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Homilía
pronunciada el Domingo XV del Tiempo Ordinario por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

13 de julio del 2003

ELEGIDOS Y LLAMADOS PARA SER ENVIADOS

      Alabemos, hermanos, al Padre de Nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro, porque le ha parecido bien enviarnos a su Hijo para salvarnos, y a nosotros, como individuos y como Iglesia, nos ha elegido, en su Hijo, para darle gloria y, con la fuerza de su Espíritu, darle honor por el testimonio y la predicación de su Palabra.

             Para Dios, mis hermanos, no hay puertas que se le cierren; no hay caminos que se acaben. Hace ocho días escuchábamos y meditábamos, para nuestro crecimiento espiritual, cómo los conciudadanos de Jesús se negaron a aceptar las enseñanzas de Jesús y a ver en sus acciones la presencia de Dios, es decir, la llegada del Reino. Podríamos hablar de un fracaso en el intento de Jesús por hacer a sus paisanos entrar en el proyecto de salvación en el cual sí estaba participando el resto de los galileos. De hecho, no podemos soslayar que Galilea es la cuna del Evangelio: donde empezó Jesús su ministerio y donde empezó la Iglesia apostólica, por voluntad de Cristo, a predicar la buena nueva.

             Parece que san Marcos, en el pasaje del evangelio de hoy nos presenta a un Jesús que tiene plena conciencia y libertad para llevar adelante su misión, misma que comparte con los apóstoles que ha elegido para estar con Él, prepararlos y después enviarlos con autoridad y con poderes especiales (Mc 3,14-15). Probablemente el evangelista quiere deliberadamente mostrarnos la contrapartida de las escenas que nos mostró el domingo pasado. Si ni los paisanos, ni siquiera sus parientes acogieron el mensaje de Jesús, hay otro grupo, su verdadera familia (Mc 3,32-35), que sí está dispuesta no sólo a aceptarlo, sino a difundirlo para preparar el camino de Jesús y el encuentro con Él.

             Hoy, el evangelio nos invita a descubrir la trascendencia y la seriedad de ser llamados y enviados a la misión a partir de nuestra pertenencia a esta familia de Cristo que es la verdadera Iglesia. Para entender y asimilar mejor esto, nos detendremos, como siempre, un poco a ver más de cerca el texto por el cual Dios nos habla hoy.

             Jesús llama a los Doce y comienza a enviarlos de dos en dos con poderes especiales, pero no sin antes darles instrucciones acerca de las previsiones materiales para el trabajo y del comportamiento frente a las personas y las ciudades. Dios es el dueño de la misión y tiene todo el derecho de imponer las condiciones y el método a seguir en el desempeño de este encargo suyo.

             Los apóstoles que, desde su constitución han estado con Jesús, han asistido a las enseñanzas de Jesús y a sus milagros durante algún tiempo. Llega ahora el momento de pasar a la etapa de asociación a la obra de Cristo. Ahora son enviados, es decir, se convierten en apóstoles, o sea, misioneros. Primero fueron sólo discípulos; ahora, sin dejar de serlo, más aún, para serlo más auténticamente, son asociados en la obra del Maestro. ¡No se puede pretender ser discípulo sin ser misionero, es decir, apóstol! Y jamás se puede ser apóstol si antes no se es discípulo.

             Pero, advirtamos, mis hermanos, que hemos dicho que el verdadero discipulado sólo llega a su perfección cuando se vive la misión. Y ésta tiene sus reglas. El Señor Jesús las señala claramente para indicarnos que somos colaboradores suyos. Y para evitarnos cualquier confusión o para ahorrarnos la pretensión de sentirnos dueños de ella, Jesús advierte que es necesario estar libres de recursos materiales de los cuales podamos llegar a hacer depender el éxito. Es preciso estar “ligeros de equipaje” (Tony de Melo).

             Notemos que no se prohíbe tener, sino buscar (literalmente habla Jesús de “llevar”, es decir “proveerse a propósito para”). El éxito de la evangelización no está en relación directa, más bien inversa, de los medios materiales que se utilizan. Lo cual no quiere decir que no echemos mano de lo que ya tenemos o podamos sanamente conseguir. A veces es necesario entender que cierta pobreza o carencia de recursos hacen más evidente la obra de Dios.

             Es interesante, hermanos, notar que para la tarea a realizar, Jesús consideró muy oportuno encomendarla a grupos de dos. Probablemente Jesús tenga en cuenta la norma veterotestamentaria de que el testimonio sólo es válido si hay al menos dos testigos (Dt 17,6; 19,15; Nm 35,30) ya que los discípulos van a dar, en primer lugar, testimonio de lo que han visto y oído en su cercanía a Jesús (cf.1Jn 1,3). Pero tal vez sea más probable que Jesús haya tomado esta modalidad en vistas a enseñarnos el sentido comunitario de la misión, aunque la Escritura advierte también que mejor son dos que uno, pues juntos obtienen mejores resultados de sus esfuerzos (Qo 4,9). Saber contar con los demás, al menos con otro, para llevar a cabo la misión, está a tono con la exigencias que Jesús nos señala en este pasaje evangélico. Las personas valen mucho más que las cosas, las influencias u otros recursos meramente humanos.

             Finalmente, el texto sagrado nos señala que, efectivamente, los apóstoles se fueron a predicar la conversión acompañando su predicación con signos del poder que habían recibido. Hermanos, la autoridad de nuestra predicación no tiene otro apoyo que los signos que debemos dar de nuestra esperanza y de nuestra fe.

             Mis hermanos, encomendémosle a nuestro querido San Juan Diego Cuahtlatoatzin, vidente, confidente y fiel mensajero de Santa María de Guadalupe, nuestros afanes apostólicos. Que la Señora del Cielo; Reina de los Apóstoles; que promovió y ayudó a Juan Diego a superar sus reales limitaciones, nos anime también a nosotros a ser fieles mensajeros del Evangelio que el “Verdaderísimo Dios por quien se vive” nos confía comunicar con entusiasmo y generosidad.

              Que así sea.

 
 
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