InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías > Ciclo B, 2003
   
 

Homilía
pronunciada el Domingo XX del Tiempo Ordinario por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

17 de agosto del 2003

JESUS, PALABRA Y PAN DEL PADRE

           Muy queridos hermanos en el Señor, Jesucristo: hagamos un acto de fe y de gratitud al Padre que nos ha dado en su Hijo: la Palabra que nos enseña, consuela y alienta; y el Pan que nos da la vida eterna.

           Hermanos, hemos sido llevados paulatinamente, a la manera de Jesús, por el evangelista san Juan en el capítulo 6 de su evangelio, a meditar y descubrir la trascendencia del milagro (que san Juan llama “señal”) de la multiplicación de los cinco panes y los dos peces. Desde hace cuatro domingos, recordemos, habíamos previsto que Jesús nos iba a llevar —como pretendía llevar a los judíos— a ir más allá de lo que se puede ver naturalmente en un hecho como ése. Hemos visto cómo entre Jesús y los judíos no se da una verdadera comunicación porque éstos se resisten a dejar sus prejuicios religiosos y no se abren a la novedad de la revelación que Jesús les está haciendo acerca de su persona y su relación con Dios.

           El domingo pasado asistimos al momento más difícil de ese encuentro con Jesús, pues los judíos se resisten abiertamente a aceptar que Jesús venga del cielo. Jesús, por su parte, les insistía en que Él está en el mundo por voluntad de su Padre para darlo a conocer, pero que sólo puede aceptarlo quien se abre a la acción del Padre. Veíamos, como ya decíamos, el proceso de la fe que comienza en el Padre como un don que, si se acepta en la libertad y en la gratitud, nos permite aceptar a Jesús como venido del Padre, es decir, creer en Él. Es Él la Palabra por la cual Dios nos habla para revelarnos su misterio de amor por nosotros. Creer que Jesús es Hijo de Dios y que sólo Él puede darnos el verdadero conocimiento del Padre y puede ponernos en relación íntima con Él es tener vida eterna.

           En este contexto, mis hermanos, podemos mejor entender, un poco más, que Jesús se presente hoy como el alimento de vida eterna. Hoy Jesús nos lleva a una experiencia de Dios muy especial que supone en nosotros —y es lo Él quería suscitar en los judíos— una actitud de total apertura al Espíritu del Padre que nos lleva a entenderlo y a acogerlo en la fe. El Padre nos da al Hijo y el Hijo nos lleva al Padre, como a la fuente de la vida en plenitud. Hasta el domingo pasado, el protagonista del discurso de Jesús era su Padre, pues Jesús aparecía como el mediador y el portador de la salvación que el Padre ofrece a todos. Hoy se presenta Jesús como el alimento que da vida eterna.

           Mis hermanos, Jesús es el Pan que nos da el Padre y es la carne o, como dicen los sinópticos y san Pablo, el cuerpo entregado por nosotros. San Juan se refiere a la muerte al hablar de la sangre. En la mentalidad judía, que es la misma de los judíos que no quisieron aceptar la enseñanza, la sangre es la vida misma. Entonces debemos entender que es con la muerte de su Hijo como el Padre, Dios nuestro, nos da la vida en plenitud, en la resurrección.

           Poco antes había dicho Jesús: la voluntad de mi Padre es que todo el ve al Hijo y cree en él, tenga vida la vida eterna (6,40). Hoy nos dice: si alguien come de este pan vivirá para la eternidad. ¡Más aún! El pan que yo le daré es mi carne para la vida del mundo (6,51). Para entender mejor este mensaje vale la pena escuchar otra afirmación de Jesús fuera del capítulo que venimos meditando: el que escucha mi palabra, ha pasado de la muerte a la vida (5,24). Tenemos entonces, así, una idea más clara de lo que Jesús no dice hoy. Resumiendo estas afirmaciones podríamos entender que Jesús, nos dice: “Cuando ustedes escuchan mi enseñanza, ya se están abriendo al don de la vida eterna que el Padre les ofrece pues creen en mí que soy verdadero Dios y verdadero hombre a quien ven en mi carne, es decir mi cuerpo”. Si escuchar, creer y comer dan la vida eterna, podemos concluir que comer es la consecuencia de creer en Jesús y creerle a Él.

           Es obvio, mis hermanos que toda esta reflexión nos lleva a centrar nuestra atención en la Eucaristía: el acto de culto cristiano por excelencia. En éste, queridos hermanos, como lo indica Jesús mismo y lo afirma y practica la Iglesia, desde sus comienzos, se realiza, de una manera profundamente misteriosa y excelsa, la unión de todos en Cristo como familia de Dios. Por eso, de la abundancia de signos que en esta celebración tenemos, y junto con la escucha atenta y agradecida de la Palabra, sobresale también la de comulgar.

           Pero, después de todo esto que nos ha enseñado Jesús en estos domingos, debemos entender, para nuestro propio bien, que comulgar, mis hermanos, no consiste , entonces, en recibir simplemente la hostia como si se tratara de algo mágico. ¡De ninguna manera! Este acto tan sublime supone creer en la persona (que es la carne) del Hijo de Dios hecho hombre. Recordemos lo que decíamos el domingo pasado acerca de la resistencia de muchos a aceptar que Dios se haya hecho hombre. ¡Menos entienden éstos que un pedazo de pan nos pueda dar la vida! Por eso debemos estar seguros, los fieles creyentes que, al comulgar, nos estamos adhiriendo existencialmente, es decir, con todo lo que somos, no simplemente a una serie de creencias o doctrinas, sino ante todo a una persona: la de Cristo, nuestro hermano y Señor que nos lleva a construir, desde la Eucaristía, la gran familia de la Iglesia en medio del mundo.

           Si Jesús afirma que Él se da (dice: mi carne) para la vida del mundo, hemos de entender que comulgar, mis hermanos, supone en todos los que participamos, el deseo de hacer la voluntad de Dios tal como nos lo enseña Jesús. Supone un compromiso serio de cumplir con alegría su gran mandamiento: el de amarnos unos a otros como Él nos ama. Esto significa que la Eucaristía tiene una dimensión social que no se limita sólo a los que pertenecen a la Iglesia sino a todos los seres humanos que habitan este mundo. Sería muy conveniente que todos revisáramos, en serio, las actitudes que tenemos cuando nos acercamos a comulgar.

           Todavía, hermanos, falta un domingo para terminar este capítulo de san Juan. La conclusión es muy seria y comprometedora: Pidamos a nuestro querido San Juan Diego Cuauhtlatoazin que creció y maduró en su fe por la Eucaristía y a nuestra Señora Santa María de Guadalupe modelo de fe, que nos acompañen en este crecimiento en la comprensión y valoración de la Eucaristía, misterio del amor de Dios.

           Amén

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina Anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados