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Homilía
pronunciada el Domingo XVII del Tiempo Ordinario por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

27 de julio del 2003

JESÚS Y LAS NECESIDADES MATERIALES DEL HOMBRE

        
Hermanas y hermanos en Cristo: Adoremos al Padre de Nuestro Señor Jesucristo por su inmensa misericordia. Pues en su Hijo nos ha dado el signo más excelente y eficaz de su amor por nosotros.


        
A partir de hoy, mis hermanos, y durante cinco domingos, la Iglesia nos va a introducir, a través del evangelio de san Juan, en el misterio de Cristo como el pan que Dios, su Padre, nos ofrece para comunicarnos su propia vida. Para nuestro mejor aprovechamiento, notemos la importancia que tiene el capítulo sexto de este evangelio, al que la Iglesia dedica cinco domingos para seguir, paso a paso, la enseñanza de Jesús. Los invito, mis hermanos, a que juntos emprendamos este camino por el que Jesús nos conduce —tal como lo hizo en aquella ocasión con la gente que lo seguía— para darnos una enseñanza muy especial y central en la comprensión del misterio que nos salva.


        
Como siempre, comencemos por entender el texto, para saber qué dice en sí mismo, de manera que no le hagamos decir lo que no dice y saquemos conclusiones precipitadas y ajenas al mensaje que el Señor nos quiere dar este domingo y los sucesivos. Para empezar, vale la pena señalar que el evangelio de san Juan es el que más exige una interpretación a partir de los símbolos que maneja en la transmisión de su mensaje. Los invito, pues, a ver la explicación de este domingo, sólo como una introducción a la enseñanza de los domingos siguientes.


        
La narración de la multiplicación de los panes se encuentra seis veces en los cuatro evangelios, pues Mateo y Marcos la repiten, y es uno de los pocos relatos en los coinciden, con algunas diferencias, con el evangelista san Juan. El texto comienza con la enumeración de datos que nos invitan a situar el relato en el tiempo (cerca de la pascua de los judíos) y en el espacio, aunque no muy precisos. Nos dice, en efecto, que se fue (no dice de dónde) al otro lado del mar de Galilea, hacia la región de Tiberíades, en su zona montañosa a donde sube para sentarse allí con sus discípulos. Además se nos indica que lo seguía mucha gente que ya había visto los ‘signos’, que es como llama Juan a los milagros de Jesús.


        
Ante la gente que lo sigue, Jesús, generoso y compasivo, como lo vimos el domingo pasado, toma la iniciativa de alimentarlos, poniendo a prueba a Felipe y, en general a los discípulos, de los cuales Andrés le dice, con escepticismo, que un muchacho lleva sólo cinco panes de cebada y dos pececillos. Es interesante ver que otra multiplicación del pan de cebada sólo lo encontramos en libro 2Re, del cual precisamente está tomada la primera lectura de hoy. El pan de cebada es de inferior calidad nutritiva que el de trigo. Se podría decir que es pan de pobres. Jesús manda que se echen sobre la hierba del lugar. Sabe lo que va a hacer, a diferencia de Moisés que acudía a Dios para resolver el hambre del pueblo en el desierto (Ex 15,25; 17,4).


        
Efectivamente, hermanos, Jesús sabía que no iba a quedarse en el solo milagro de la multiplicación de los panes, Esto, a pesar de lo impresionante, era algo que ya el profeta Eliseo había realizado, según nos lo hace saber la primera lectura de hoy. De este profeta de los tiempos mesiánicos había que esperar algo más.


        
En los domingos siguientes vamos a ver, mis hermanos, que el milagro es sólo una señal de algo más trascendente que Jesús nos da: su Palabra y su persona misma a través de la muerte. Los números: cinco mil personas, frente a dos peces y cinco panes, que reporte el texto no es necesario entenderlos en sentido simbólico, sino que hay que entenderlos simplemente como la expresión de la desproporción entre aquello de lo que se sirvió Jesús y lo que realmente ofrece al creyente. ¡Así es la generosidad de un Dios que nos ofrece la vida, la verdadera vida! La eterna. En cambio, podríamos ver en sentido simbólico la alusión a la verde hierba sobre la que se tienden los comensales, pues, como buen conocedor de la Escritura, san Juan probablemente piensa en Isaías que dice: ciertamente, como hierba es el pueblo; se seca la hierba, se marchita la flor, pero permanece para siempre la palabra de nuestro Dios (Is 40,7).


        
Como en las bodas de Caná, Jesús realiza este milagro sin palabras que indiquen algún poder especial. Actúa como lo haría cualquier padre de familia al sentarse a la mesa. Simplemente da gracias a Dios, pues toda comida es ocasión para recordar la relación con Dios Padre providente. En tiempos de Jesús la comida es siempre un acto prácticamente de culto. Por tanto, con la acción de gracias, el evangelista nos advierte ya la relación de este signo milagroso con la Eucaristía. Y en esta línea, queridos hermanos, es importante también notar que, a diferencia de los otros evangelistas que reportan este mismo milagro, donde Jesús le hace servir el pan a la gente, aquí, en san Juan, es el Jesús mismo el que se pone a servir a sus invitados. Este gesto suyo invita pensar en el lavatorio de los pies que Él hizo a sus apóstoles en la última cena.


        
Como decía al principio, hermanos, ya tendremos oportunidad, en los domingos siguientes, de adentrarnos, llevados por la Palabra con que Dios nos nutre, en la profundidad del misterio eucarístico. Concluyamos, por ahora, con el texto, que en aquel banquete se saciaron todos, pues Jesús les dio cuanto querían o necesitaban. Y que ante ese signo tan sorprendente entendieron muy bien que Jesús era el profeta que habría de venir. Pero no lo entendieron correctamente, pues, al pretenderlo hacer rey, Jesús tuvo que huir nuevamente.


        
En el conocimiento de Jesús, queridos hermanos, nunca podremos decir que hemos llegado al fondo. Toda su persona es un misterio y, por eso mismo, jamás lo podrá abarcar la mente humana. No basta, para conocerlo un encuentro fortuito o varios, pero superficiales. Él nos va llevando paulatinamente al conocimiento de su misterio y del Padre a través de multitud de signos que nos va dando en la vida. Un entusiasmo inmediato puede ser peligroso si no va acompañado de la perseverancia y de la paciencia, para dejarnos sorprender y maravillar por su obra para con nosotros. Sus dones nunca se agotan. Pero también es importante que aprendamos de este pasaje que no podemos quedarnos ante Jesús como a alguien que está sólo para resolver nuestros problemas materiales. Él quiere y está dispuesto a darnos mucho más.


        
Quiera nuestra Señora Santa María de Guadalupe acompañarnos en estos domingos en esta escuela dominical, que es la Eucaristía, para aprender lo que su Hijo nos va a enseñar.

         Amén

 
 
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