Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, rector
de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de
Guadalupe en la celebración de la Solemnidad
de la Santísima Trinidad.
Domingo 15 de junio del 2003
LA IGLESIA, IMAGEN DE LA TRINIDAD
Bendito
sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque nos ha mostrado
un amor inmenso. Amén. Queridos hermanos: nuestro
Dios es un Dios presente. Jamás se ausenta; jamás
se calla. Nuestro Dios siempre se está manifestando; interviene
en la historia, en nuestra historia; en la historia de cada uno
de nosotros. Jamás se desinteresa de nosotros. Todo lo contrario,
este Dios nuestro no nos ha creado para lanzarnos y dejarnos abandonados
en el mundo. Y, para estar siempre con nosotros, nos ha enviado
a su Hijo manifestándonos el inmenso amor que nos tiene pues,
aunque nosotros nos pudiéramos olvidar de Él, su Hijo
permanece a nuestro lado para recordarnos nuestro destino, que es
Él mismo, y ayudarnos a encontrarlo por medio de su Espíritu
Santo.
Este
es nuestro Dios en quien creemos, a quien amamos y escuchamos hoy
y queremos conocer cada día más. A veces nos habrá
venido, tal vez, la tentación de creer que Dios fuera diferente.
La verdad es que, siendo nosotros hechos a imagen y semejanza suya,
si analizamos nuestro propia ser, en su naturaleza más profunda,
encontraremos que, efectivamente, somos imagen suya por el hecho
de ser seres relacionales, capaces de amar y ser amados. Dotados
de inteligencia y libertad, somos co-creadores suyos y protagonistas
de la historia que vivimos todos en la historia general y en la
de cada uno.
Hermanos,
Dios no es un ser solitario, encerrado en sí mismo y ajeno
al mundo y a nuestra historia. Al contrario, desde el principio,
como dicen el Génesis y el evangelio de san Juan, es decir,
desde siempre, Él, el eterno, tenía proyectado hacerse
presente en nuestra historia, es decir, en el tiempo, nuestro tiempo.
Así, el Verbo, su Hijo, que estaba junto a Él desde
siempre, irrumpió en este mundo para revelarnos el amor que
nos tiene y hacernos entrar, por ese mismo amor, en la intimidad
de su misterio. De esta manera, Dios se hizo tiempo, como lo contemplábamos
en la Navidad, para que nosotros nos hiciéramos eternos como
Él.
Apenas
hace una semana celebrábamos, queridos hermanos, al Espíritu
Santo, que es el mismo Espíritu de Cristo y del Padre, que
nos lleva y permanece junto a nosotros como intercesor y consejero,
para alcanzar la plenitud de la vocación a la que hemos sido
llamados por el amor que nos tiene: ser verdaderamente hijos de
Dios. Esto empezó a ser una realidad el día de nuestro
bautismo, pues ese día fuimos insertados para siempre en
la vida de Dios al realizarse el bautismo en el nombre del Padre,
y del Hijo y del Espíritu Santo.
Por
eso, hoy, nosotros confesamos en la alegría y la gratitud,
la fe, la esperanza y el amor, que nos da el bautismo, reconociendo
como único Señor y Dios nuestro al Padre, al Hijo
y al Espíritu Santo: tres personas en un solo Dios verdadero.
Permitamos
al Espíritu que actúe hoy con toda su fuerza, de modo
que esta profesión de fe de hoy no se quede en una fórmula
doctrinal fría y meramente cerebral y racional, sino que
sea expresión de la experiencia de un trato íntimo
en el amor con el Dios Uno y Trino.
Este
misterio fundamental de nuestra fe tiene repercusiones serias y
profundas en la vida diaria, ya que todos los días nos movemos
en ese misterio. En efecto, comenzamos cada día tomado conciencia
de hacer todo en su nombre al santiguarnos. Y, al acabarla, confesamos
haberla hecho para dar “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu
Santo”. Pero significa mucho más para nosotros que
hemos sido sellados con la unción del Espíritu Santo.
La Santísima Trinidad explica nuestra pertenencia a Cristo,
pero también a la Iglesia donde todos somos uno en Cristo
con el Padre.
La
Santísima Trinidad no es para nosotros una expresión
enigmática ni un cálculo matemático imposible.
La Santísima Trinidad es amor infinito que se entrega y se
expande es don y generosidad.
Este
misterio divino es como un programa de vida cuando descubrimos que
en él está el fundamento de nuestro ser mismo como
personas que están llamadas a formar comunidad. Dice el Papa
Juan Pablo II que Dios no es soledad, sino comunidad. En este misterio
de amor de Dios consigo mismo, descubrimos nuestra necesidad de
ser con los otros, no sólo dando de lo que tenemos, sino
dándonos unos a otros en el amor mediante el servicio. En
este darnos recíprocamente, somos más nosotros mismos,
es decir no por darnos dejamos de ser nosotros, no nos agotamos,
sino al contrario somos más, es decir, crecemos y nos enriquecemos.
Por
eso, mis hermanos, al vivir en sintonía con este misterio
formamos la gran familia de la Iglesia cuya esencia es el amor.
Dándonos unos a otros, por un lado realizamos, pues, mis
hermanos, el misterio de un Dios vivo y por otro, construimos el
Reino con lo que lo caracteriza: el amor que nos dispone a salir
de ella y ser reflejo de un Dios vivo que quiere que todos los hombres
se salven, pues no debemos olvidar que, como Iglesia, somos un instrumento
de salvación para todos los hombres y mujeres que se dejen
encontrar por Él.
En este
domingo introduzcamos amorosamente, desde nuestra realidad cristiana,
en la realidad de nuestro Dios: del Dios Padre de nuestro Sr. Jesucristo,
del Dios que confesamos como “único Dios”, y
al que reconocemos igualmente como “Dios trino” en sus
personas.
Invoquemos
a María, nuestra Señora y Madre que, entregándonos
al Hijo de Dios, sirvió a las causas del Padre de misericordia
para salvar a todo el mundo que buscaba y andaba en tinieblas y
sombras de muerte. Pidamos su auxilio para ser como ella dóciles
al Espíritu y podamos dar al mundo la salvación que
nos ofrece el Padre, a través de su Hijo.
Amén.