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Homilía
pronunciada el Domingo XIX del Tiempo Ordinario por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

10 de agosto del 2003

JESÚS, MEDIADOR ENTRE DIOS Y LOS HOMBRES

        
Comencemos, hermanos, nuestra reflexión con una alabanza y una acción de gracias al Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque en su infinita misericordia tuvo a bien enviarnos a su Hijo de parte suya para darnos a conocer el misterio de su amor del cual hemos sido llamados a participar todos los hombres.

         El domingo pasado, mis hermanos, centrábamos nuestra atención en las resistencias que Jesús encontraba en los judíos para aceptar la revelación que estaba haciendo de su persona. Todavía no llegaban a un abierto rechazo, porque Jesús no había sido lo suficientemente explícito como lo escuchamos hoy. El Señor no deja de sorprendernos con su enseñanzas. Mantengamos una mente y un corazón abiertos a sus Espíritu para descubrir la novedad de su mensaje. Recordemos que la peor actitud ante la Palabra de Dios que podemos adoptar es la del que lo sabe todo y no tiene nada que aprender. Dejemos que Dios nos enseñe.

         Además de abundar más en su enseñanza, que se centra en la revelación de su misterio, Jesús nos va a decir hoy cuál es el fundamento de su enseñanza y de las exigencias que ésta suscita por sí misma. El texto que hoy nos presenta san Juan comienza con la murmuración de los judíos sobre lo que Jesús les ha dicho al afirmarles que es el pan vivo que ha bajado del cielo. Los judíos están en su derecho de no entender. El problema es que en lugar de preguntar de una manera sana, con deseo de saber, sólo murmuran, es decir, cuchichean en actitud de rechazo sobre lo que Jesús les dice, pues el conocimiento humano de Jesús les hace pensar que Jesús les promete algo que no puede cumplir, ya que la vida sólo le pertenece a Dios. Según ellos Jesús no ha bajado del cielo. Es muy probable que Jesús quiera referirse a la forma como entró a este mundo: mediante la encarnación. Los judíos no ven en Jesucristo más que al Jesús, hombre, hijo de José, el carpintero.

         Esto es ocasión para que Jesús explique que si no entienden su mensaje es porque no saben escuchar al Padre. Jesús, mis hermanos, según su enseñanza, nos da a conocer al Padre; pero si el Padre no obra en el interior de cada uno de nosotros no podemos tampoco aceptar a su Hijo como tal. El proceso de la fe, según esto, comienza entonces, en una iniciativa del Padre que nos da a su Hijo como signo de su amor y como el medio por el que podemos conocerlo. El que está abierto a la fe, deja que el Padre, por el don de su Espíritu, le haga conocer la verdad sobre Jesús como Hijo de Dios y como hombre. Este es un misterio, pues, que Jesús revela con la intervención directa de su Padre.

         Por tanto, mis hermanos, nadie nos puede dar a conocer ni ponernos en contacto con el Padre sino su Hijo, el único experto en el conocimiento y en el trato íntimo con Dios, porque éste también es Dios. Jesús cumple su misión, la que le ha dado su Padre, cuando nos enseña y nos revela, por un lado, el misterio de un Dios misericordioso y rico en piedad y en ternura hacia nosotros y, por otro, nos descubre nuestra vocación a participar de la vida divina por nuestra adhesión a Jesucristo, es decir al Dios hecho hombre.

         Hermanos, estamos en el corazón de la fe cristiana, pues ser cristiano no se funda en la aceptación fría de un sistema de creencias, sino en la aceptación radical y existencial de la persona de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Hasta el día de hoy esto es motivo de escándalo y de murmuraciones entre gente, incluso muy religiosa, que le parece una aberración —aquí está el escándalo— creer en un hombre que pretende ser Dios. Nosotros, al creer en Jesucristo, aceptamos lo que Él nos dice de sí mismo, pero lo aceptamos inducidos suavemente por su Espíritu. Creemos, igualmente, que la Escritura Sagrada nos habló de Él y allí se nos dice cómo preparó al pueblo de Israel para su presencia cuando llegara el momento. Este es el principio de la fe, de la vida y del culto cristianos. Sin la comprensión de esta verdad revelada no podemos esperar más que superficialidad y vacío en las prácticas religiosas.

         Una reflexión que suele derivarse de estas palabras sagradas del evangelio de hoy es sobre la Eucaristía. Pero notemos, mis hermanos, que hasta ahora no hemos aludido al sacramento. La razón es que primariamente, san Juan no pretendió abordar este tema, sino que quiso invitarnos, a partir de la polémica que suscitaron sus palabras entre Jesús y los judíos, a creer y a aceptar a Cristo como nuestro Señor y salvador. La reflexión eucarística se impone, sin embargo, mis hermanos, porque aunque Juan no nos refirió en su obra la institución de este sacramento, como sí lo hicieron los otros evangelistas y san Pablo, curiosamente es el mensaje de Juan el que arroja una luz especialmente esclarecedora sobre este misterio que constituye el centro del culto cristiano.

         El próximo domingo continuaremos todavía escuchando al evangelista y tendremos la oportunidad de ver un poco con más claridad la relación que existe entre la celebración y la centralidad de la fe en el Hijo de Dios. Por ahora convendría que fuéramos revisando muchos de nosotros esa resistencia a acercarnos a comulgar. ¿No será que ante Cristo tenemos algo de judíos, es decir, que no le creemos del todo acerca de su papel de mediador entre su Padre y nosotros?

         Encomendemos a nuestra Señora y Madre de Guadalupe nuestra fe para que, con su intercesión y auxilio amoroso y solidario, nos vayamos adentrando cada vez más en este misterio que celebramos cada domingo.
        
         Así sea.

 
 
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