Homilía
pronunciada el Domingo XXI del Tiempo Ordinario por M.I. Mons. Pedro
Rafael Tapia Rosete, Arcipreste de la Basílica de Guadalupe.
24 de agosto de 2003
La Eucaristía, máxima expresión
de la presencia de Cristo
Llegamos
hoy al desenlace del diálogo o tal vez quede mejor reconocer
como la discusión suscitada entre Jesús y los judíos
a raíz de la multiplicación de los panes. Estos domingos
han sido una bendición del Padre, pues con la palabra de
Jesús, nos ha llevado a una experiencia de cercanía
y de presencia suya en medio de nosotros. Presencia que tiene entre
nosotros, los creyentes, su máxima expresión en el
sacramento de la Eucaristía.
Demos,
entonces, gracias al Padre por habernos hecho entender un poco más
la gratuidad de su llamado a participar de su vida, ya desde ahora,
al aceptar a Jesús, que es su don, el cual nos lleva, a su
vez, al Padre que nos da su Espíritu mediante la Palabra
de Jesús.
Los
cristianos tenemos un Dios diferente al de los demás hombres,
es un Dios que ha salido de su misterio y de su eternidad, para
hacerse tiempo y materia en el hijo de María, a fin de que,
siendo uno de nosotros, recibamos el Espíritu que nos hace
hijos de Dios. Nosotros los auténticos cristianos, creemos
en tres personas divinas, y en un solo Dios verdadero. No lo olvidemos,
repito, porque es lo que nos hace auténtica y plenamente
cristianos. Es esto el fundamento de nuestra catolicidad. Esto es
esencial, todo lo demás es distintivo característico
y, en algunos casos, hasta aledaño.
Antes
de insistir en la importancia y el valor tan sublime e inigualable
de la Eucaristía, es muy importante que no olvidemos la enseñanza
que Juan, el evangelista, nos da en nombre de Dios con las palabras
de vida en labios de Jesús: que Dios, nuestro Padre, nos
ama tanto que mediante su Hijo -hecho carne en el vientre virginal
de María, muerto en la cruz por amor a nosotros- nos ha dado
la vida eterna y que nosotros hacemos nuestra acogiéndola
con libertad y en la gratitud. Creer esto, y vivirlo es ser cristiano
auténtico.
Estas
son las palabras de vida eterna que nada, ni nadie nos pueden dar
pues es obra de Dios. No olvidemos lo que Jesús decía
en el principio del capítulo sexto del Evangelio de san Juan:
la obra (la única) que Dios quiere (que ustedes hagan) es
que crean en aquél que Él les ha enviado. Nosotros
los cristianos continuamos la obra de Dios si aceptamos que Jesús
es la fuente única de la vida eterna.
Tanto
el evangelio de hoy como la primera lectura nos proporcionan un
claro ejemplo de opción en la libertad ante la oferta que
Dios nos hace permanentemente. En Siquem, como dice la primera lectura,
ante la invitación de Josué, el pueblo entero opta
por ser fiel al Dios que los ha elegido como su pueblo; en el evangelio,
tenemos que, ante el abandono o separación de un buen número
de discípulos escandalizados por las palabras de Jesús,
Pedro -representando seguramente a los Doce- responde a la pregunta
apremiante de Jesús: Señor, ¿a quién
iremos? Tú tienes las palabras de vida eterna. Parece preguntar:
¿Existe otra alternativa? ¿Hay alguien más
que pueda mejor que Tú revelarnos lo que Tú nos has
hecho saber y nos relacione de una manera más íntima
con nuestro Padre Dios?
Hoy,
muchos hermanos nuestros en la fe no están muy seguros de
su fe en Cristo y buscan y aceptan otras ofertas. Aparentemente
hay muchas alternativas y, entre otras, está una pseudo religión
sincretista, pues con la convicción de que todas las religiones
son buenas, se afirma que uno puede fabricar la propia, tomando
"lo mejor" de las que nos convenzan.
Nosotros,
los cristianos después de haber escuchado a Jesús
durante estos domingos, hacemos una opción, una opción
como lo hicieron antiguamente las tribus en Siquem, pero especialmente
con san Pedro, de no tener otro Dios que no sea el que nos da a
conocer su Hijo. Igualmente decidimos no seguir a otro maestro que
no sea su Hijo, el Señor Jesucristo. Hagamos nuestra la decisión
del apóstol de no cambiar a Cristo por nada, porque en Él
solo podemos encontrar la vida en plenitud. Sólo en Él
nuestra vida adquiere su verdadero sentido. Sólo en Él
y por Él nuestra vida tiene la consistencia de eternidad.
Él, Jesús, es el único experto en las cosas
de Dios y Él es el único que puede, con la fuerza
de su Espíritu, hacer que todos y cada uno de nosotros consigamos
lo que nos pide como discípulos.
Hoy,
queremos manifestar, como cada domingo, nuestra adhesión
a Jesucristo y, por ende, nuestra solidaridad con todos aquellos
que buscan con sincero corazón la verdad, aman la justicia
y trabajan por la paz. Cada Eucaristía, especialmente la
dominical, no olvidemos, es un encuentro con Cristo que se nos da
sin medida, es un encuentro con Cristo vivo presente en medio de
nosotros, nosotros lo recibimos con el corazón y la mente
abiertos para que podamos, por nuestra parte, darnos a todos aquellos
que nos necesitan. Con Cristo lo podemos todo, sin Él nada.
Manifestemos
pues al mundo la alegría de ser discípulos y seguidores
de Jesús. Que nuestra vida toda sea una invitación
viva a aceptar el gran amor que Dios, nos regala en su Hijo amado.
En otras palabras: dejémonos amar por Él, a fin de
que podamos amar como Él. Qué nuestra Señora
y Madre de Guadalupe, su Hijo predilecto, San Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
el apóstol San Bernabé de quien hoy estamos celebrando
su fiesta, nos asistan con su intercesión solidaria ante
el Padre, para que podamos juntos crecer en el conocimiento de Dios,
haciéndolo vida como ellos lo hicieron.
Así sea.