InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo C
   
 
Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del Miércoles de Ceniza.

21 de febrero de 2007

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo, mis amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, mis queridos hermanos en el ministerio sacerdotal, diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.

El Miércoles de Ceniza, hoy, marca el inicio del tiempo de Cuaresma, es  un tiempo litúrgico importante, cuyo sentido principal es la preparación a la Pascua de Resurrección, la  Cuaresma por sí misma, mis hermanos, no tiene sentido, nos encamina a la Pascua. Si tuviéramos que definir el objetivo principal de este camino cuaresmal, podríamos decir que es un tiempo de conversión.  Así lo subrayan  los  textos de la Sagrada Escritura que hemos proclamado y los diversos litúrgicos de hoy. Por ejemplo, la primera lectura está centrada en la idea del conversión, del arrepentimiento y de la reconciliación con Dios. En esta primera lectura, el profeta Joel invita al pueblo a convertirse a Dios, a pedir perdón, con la confianza de que el Señor, “compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad”, se compadecerá de los que se conviertan de corazón. Y el salmo responsorial de hoy, es el que conocemos precisamente como “Miserere” (Señor ten misericordia), un texto emblemático de la actitud de todo creyente que pide perdón a Dios y quiere retomar el camino del Señor. Igualmente, san Pablo, en la segunda lectura, insiste en esta llamada a la conversión: “en nombre Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios”.  Una llamada que se expresa con urgencia invitando a que no perdamos la oportunidad. “Ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.”

El nombre de "miércoles de ceniza" viene precisamente de este elemento que hoy toma protagonismo en la celebración litúrgica. El simbolismo es muy claro, la ceniza nos recuerda que nuestra naturaleza humana es débil, limitada, pecadora. “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”, tantos años escuchamos esto en este día, mis hermanos. Pero precisamente porque somos conscientes de esta debilidad y limitación, nos ponemos en manos de Aquél que no es débil, que no es limitado, ni pecador; en manos del Santo de los Santos, Aquél bendito que se hizo maldito por nosotros.

Con el signo de la imposición de la ceniza en la cabeza, en la cabeza, a veces queremos que nos lo pongan en la frente para que se vea y para que todo mundo diga: “ha ya tomaste ceniza”.  No, se tiene que poner en la cabeza, donde no se vea, donde se pierda con el pelo mismo. Mis hermanos, Jesús mismo lo dice en el Evangelio, con esta imposición de ceniza  expresamos nuestro arrepentimiento, y al mismo tiempo nuestro deseo de recorrer este camino de revisión, de renovación, de conversión. Por eso, en el momento de recibir la ceniza, se nos dice: "Conviértete y cree el Evangelio" o podemos decir también nosotros: “Me  convierto y creo en el Evangelio.”

Este gesto de humildad y penitencia nos anima a empezar un camino que nos ha de llevar a la alegría, a la luz, a la vida... a la Pascua de Resurrección. Así pues, mis amados hermanos, damos inicio hoy, a la preparación personal y comunitaria de la gran fiesta cristiana: la Resurrección de Jesucristo. Para ello, los invito a que recojamos la invitación del mismo Jesús en las primeras palabras del Evangelio que acabamos de proclamar: “Busquen practicar la justicia”, pero no como los escribas y fariseos. Busquen practicar la justicia; pero con un matiz especial: evitar caer en la trampa de hacer el bien para ser bien vistos de la gente. Tengan cuidado, tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. Un atinado consejo para progresar por caminos seguros hacia la Pascua de Resurrección.

Ahora bien, se nos concreta la práctica de la justicia en tres propuestas convergentes: El esmero en nuestra relación con Dios (la oración), el esmero en nuestra relación con los demás (la limosna, el compartir el sentir del otro) y esmero en nuestra relación con nosotros mismos (el ayuno). Es esta la auténtica conversión que Dios desea, la reconciliación a que nos insta san Pablo. Es una nueva oportunidad, el tiempo oportuno, que Dios nos ofrece para desligarnos de nuestras ataduras internas para vivir en mayor libertad. Este el sentido de la Cuaresma, mis amados hermanos. ¿Qué ataduras internas tenemos, revisemos nuestras vidas? ¿De verdad somos libres, con la libertad  de los hijos de Dios? 

Mis hermanos, el Señor nos marca muy bien la ruta, el camino a seguir a lo largo de estas semanas de Cuaresma. Si queremos llegar bien dispuestos a la fiesta central de nuestra fe, al gozo de la Pascua de Resurrección, debemos revisar, mis amados hermanos, ¿cómo oramos?, ¿somos hombres de oración?, ¿cómo es nuestra oración?

Poco a poco hay que reducir el exceso de palabras, para creer más en el Señor y crecer en el sentimiento de confianza y de sencillez ante Él. A Dios no le interesan cuanto nuestros labios cuanto nuestro corazón. Necesitamos acallar un poco nuestra voz y experimentar nuestra sed de Él, nuestra hambre de Él. Nuestras palabras nos ensordecen tanto que no dejamos aflorar nuestros íntimos sentimientos, parace como si para Él sólo tuvíeramos palabras. Y miren, hermanos, a Dios sobretodo hay que amarlo.

Quien acepta con humildad su pobreza en el silencio de su corazón, no duda en levantar su mirada a quien sabe que lo ama. Y si pasa por la oscuridad de la fe, todavía se cobija más confiadamente en Dios. Contra los ídolos externos e internos: la fe. El abandono absoluto en el Señor, como lo meditabamos, el domingo pasado, mis hermanos, éste es el clima de la verdadera oración. Nos urge revisar también nuestro trato con los demás y cómo les ofrecemos la generosidad de nuestra limosna. Una limosna, que no se reduce al dinero, sino también el gesto de amigo, el gesto de hermano, a la escucha serena, a la comprensión, al perdón.

Y sin asomo de prepotencia, porque toda actitud arrogante provoca mayor afrenta. Entonces la limosna carece de sentido cristiano y no ennoblece a nadie. Además debemos ser promotores de esperanza en una sociedad dominada por el recelo y la desconfianza. Hay muchas personas humildes que nos dan ejemplo, que comparten aun lo que no tienen. Hay muchas personas, por otro lado, hundidas por la soledad, el desengaño y la frustración, precisamente por que vivien acaparando, por que no tienen sentido del otro, de los otros, de los demás. A menudo están, muy cerca de nosotros, acerquemos a ellos,  si yo no voy a ir al cine en la Cuaresma, a no ir al teatro, o no voy a ir a… que bueno. Invirtamos ese tiempo en visitar a estos hermanos nuestros que viven la soledad, en el desengaño, en la tristeza, en la frustación. Y no podemos pasar por su vida con indiferencia. En esta línea debemos descubrir el sentido de la limosna más eficaz: una conversión a la solidaridad en los sentimientos. Contra el orgullo del poseer es preciso reaccionar con el verdadero amor. Esta es la limosna auténtica y verdadera. Y también, se nos pide que sepamos ayunar de cuanto no favorece nuestro crecimiento en libertad interior. Vivimos, en ocasiones, esclavizados de nuestros caprichos y de nuestra tozudez, de nuestra honra (honrilla, diría yo) y vanidad.

Nos establecemos en nuestros prejuicios y aplicamos etiquetas con una ligereza desconcertante. Hoy el Señor nos pide una conversión a la pobreza, a la sobriedad, incluso a la austeridad. Y no sólo en cosas materiales, sino también en críticas, murmuraciones y descalificaciones. No saber privamos de estas actitudes, ¿no es sinónimo de esclavitud?, ¿No es un fardo demasiado pesado? Ayunemos. Ayunemos de la televisión, ayunemos de la radio. Tengamos la valentía de apagar el televisor y ponernos a leer un buen libro. Ponernos a orar un rato o seguir la pasión de Cristo, através del Vía Crucis.

Amados hermanos ¿no hay en nosotros una fuerza mayor que nos incline la balanza hacia la libertad? Pensemos en esto. Desprendernos de nuestro yo engreído es una tarea de toda la vida, de todas las cuaresmas. Es tiempo oportuno, es tiempo favorable.  Contra la rigidez y el envanecimiento de nuestro yo, es preciso aplicar la discreción y el respeto. Éste es también el ayuno que quiere el Señor. Pensemos en esto acogamos, esta palabra en nuestro corazón y todo ello nos lleva no a una conversión exterior momentanea, como si se tratara de un cambio de imagen, con algún que otro retoque en nuestra vida, sino al Hombre Nuevo, Jesucristo. Esa es la tarea, esa es la misión que tenemos que realizar en esta Cuaresma.

Originalmente, conversión es cambio de orientación de toda la persona, algo que compromete desde lo hondo del alma. Un camino que se emprende porque Alguien nos ha llamado, nos ha seducido, nos ha amado. Señor, ¿a quién iremos? Solamente tú tienes palabras de vida eterna”. Señor, ¿a quién iremos? tú tienes ruta, el camino a Seguir, nuestra vocación y nuestro destino: practicar la justicia sin buscar el reconocimiento ajeno.

Que la Señora del Cielo, nuestra muchachita, Santa María de Guadalupe nos ayude a vivir intensamente el sentido de esta Cuaresma.

Que así sea.

 

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior