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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Noche Santa - Vigilia Pascual.

7 de abril de 2007
HA COMENZADO UN MUNDO NUEVO

¡ALELUYA! ¡CRISTO HA RESUCITADO! ¡CRISTO VIVE! ¡ALELUYA!

Por Cristo, queridos hermanos, toda la historia humana es historia de salvación. Desde el Génesis, es decir, desde los orígenes del mundo, la Sagrada Escritura, como lo acabamos de escuchar, nos da cuenta de la dimensión más importante de la historia, la verdadera y, por eso, la más trascendental: Dios hizo bien todas las cosas. Y las hizo para nuestra felicidad gracias a que todo fue creado por Cristo y para Cristo. Esta es la certeza que la Iglesia anuncia en la Pascua con gran gozo y profunda alegría al mundo.

Los bautizados en Cristo creemos y proclamamos que el mundo y su historia, a pesar de las evidencias del momento, no caminan a la ruina, sino que tienen un sentido. El que nos revela el misterio de Cristo resucitado: el triunfo del bien sobre el mal; de la vida sobre la muerte, de la felicidad sobre el fracaso, del amor sobre el odio.

La celebración de esta noche santa nos hace presente esta experiencia de fe en el amor y la esperanza. Celebramos la Pascua que comienza con una vigilia en el corazón de la noche; la noche más luminosa que el día más brillante. La Pascua comienza propiamente con esa vigilia y culmina con la Eucaristía que expresa perfectamente la profundidad del misterio en la vida de la Iglesia.

Todos los sacramentos tienen su origen en este acontecimiento salvífico, y de ellos sobresale, además de la Eucaristía, en esta celebración, el del Bautismo  como punto de partida de la vida en Cristo muerto y resucitado, tal como nos lo enseña san Pablo en su carta a los Romanos, pues habiendo sido sepultados con Él en su muerte y resucitados con Él, llevamos ya una vida nueva.

La noche pascual es noche bautismal. La vida vieja queda en el sepulcro. Vida vieja significa egoísmo, violencia, codicia, deseos carnales. Todos estos pecados quedan clavados en la cruz. Ahora se impone victoriosa la vida nueva de Cristo resucitado.

Cristo resucitado pone en fuga a los poderes de las tinieblas – ¡victoria de la luz!-; lava las manchas - ¡efectos del agua y de la sangre!-; reviste de belleza - ¡la túnica de su gracia!-; contagia de alegría - ¡es un don de la Pascua!-; levanta bandera de paz y comunión -¡él es nuestra paz!-.

El Bautismo se significa también con el fuego. Al empezar la celebración, hemos encendido un fuego nuevo, del que ha brotado la luz pascual. Como en un sacramental, escribe lo que tú quieras que se queme, sea de tu vida vieja, sea de la sociedad en la que vivimos, y échalo al fuego. Deja que se quemen tus impurezas en el fuego del Espíritu.

El misterio pascual es ciertamente misterio de santidad, porque es la derrota de lo viejo, de lo tenebroso, de lo feo, de lo maloliente, en el triunfo de la vida nueva, de la luz y la belleza, de la gracia y el perfume.

Ha pasado: es lo que llamamos Pascua. Se pasó de la nada al ser, pascua de la Creación;  se pasó de la esclavitud a la libertad, pascua de la liberación; se pasó de la muerte a la vida, pascua de la resurrección, la pascua de nuestro Señor Jesucristo, la pascua de todos los creyentes de Cristo.

Todas las pascuas son posibles por el aliento vivificante del Espíritu Santo. Donde alienta el Espíritu hay vida. Donde sopla el Espíritu hay libertad. Donde está el Espíritu no puede haber muerte, porque el Espíritu – Amor es más fuerte. Por eso Cristo, dinamizado por el Espíritu, resucitó.

Mi hermano ¡Ábrete al soplo del Espíritu! Necesitamos romper ataduras y levantarnos gozosos con Jesús. <<Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas (…) Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo>>.

Cristo es nuestra Tierra Prometida. Cristo es nuestra libertad. Cristo es nuestra victoria. Cristo es nuestra resurrección y nuestra pascua.

Estamos en vela, mis hermanos: No podemos dormir como durmieron los guardias del sepulcro. <<La noche es tiempo de salvación (…) La noche fue testigo de Cristo en el Sepulcro. / De noche esperaremos tu vuelta repentina (…)>>. Hemos de velar, no vaya a venir el Señor y nos encuentre dormidos.

Estemos en oración, mis hermanos: No basta tener la mente despierta, sino el corazón a punto. Orar con el deseo de la resurrección de Jesucristo, orar con la esperanza para que resucite también en ti, orar con la presencia del Cristo resucitado, orar con el agradecimiento y el aleluya pascual. <<¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!>>.

Hemos pasado la noche escuchando la Palabra de Dios, las maravillas realizadas a lo largo de la historia. Es para meditar y guardar. Guardarla palabra es acoger a Cristo, porque todas las palabras son preparación, anuncio, explicación de la Palabra, Cristo Jesús, nuestro Salvador.

Y todas las palabras culminan en la Pascua
, en la victoria sobre la muerte. En la efusión del Espíritu.

La Vigilia pascual no es una celebración más, mis hermanos, es la celebración de las celebraciones, la madre de todas las celebraciones. Ninguna celebración sería posible sin la resurrección de Jesucristo. En vez de celebraciones tendriamos lamentaciones.

Celebrar es cantar con el corazón. <<Porque éstas son las fiestas de la Pascua, en la que se inmola el verdadero cordero(…) ¡Qué noche tan dichosa (…) en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!>>.

Esta noche Cristo resucitado quiere unirse a nosotros y resucitar con nosotros. Celebremos la comunión con Cristo. Noche de bodas. Celebremos el amor entregado de Cristo, las bodas de nuestro Dios. Celebramos la victoria de Cristo sobre la muerte, pero no sólo la de Cristo, también la nuestra. Cristo resucitado no contagia de resurrección.

Hablamos de todas las muertes. Hay muerte biológica, muerte psicológica, muerte espiritual. Muere el cuerpo, muere la mente, muere el corazón.

La resurrección corporal es el resultado de otras resurrecciones. Cristo nos resucita
de la tristeza, de la desesperanza, del vacío, y el sinsentido.

Cristo nos resucita de la esclavitud, del vicio, de la maldad. Cristo nos resucita, sobre todo, del desamor. El que no ama está muerto. Vivir consiste en amar.

Cristo nos vivifica porque nos esponja en su amor, alienta nuestros pulmones con el Espíritu del Amor. Y el amor es más fuete que la muerte. Por eso tendremos vida para siempre porque su amor es eterno, no tiene fin.  

Mis amados hermanos: Dejemos que arda nuestro corazón con su presencia viva, cercan y fiel a través de nuestros hermanos, especialmente en nuestras Asambleas Eucarísticas.

Escuchemos con atención a quienes verdaderamente siguen a Jesús vivo como discípulos; lo mismo a quienes, mediante su testimonio valiente y lleno de amor, y dispuestos al perdón ante quienes los persiguen, siguen las huellas del resucitado.

Estemos dispuestos, confiados en el autor de la vida, a defenderla en todas sus etapas, desde su concepción, hasta la muerte natural; porque la gloria de Dios es el hombre vivo (san Ireneo) y vivo en plenitud.

Estas, y muchas otras, serían mis hermanos, las mejores pruebas de nuestra vida actual en Cristo vivo. Que el Padre Dios nos lo conceda con la intercesión y la compañía amorosa de nuestra Muchachita y Dulce Madre; Santa María de Guadalupe.

Amén. ¡Aleluya!

 
 
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