Hermanos, hoy culminamos la gran celebración
de la Pascua. Quiera Dios que este tiempo, que hoy concluye, haya sido
de grandes frutos espirituales y de gran optimismo para que,
con el don de su Espíritu, sigamos anunciando con gozo
y perseverancia la alegría de sabernos, por la vida, muerte
y resurrección del Señor Jesucristo.
Con esta fiesta, hermanos míos, vemos cumplida
la promesa que Jesús había hecho de darnos su Espíritu.
En el antiguo Testamento se le prometió constantemente al pueblo
de Israel como don supremo de la misericordia de Dios. En el
Nuevo Testamento, es como la consecuencia lógica del misterio
pascual en cuanto que si Jesús nos trajo la vida nueva,
es decir, una nueva manera de relacionarnos con Dios, con
los hermanos y con el mundo, este día se nos revela que
la vida nueva es obra de su Espíritu que Dios nos ha conseguido
en un acto supremo y tan inesperado como grandioso de su misericordia.
En esta semana que acaba de concluir, hermanos,
escuchábamos en la lectura del evangelio de san Juan, cómo Jesús,
en la despedida, se tomó unos cuantos minutos para orar
no sólo por sus apóstoles y discípulos que estaban presentes
en aquella cena, sino también por nosotros, los que hemos
creído en su predicación y su testimonio. En esa oración
pidió para nosotros la unidad entre nosotros y con él,
y en él, con el Padre.
Hoy, en las lecturas de la Escritura se nos habla
de la unidad en la diversidad de todos los pueblos de la
tierra. Unidad es comunión en la pluralidad y diversidad,
de otra manera, mis hermanos, sería uniformidad y lo que el
Espíritu Santo nos da es UNIMIDAD. Acerquémonos a cada de las
lecturas para aprovechar su riqueza.
En la primera, que ha sido tomada del libro de
los Hechos de los Apóstoles, hemos escuchado, en la primera
parte, la narración del milagro de Pentecostés y, con
la riqueza de símbolos tomados del Antiguo Testamento, se nos
presenta como el cumplimiento de la promesa de Jesús
(Lc 24, 49; Jn 15, 26; 16,7.13). En la segunda se nos refiere
cómo las naciones, a diferencia de Babel, se encuentran
en el entendimiento a pesar de las diferentes lenguas. El
Espíritu se manifestó en ese día en lenguas de fuego sobre los
apóstoles, es decir sobre la Iglesia naciente.
Podemos ver, hermanos, conforme a la línea de la tradición,
en ese signo, una manifestación de su carácter universal, es
decir católico. Vemos, entonces, la Iglesia como una comunidad
integrada, desde sus orígenes, por hombres y mujeres
de todos los pueblos, con sus diversas lenguas, costumbres y
culturas. Una comunidad nueva que supera las barreras de
la exclusividad de un pueblo y de una tradición como era la
judía, la que también queda integrada en ella.
San Pablo, en la segunda lectura, nos hace notar
que la causa de la nueva situación de este nuevo pueblo se debe
a que todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para
formar un solo cuerpo, judíos y griegos, es decir, judíos
y todos los demás pueblos de la tierra; todos los hombres
sean esclavos o libres. Todos estamos llamados a la salvación
por los méritos de Cristo, Señor de la Iglesia.
De esta manera nos queda claro, mis hermanos,
que la unidad es obra del Espíritu de Jesús que con su muerte
y resurrección nos reconcilió a todos los seres humanos con
su Padre, para hacer de todos un solo pueblo. De manera
que si nos salvamos, no es sino por medio de la Iglesia, este
nuevo al que pertenecen de una manera misteriosa cuantos
se dejan conducir por el Espíritu Santo, porque a todos
se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.
Según san Juan, desde la primera noche después
de su resurrección, la noche pascual por antonomasia, y gracias
a este Espíritu que nos da el Señor Jesús, mediante el soplo
de su aliento –signo de su propia vida–, es como podemos
estar seguros de que vivimos, nos movemos y somos en un nuevo
pueblo, especie de una nueva creación, con una ley diferente
y superior a la antigua: la ley del amor que se coloca muy por
encima de la ley del temor.
En esta nueva comunidad de amor, la diversidad
de carismas es lo que constituye su propia riqueza. Al incluir
en su seno a todos los pueblos de la tierra, la Iglesia
es enviada a mostrar, desde su propio ser, la riqueza
de compartir todos los bienes que ella posee por la gran
variedad de dones que aporta cada uno de los pueblos que la
integran. En esto san Pablo es bastante claro cuando asegura
que todos recibimos del único Dios lo que somos y tenemos
para ponernos al servicio unos de otros. Pero esto será difícil de entender con propiedad,
mis hermanos, si no entendemos que la unidad no es
igual a la uniformidad. Ésta despersonaliza y más bien masifica,
como lo hace, por ejemplo el consumismo. La uniformidad esclaviza
dando falsa seguridad, mientras que la unidad o mejor dicho
la UNANIMIDAD, cabalmente entendida, es liberadora y
nos hace responsables, solidarios y alegres al llevarnos
a dar de lo que cada uno tiene para recibir en la humildad y
la gratitud lo que a cada uno le hace falta. Así construye
el Espíritu la Iglesia y la hace signo e instrumento de su presencia
santificadora. Así se construye la nueva humanidad.
Así es como hemos de entender lo que se dice en
la tradición católica: “fuera de la Iglesia no hay salvación”,
puesto que es Jesucristo que quiso que ella existiera
como presencia histórica y viva de su misterio de amor, como
instrumento suyo a favor de la humanidad, pues quiere que
todos los hombres se salven. Esta es la razón, mis hermanos
de nuestra misión que se deriva de la misión de la Iglesia y,
en definitiva de la misión de Cristo, el enviado del Padre.
Con nuestra Muchachita y Dulce Madre de la Iglesia,
nos alegramos de que Dios, nuestro Padre misericordioso,
nos haya elegido para ser instrumentos de su amor. Pidamos
su intercesión para ser, como ella, dóciles y humildes para
cumplir su voluntad.
Pidámosle nos contagie de su disponibilidad
y de su pobreza ya que sin el reconocimiento de nuestro
vacío no viene el Espíritu Santo, El es Padre de los pobres
no de los satisfechos y engreídos. Acojamos como Ella al Espíritu
Santo porque el Espíritu viene como huésped, como amigo,
y hay que abrirle el corazón con toda disponibilidad. Con nuestra
Amada Niña, supliquemos intensamente y con fe que venga,
ya que sin si inspiración divina los hombres nada podemos
y el pecado nos domina, que venga y doblegue nuestra soberbia,
caliente nuestra frialdad y enderece nuestros pasos. Amén. |
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