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Homilía
pronunciada el Domingo XVI del Tiempo Ordinario por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

20 de julio del 2003

JESÚS PASTOR MISERICORDIOSO

          Hermanas y hermanos muy queridos en el corazón de Jesús Mesías y buen Pastor: Demos gracias y alabemos con gozo al Padre de nuestro Señor Jesucristo porque jamás nos abandona, pues tuvo a bien enviarnos a su hijo para mostrarnos su amor y su ternura en la solicitud de su Hijo. Además, agradezcamos al Señor Jesús que no nos falten pastores elegidos por Él para darnos el alimento de su Palabra y de su Cuerpo y así conducirnos a la vida eterna.

          Retomemos, hermanos, un poco lo que escuchamos y meditamos el domingo anterior a fin de comprender mejor la profundidad del pasaje del evangelio de hoy. Jesús había enviado a los Doce de dos en dos a la misión que consistía en invitar a la conversión y anunciar, con palabras y con obras la llegada del Reino. En el episodio anterior (6,7 y 3,14ss), efectivamente, los había dotado de poderes especiales para llevar a cabo tal encomienda. El texto que hoy nos ocupa narra el regreso de los apóstoles que dan cuentan de sus experiencias vividas en el desempeño de ese encargo de Jesús. Al parecer el Maestro, a pesar de la alegría de los discípulos, percibe un cansancio natural que quiere ayudar a aliviar con un descanso, ya que la gente no les daba ni siquiera tiempo para comer.

          La orden de Jesús es la de alejarse a un lugar solitario, tranquilo, como Él mismo lo solía hacer (Mc 1,35), y suben, entonces, a la barca para ir a otro lugar. Pero la gente, que parece que jamás los pierde de vista, les sale al encuentro, por tierra, en el lugar donde desembarcan. Por eso Jesús, llevado por la compasión decide cambiar el planeado descanso por la atención solícita a la gente que lo busca porque —dice el evangelista— andaban como ovejas sin pastor (Nm 27,17). No hay que perder de vista, por nuestra parte, que parece ser que la barca avanza lentamente pues cuando llegan al lugar ya está allí la gente. Esto nos permite entender que hubo de algún modo, en el viaje, un descanso, aunque breve pero reparador.

          Lo primero que llama la atención es la sensibilidad de Jesús, primero ante el cansancio del grupo incluido Él mismo y, después, ante la demanda de la gente que le sale al encuentro. Pero inmediatamente después podemos notar la disponibilidad de Jesús para cambiar su plan a favor de la gente. Las carencias, las limitaciones y las necesidades de la gente le roban el corazón y, no sólo por responsabilidad, sino por amor, es como actúa nutriéndolos con la abundancia de su palabra. Jesús realiza la imagen de Dios pastor de su pueblo. Él es el pastor prometido y anunciado por los profetas, tal como lo escuchamos hoy en palabras del profeta Jeremías.

          Éste profeta, como otros del Antiguo Testamento, denunciaron la distorsión del ministerio que Dios había encomendado a sus pastores. A toda clase de pastores, incluidas las autoridades civiles, pero se entiende especialmente de las religiosas. Estos malos pastores, según los profetas —como Jeremías el día de hoy—, hacen precisamente lo contrario de lo que deberían: dispersan, abandonan, confunden, en lugar de orientar, desprecian con el rechazo. En una palabra: no les interesan, si sienten sus necesidades. Frente a estos, la Palabra de Dios, a través de san Marcos, nos presenta a Jesús, como el único Pastor capaza de cumplir el proyecto divino de salvar al hombre por la gran misericordia que Dios tiene de él.

          Hermanos, no es que Jesús se desentienda del descanso, sino que nos enseña que es necesario e importante, pero está siempre en función de un mejor desempeño de la tarea misionera. Se descansa para servir mejor. La acción no vale por sí misma. Son las necesidades de los hombres las que dan el sentido a toda actividad misionera. Las multitudes abandonadas por falta de pastores honestos y generosos, pero también los individuos, dentro de las comunidades y las familias, buscan el alimento sólido de la Palabra al que tienen derecho y, una vez que lo encuentran en Jesús, no están dispuestos a continuar sin él.

          En la actualidad, no sólo los sacerdotes y en general los pastores consagrados tienen la obligación de satisfacer las demandas del pueblo —aunque son los primeros—. Reconozcamos, más bien, que toda persona investida de autoridad ha de supeditar los intereses y las necesidades personales al servicio de aquellos a quienes se debe por vocación y por misión. Tal como lo hace Jesús, que ha venido a mostrar el rostro de Dios Padre y Pastor de la humanidad actuando con libertad y generosidad en el amor. Es el pastor mesiánico anunciado por los profetas (Ez 34; Jr 23,1-4; Zac 11,4-17) y la Iglesia, a través de todos sus miembros, continuadora de su obra.

          Esto significa, mis hermanos, que aunque hay hombres llamados por Dios, elegidos y consagrados por Él, para este servicio específico, toda la Iglesia tiene la misión de pastorear a la humanidad. Es responsabilidad de toda ella atender con solicitud las necesidades más profundas del hombre conduciéndolas por los caminos de la verdad, la justicia, la paz y el amor. Si la gente que se pierde, que sufre la confusión y padece hambre de justicia y de paz no nos duele, es decir, no nos mueve a la compasión, como a Cristo, quiere decir, entonces, mis hermanos, que no estamos —como Iglesia— desempeñando, como Dios quiere, nuestra vocación de ser signos eficaces de salvación.

          En el desempeño de la misión que nos encomiendas por un llamamiento tuyo, Señor, la fatiga, la rutina, el desánimo, y hasta el desinterés, amenazan con paralizarnos con frecuencia. Danos, Padre, la sabiduría de tu Espíritu para saber descansar y recrearnos en hacer tu voluntad, cuando no podemos abandonar a nuestros hermanos en sus necesidades. Y cuando podemos hacer una pausa para el descanso, danos la sabiduría de entenderla en función de una entrega en el amor. Te lo pedimos Padre, con la intercesión cariñosa de nuestra Señora y Madre de Guadalupe que nos acompaña en este servicio de amor fiel a ti en nuestros hermanos.

           Amén.

        

 
 
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