia, al celebrar hoy solemnemente a Juan el Bautista, nos
invita a centrar nuestra atención en el Dios y Padre misericordioso
que conduce la historia a través de personas que Él elige. Él las
prepara específicamente para que sean eficaces en el desempeño
de su misión en vistas a nuestra salvación eterna en Cristo.
Es así como aparece en las lecturas de hoy Isaías, cuya
figura proyecta su luz para entender la fisonomía de Juan el Bautista
precursor de Jesús como el Mesías de Dios. Se trata de comprender,
en toda su dimensión, especialmente el carácter de este profeta
del Antiguo Testamento que señaló con el dedo al profeta único
y el primero de todos, Jesucristo.
La comprensión del profetismo del Bautista y el de
Jesús nos ayudará a reconocer, hermanos, a los verdaderos
profetas de nuestro tiempo en medio de tantas voces y ofertas
salvación que se nos ofrecen por donde quiera.
El profeta Isaías es el recurso que la liturgia de la Palabra
nos ofrece hoy para entender la importancia y el carácter profético
de Juan Bautista de quien dice Jesús que no hay ninguno mayor
que él (Lc 7,28).
El
trozo de Isaías, que hoy hemos escuchado y estamos intentando
entender y explicar, es conocido como uno de los cánticos del
Siervo; el segundo de cuatro que encontramos en la segunda parte
del libro de Isaías. Este cántico presenta una serie de ideas y
afirmaciones que desembocan en el anuncio de la salvación universal
al referirse al principio y al final a las naciones de la tierra,
destinatarias de la obra de Dios.
Como la de Jeremías, el profeta Isaías se refiere a su vocación
de la que ha sido objeto, por parte de Dios, desde el vientre
de su madre, y a la ayuda divina que garantiza su éxito.
Efectivamente, hermanos, Dios se preparó, para sí mismo al profeta
Jeremáis, a Isaías e igualmente al Bautista haciendo de la boca
del profeta, una espada filosa o un flecha puntiaguda para anunciar
como una luz la salvación al mundo entero. Así que, como los
grandes personajes de la historia de la salvación, Juan tiene
un lugar muy especial entre los profetas que son llamados de
una manera muy especial, como nos lo describe hoy san Lucas en su
evangelio.
Según lo describe la predicación cristiana más primitiva, la
que se dio muy poco después de que murió Jesús, el Bautista aparece
en la segunda lectura tomada de los Hechos de los Apóstoles, como
alguien que preparó la venida de la salvación en la persona del
Salvador, Jesús. Esa predicación comenzaba afirmando que el
precursor tenía la misión de preparar al pueblo a recibirlo mediante
un bautismo de penitencia. Se trataba de un rito que él lleva
a cabo sobre los que aceptaban entrar en esta dinámica de la salvación.
Al no dejar que cada quien se bautizara por sí mismo, el Bautista
indicaba con el rito del bautismo que la salvación es un don de
Dios, que no es algo que cada uno se puede procurar o ganar.
Es Dios el que santifica por medio de un ministro designado por
Dios, como fue Juan. Como verdadero profeta, mis hermanos, san Juan
Bautista parece como alguien que no sólo anuncia el futuro,
sino que principalmente da testimonio con la palabra que
Dios pone en su boca, y con su estilo de vida, que Dios no deja
de estar presente en la historia humana; que es fiel a sus promesas
porque es ante todo un Dios misericordioso.
Pero es importante notar para nuestro provecho espiritual,
mis queridos hermanos, que el profeta por su parte, ha
de responder en la obediencia y en la prontitud para llevar
a cabo lo que se le pide.
Podemos, concluir entonces, mis hermanos, que el profeta
nace como tal por libre y soberana decisión de Dios, pero también
se hace al asumir libremente y en el amor, su misión y su destino.
También hemos de notar que Dios prepara, según su beneplácito
a sus profetas para que sean eficaces en la misión que les
encomienda, como factores dinámicos en la historia de la salvación
de la humanidad.
Así, podemos decir con toda propiedad que son instrumentos
elegidos por Dios a su servicio. También cabe señalar que, como
aparece en el evangelio, los aparentes obstáculos no hacen
otra cosa que resaltar la providencia y el poder de Dios.
Además, por lo que nos dice de Juan la segunda lectura, el profeta
no es alguien que usurpa un lugar o una misión que no le corresponde,
sino que reconoce, en la humildad, que sólo es un instrumento
de Dios. Estas serían alguna características de los verdaderos
profetas.
Pero es en la Eucaristía, mis hermanos, donde escuchamos
la exhortación más propia de los profetas: ¡conviértanse!
Después de considerar la grandiosidad y las maravillas del misterio
de la redención llevada a cabo por Jesucristo con su muerte y resurrección,
no podemos más que dejarnos envolver en el misterio que anuncia
la celebración eucarística, pues si los profetas, como Juan
el Bautista, nos dan testimonio, con su palabra y su vida, de un
Dios que, en su misericordia, nos llama a la vida eterna, Jesús,
el profeta y Mesías, los supera a todos en todo.
Nuestra Muchachita y Dulce Madre amorosa, también lleva
a cabo hoy, en día una labor muy importante en la línea profética,
pues en su misterio guadalupano nos quiere mostrar la ternura
de un Dios que se interesa por nosotros. Amén.