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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, r
ector de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe en la celebración de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo.

Domingo 29 de junio del 2003

PEDRO, PABLO Y LA CATOLICIDAD DE LA IGLESIA

     Hermanas y hermanos: Iniciemos nuestra reflexión con la alabanza y acción de gracias que la liturgia nos propone hoy en la antífona de entrada: “Demos gracias a Dios en esta festividad de san Pedro y san Pablo, que con su sangre fecundaron a la Iglesia, participaron de la pasión de Señor y se convirtieron en amigos suyos”.

             La fiesta de estas columnas de la Iglesia, los apóstoles Pedro y Pablo, nos llevan no sólo a considerar el misterio de la Iglesia, sino, más específicamente, a valorar y a entender mejor su carácter profundamente misionero a la vez que católico. En efecto, profesando nuestra fe cada domingo, afirmamos que la Iglesia, además de una, santa y apostólica es también católica. ¿Qué significa esta característica en concreto? Me parece que podemos profundizar en este aspecto de su misterio si, llevados por el Espíritu, reflexionamos en torno a las funciones que estas dos columnas desempeñan, por voluntad de Cristo, en el gran edificio que es la Iglesia.

            En primer lugar, hemos de ver en ambos apóstoles, dos expresiones vivas de fidelidad a Cristo. Y de aquí, podremos ver dos líneas de acción distintas, pero no antagónicas, como a veces se quieren presentar en las iglesias cristianas, sino tan necesarias como complementarias. Insisto, hermanos, antes que ver las diferencias hemos de partir de que ambos coinciden en la profundidad de su fe y en su amor ardiente a Cristo: Escuchemos a Pedro decirle a Jesús tres veces: Señor, Tú sabes que te amo (Jn 21,15-18); y Pablo que dice: Para mí el vivir es Cristo y la muerte una ganancia (Flp 1,21)

            El Prefacio de este día nos ayuda a ver las funciones, que cada uno de ellos desempeñó, como dos formas de ser y de actuar que llevan adelante la obra de Cristo en su Iglesia: “Pedro —dice el prefacio— es nuestro guía en la fe que profesamos”. Es lo que le pidió Cristo después de aquella triple confesión de fidelidad: apacienta a mis ovejas. Es el pescador del mar de Galilea rudo y decido, que deja todo para seguir radicalmente a Jesús y quien debe, después, “consolidar la Iglesia primitiva con los israelitas que creyeron” y conducirla a lo largo de la historia mediante sus sucesores. Pedro es, en pocas palabras, mis hermanos, la autoridad constituida por Cristo para darle la unidad y la solidez necesarias a la Iglesia para que ésta sea signo visible y eficaz de salvación para todos los hombres. Es decir, para que sea efectivamente católica o universal.

            “Pablo es el expositor preclaro de tus misterios —continúa indicando el prefacio— y el preceptor y maestro de los paganos, que Dios quería llamar a su Iglesia”. Esto nos hace entender a Pablo como el intelectual que, antes de su conversión, persiguió a la misma Iglesia, llevado por su celo por la verdad y su fidelidad a Dios y a la fe de sus antepasados y, con esa misma coherencia, después se convirtió en el más ferviente y más dinámico predicador, fundador y maestro de comunidades creyentes fuera de Israel y a lo largo de las márgenes del Mar Mediterráneo. Su personalidad, su genio y su imagen son de tal tamaño que no ha faltado quien afirme que él es el fundador del cristianismo.

            Los escritos bíblicos reflejan dos personalidades con temperamentos y dotes muy distintos. Pedro, impulsivo y generoso como inestable y noble, dispuesto a la entrega a Cristo y a su causa. Pablo, genio de alta formación en la más pura tradición judía, apasionado y profundo en el conocimiento y la exposición de los misterios de Dios, así como en la predicación del evangelio. Por eso representan ambos dos líneas de pensamiento y de acción diferentes que conforman el ser, la misión y el quehacer de la Iglesia de todos los tiempos.

            Por eso, “después de haber congregado por caminos diversos a la familia de Cristo, esa misma familia los asocia ahora en su veneración con una sola corona”—concluye el prefacio—.

            Ambos apóstoles, mis queridos hermanos, son signo de una Iglesia llamada a ser instrumento de salvación para todos los hombres y mujeres que buscan y aman la verdad y el amor de Dios y se esfuerzan por la práctica de la justicia y de la paz.
            
             La Iglesia necesita, por voluntad de su fundador y cabeza, Jesucristo, un principio sólido, estable y permanente de autoridad y de unidad en la misión. Éste es Pedro y sus sucesores. Pero también necesita del elemento innovador que movido por el Espíritu esté continuamente buscando las formas de acercamiento al hombre en su cultura y en sus circunstancias propias de cada tiempo y de cada lugar. Éste es Pablo y la multitud de hombres y mujeres carismáticos que renuevan continuamente la Iglesia. En esto está, en parte, la catolicidad o universalidad de la Iglesia.

            Esta fiesta pues, mis queridos hermanos, es una invitación a todos los que integramos la Iglesia, a una conversión permanente hacia Dios y hacia el mundo, según los criterios universalistas del evangelio. Hoy podemos celebrar el sano orgullo de ser católicos cada vez más comprometidos y agradecidos con Dios por la vocación que trae consigo nuestro propio bautismo: la apertura a todos, para que todos se salven.

            Oremos, mis hermanos, para que san Pedro nos enseñe a profesar nuestra adhesión existencial a Cristo, a su persona, como fundamento de la asimilación y puesta en práctica de su doctrina. Que san Pablo nos haga crecer, con su intercesión, en la fidelidad cada día más firme y profunda a Cristo y a su Iglesia. Oremos también por el Papa, sucesor de Pedro, para que su fidelidad a Cristo sea para todos nosotros, que formamos la Iglesia, un aliciente a mantenernos unidos por la fe y el amor, en la diversidad de culturas y de situaciones humanas.

             Que así sea.

  

 
 
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