Por Cristo, queridos hermanos, toda la historia humana es historia
de salvación. Desde el Génesis, es decir, desde los orígenes del mundo, la Sagrada
Escritura, como lo acabamos de escuchar, nos da cuenta
de la dimensión más importante de la historia, la verdadera
y, por eso, la más trascendental: Dios hizo bien todas las
cosas. Y las hizo para nuestra felicidad gracias a que todo
fue creado por Cristo y para Cristo. Esta es la certeza que
la Iglesia anuncia en la Pascua con gran gozo y profunda alegría
al mundo.
Los bautizados en Cristo creemos y proclamamos que el mundo
y su historia, a pesar de las evidencias del momento, no
caminan a la ruina, sino que tienen un sentido. El que nos revela
el misterio de Cristo resucitado: el triunfo del bien sobre
el mal; de la vida sobre la muerte, de la felicidad sobre el
fracaso, del amor sobre el odio.
La celebración de esta noche santa nos hace presente esta experiencia
de fe en el amor y la esperanza. Celebramos la Pascua
que comienza con una vigilia en el corazón de la noche; la
noche más luminosa que el día más brillante. La Pascua comienza
propiamente con esa vigilia y culmina con la Eucaristía que
expresa perfectamente la profundidad del misterio en la vida
de la Iglesia.
Todos los sacramentos tienen su origen en este acontecimiento
salvífico, y de ellos sobresale, además de la Eucaristía,
en esta celebración, el del Bautismo como punto de partida
de la vida en Cristo muerto y resucitado, tal como nos lo enseña
san Pablo en su carta a los Romanos, pues habiendo sido sepultados
con Él en su muerte y resucitados con Él, llevamos ya una vida
nueva.
La noche pascual es noche bautismal. La vida vieja queda
en el sepulcro. Vida vieja significa egoísmo, violencia,
codicia, deseos carnales. Todos estos pecados quedan clavados
en la cruz. Ahora se impone victoriosa la vida nueva de
Cristo resucitado.
Cristo resucitado pone en fuga a los poderes de las tinieblas
– ¡victoria de la luz!-; lava las manchas - ¡efectos del agua
y de la sangre!-; reviste de belleza - ¡la túnica de su gracia!-;
contagia de alegría - ¡es un don de la Pascua!-; levanta bandera
de paz y comunión -¡él es nuestra paz!-.
El Bautismo se significa también con el fuego. Al empezar la celebración, hemos
encendido un fuego nuevo, del que ha brotado la luz pascual.
Como en un sacramental, escribe lo que tú quieras que se queme,
sea de tu vida vieja, sea de la sociedad en la que vivimos,
y échalo al fuego. Deja que se quemen tus impurezas en el
fuego del Espíritu.
El misterio pascual es ciertamente misterio de santidad, porque
es la derrota de lo viejo, de lo tenebroso, de lo feo,
de lo maloliente, en el triunfo de la vida nueva, de la luz
y la belleza, de la gracia y el perfume.
Ha pasado: es lo que llamamos Pascua. Se pasó de la nada al ser,
pascua de la Creación; se pasó de la esclavitud a la libertad,
pascua de la liberación; se pasó de la muerte a la vida,
pascua de la resurrección, la pascua de nuestro Señor Jesucristo,
la pascua de todos los creyentes de Cristo.
Todas las pascuas son posibles por el aliento vivificante
del Espíritu Santo. Donde alienta el Espíritu hay vida.
Donde sopla el Espíritu hay libertad. Donde está el Espíritu
no puede haber muerte, porque el Espíritu – Amor es más fuerte.
Por eso Cristo, dinamizado por el Espíritu, resucitó.
Mi hermano ¡Ábrete al soplo del Espíritu! Necesitamos romper
ataduras y levantarnos gozosos con Jesús. <<Ésta es
la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas (…) Ésta
es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende
victorioso del abismo>>.
Cristo es nuestra Tierra Prometida. Cristo es nuestra libertad.
Cristo es nuestra victoria. Cristo es nuestra resurrección y
nuestra pascua.
Estamos en vela, mis hermanos: No podemos dormir como durmieron
los guardias del sepulcro. <<La noche es tiempo de salvación
(…) La noche fue testigo de Cristo en el Sepulcro. /
De noche esperaremos tu vuelta repentina (…)>>. Hemos
de velar, no vaya a venir el Señor y nos encuentre dormidos.
Estemos en oración, mis hermanos: No basta tener la mente despierta,
sino el corazón a punto. Orar con el deseo de la resurrección
de Jesucristo, orar con la esperanza para que resucite también
en ti, orar con la presencia del Cristo resucitado, orar con
el agradecimiento y el aleluya pascual. <<¡Qué asombroso
beneficio de tu amor por nosotros!>>.
Hemos pasado la noche escuchando la Palabra de Dios, las maravillas
realizadas a lo largo de la historia. Es para meditar y guardar.
Guardarla palabra es acoger a Cristo, porque todas las
palabras son preparación, anuncio, explicación de la Palabra,
Cristo Jesús, nuestro Salvador.
Y todas las palabras culminan en la Pascua, en la victoria
sobre la muerte. En la efusión del Espíritu.
La
Vigilia pascual no es una celebración más, mis hermanos,
es la celebración de las celebraciones, la madre de todas
las celebraciones. Ninguna celebración sería posible sin
la resurrección de Jesucristo. En vez de celebraciones tendriamos
lamentaciones.
Celebrar es cantar con el corazón. <<Porque éstas
son las fiestas de la Pascua, en la que se inmola el verdadero
cordero(…) ¡Qué noche tan dichosa (…) en que se une el cielo
con la tierra, lo humano y lo divino!>>.
Esta noche Cristo resucitado quiere unirse a nosotros y resucitar
con nosotros. Celebremos la comunión con Cristo. Noche de
bodas. Celebremos el amor entregado de Cristo, las bodas
de nuestro Dios. Celebramos la victoria de Cristo sobre
la muerte, pero no sólo la de Cristo, también la nuestra.
Cristo resucitado no contagia de resurrección.
Hablamos de todas las muertes. Hay muerte biológica, muerte psicológica,
muerte espiritual. Muere el cuerpo, muere la mente, muere el
corazón.
La resurrección corporal es el resultado de otras resurrecciones.
Cristo nos resucita de la tristeza, de la desesperanza,
del vacío, y el sinsentido.
Cristo nos resucita de la esclavitud, del vicio,
de la maldad. Cristo nos resucita, sobre todo, del
desamor. El que no ama está muerto. Vivir consiste en amar.
Cristo nos vivifica porque nos esponja en su amor, alienta
nuestros pulmones con el Espíritu del Amor. Y el amor es
más fuete que la muerte. Por eso tendremos vida para siempre
porque su amor es eterno, no tiene fin.
Mis amados hermanos: Dejemos que arda nuestro corazón con
su presencia viva, cercan y fiel a través de nuestros hermanos,
especialmente en nuestras Asambleas Eucarísticas.
Escuchemos con atención a quienes verdaderamente siguen
a Jesús vivo como discípulos; lo mismo a quienes, mediante
su testimonio valiente y lleno de amor, y dispuestos al perdón
ante quienes los persiguen, siguen las huellas del resucitado.
Estemos dispuestos, confiados en el autor de la vida, a
defenderla en todas sus etapas, desde su concepción, hasta
la muerte natural; porque la gloria de Dios es el hombre
vivo (san Ireneo) y vivo en plenitud.
Estas, y muchas otras, serían mis hermanos, las mejores pruebas
de nuestra vida actual en Cristo vivo. Que el Padre Dios
nos lo conceda con la intercesión y la compañía amorosa de nuestra
Muchachita y Dulce Madre; Santa María de Guadalupe.
Amén. ¡Aleluya! |