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Homilía
pronunciada el Domingo XIV del Tiempo Ordinario por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

6 de Julio del 2003

¿QUÉ TAN FAMILIAR ES JESÚS PARA NOSOTROS?

     Hermanas y hermanos: Comencemos nuestra reflexión de este domingo décimo cuarto del tiempo ordinario haciéndonos conscientes, con la alabanza y la acción de gracias a nuestro Padre, porque en su infinita ternura y amor por nosotros no sólo se acercó a nosotros sino que quiso que su Hijo se hiciera uno de nosotros, uno de la familia humana a fin de honrarla y, honrándola, salvarla.

            En efecto, hermanos, el evangelio de hoy, como en otros pasajes, nos invita a ver cómo las circunstancias en las que se movió Jesús en su vida terrenal fueron tan naturales, tan semejantes a las de cualquier hombre de un pueblo insignificante como Nazareth que pasó como una más. Su paisanos lo vieron crecer y trabajar para sostener el hogar familiar como artesano (tékton) de la madera y de la piedra. El problema es que a pesar de que ven grandes diferencias, no las aceptan porque están encerrados en modelos aprendidos en su pueblo y en su mentalidad estrecha y pobre. Es posible que también se dejan invadir por la envidia.

            Reconocen que Jesús realiza prodigios con sus manos; que enseña con una sabiduría nueva que no pudo haber aprendido en su pueblo porque allí no es posible algo más que aprender a leer. Sin embargo, no son capaces de preguntarse con honestidad sin sacar conclusiones apresuradas. Tal vez llegaron hasta a sospechar que esos poderes le venían del demonio, como le hicieron ver algunos de sus adversarios.

            Los paisanos de Jesús son “prisioneras de sus propias concepciones acerca de lo que debe y puede suceder en su pueblo. Con seguridad ellos comparten también las expectativas mesiánicas de los pobres de Israel. Pero en la comunidad pueblerina reina, al mismo tiempo, una presión secreta a subordinarse y a encarrilarse en lo ya conocido, en lo usual, y hasta en lo mediocre” (Lentzen-Deis). San Marcos nos hace saber, en otro pasaje, que sus mismos familiares pensaban que estaba fuera de sí (Mc 3,21).

            El escándalo de sus conciudadanos se da, pues, porque Jesús —que es miembro de una familia “normal”, común y corriente, bastante conocida en el lugar—, vive, se comporta y exige mucho más de lo que ellos estaban acostumbrados a practicar y enseñar. Por orgullo o por envidia, no están dispuestos a reconocer y a aceptar que Jesús es diferente.

            A la luz de la lectura del profeta Ezequiel y de la segunda de san Pablo a los corintios, podemos aprender, hermanos, para nuestro provecho espiritual y nuestro crecimiento integral, que debemos estar atentos a situaciones parecidas en nuestros ambientes familiares o comunitarios. Pero, junto con el texto evangélico que concluye indicando que Jesús no pudo hacer allí ningún milagro, (...) y que estaba sorprendido por su falta de fe (vv. 5.6ª), podemos todavía profundizar más en nuestra reflexión.

            La primera lectura, como siempre, van muy unida con el evangelio por el tema que tratan. En este caso, podría ser el de el rechazo, o al menos, la resistencia a asumir una actitud adecuada a toda acción divina orientada a entablar un diálogo con el hombre a fin de salvarlo. En efecto Yahavé acusa a su pueblo de rebelde, traidor, testarudo y obstinado, mientras que Jesús se queja de su falta de la incredulidad de su gente. San Pablo, en cambio, reconoce, a partir de sus debilidades, problemas y dificultades, que sólo en Cristo lo puede todo. Es decir, mientras Israel y los habitantes de Nazareth se resisten a ver la presencia divina y su obra que invitan a la conversión, a la gratitud y a la alabanza, san Pablo experimenta en sus debilidades el poder de Dios que lo lleva a la alegría y a la gratitud.

            Hermanos, lo que les falta a Israel y a los paisanos de Jesús es la fe. Esa fe inicial que desencadena el crecimiento y la profundización después de aceptar las señales que Dios da y que, a su vez, la retroalimentan. Es tal vez, hermanos, lo que nos falta muchas veces en nuestros ambientes eclesiales y comunitarios para crecer. Demasiada seguridad en nuestros criterios y en lo que sabemos pueden impedirnos un verdadero desarrollo y nos hacen, en cambio, quedarnos en meros triunfalismos que resultan más bien un autoengaño y un impedimento para aprender y crecer en el conocimiento de Dios. Pero también esa actitud cerrada nos impide una verdadera convivencia fraternal en la que podamos compartir, dar y recibir, como nos lo manda el Señor.

            Y, por otro lado, mis hermanos, pero en relación con lo que venimos tratando, podemos aprender de esta enseñanza del evangelio que es muy importante que no nos dejemos llevar por la envidia ni por la actitud soberbia de los que se siente ofendidos porque otros destaquen, que fue tal vez lo que sucedió a los paisanos de Jesús. Al contrario, sintámonos honrados cuando algunos de los nuestros alcanzan metas fuera de lo común. En todo caso aprovechemos esos logros para el bien común. Más aún, recordemos que nada se tiene para bien personal sino para el servicio de aquellos con quienes convivimos. Tal como lo hizo Jesús cuando visitó su tierra natal.

            Que María, nuestra madre de Guadalupe, nos acompañe en este crecimiento a partir del verdadero conocimiento de su Hijo y nos ayude con su intercesión a aprovechar tanto bien que el Señor nos hace a todos como individuos y como pueblo, especialmente en este día, como nación. Encomendemos especialmente a su intercesión amorosa a quienes hoy saldrán elegidos por todos nosotros para compartir con este pueblo sus capacidades y sus conocimientos en el orden político.

             Que así sea.

  

 
 
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