Homilía
pronunciada el Domingo XXII del Tiempo Ordinario por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario.
31 de agosto del 2003
LO BUENO Y LO MALO SALE DEL CORAZÓN
Hermanos:
comencemos nuestra reflexión dando gracias a nuestro buen
Padre Dios por habernos enviado a su Hijo como Palabra viva que
nos enseña, nos educa y nos conduce a la vida eterna. Asimismo
dispongamos la mente y el corazón para recibir con un corazón
agradecido el mensaje que cada domingo nos regala para nuestro crecimiento
espiritual.
Este
domingo hemos vuelto a proclamar el evangelio de san Marcos al cual
dejamos de escuchar durante cinco domingos. El capítulo seis
de san Juan nos llevó por un tema fundamental de nuestra
fe: precisamente, la aceptación de Jesucristo como don del
Padre para que por medio de Él conozcamos al verdadero Dios
y, con la acción de su Espíritu, podamos ir al encuentro
definitivo con el Padre.
Es
Jesús, entonces, a quien acogemos y escuchamos en el evangelio
de san Marcos. Como hemos dicho alguna vez, a través de los
domingos del tiempo ordinario, es la forma como Jesús nos
va enseñando y educando para ser auténticos ciudadanos
del Reino de su Padre. Podríamos decir que los domingos son
para aprender de Él cómo podemos vivir la fe. Y aunque
esto conlleva un contenido moral, no podemos desligarnos de su base
que es la fe, la cual se nos propone en las grandes festividades
del calendario cristiano: Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua.
Este
domingo, pues, mis hermanos, encontramos en las tres lecturas un
apremiante llamado a la escucha de la Palabra para dejarnos conducir
por ella por los caminos que Dios ha dispuesto para nuestra salvación.
Hoy nos encontramos invadidos y acosados por tantas opiniones y
propuestas para ser felices y alcanzar las metas egoístas
y cerradas al margen del proyecto divino, que es necesario que tomemos
en serio este llamado que Dios misericordioso nos hace hoy por medio
de su Hijo.
En
efecto, tanto el Deuteronomio como Santiago y el mismo Jesús
nos exhortan a la escucha de la Palabra a fin de hacer a un lado
esas propuestas que, muchas veces en nombre de una falsa religiosidad,
se nos presentan como más importantes tan sólo porque
son más vistosas. La Palabra de Dios, especialmente el Verbo
encarnado, aparece hoy como la sabiduría de Dios que los
creyentes tenemos y hacemos nuestra. Es la sabiduría de Dios
la única que nos puede asegurar la victoria sobre el mal
de este mundo.
El
Deuteronomio y la carta de Santiago coinciden, mis queridos hermanos,
en exhortar a la práctica de la Palabra que contiene los
mandatos y preceptos recibidos por la enseñanza, sea de Moisés
o bien de Jesús y los apóstoles, sin alterarla porque
es la única sabiduría que salva. Jesús, por
su parte, nos previene contra la hipocresía en que podemos
incurrir por observar muy fielmente preceptos puramente humanos,
olvidando o haciendo abiertamente a un lado los preceptos divinos
que Moisés y el mismo Jesús y sus apóstoles
enseñaron.
Cuántas
veces, mis hermanos, nos dejamos llevar por una religiosidad mal
entendida y peor practicada. A veces por ignorancia y frivolidad
o ligereza y, lo que es peor, a veces también por desprecio
a la ley de Dios, practicamos una religión, supuestamente
católica, consistente en actos meramente externos que sólo
muy superficialmente tienen que ver con el culto con el que debemos
honrar a Dios. Pero esto, queridos hermanos, no es otra cosa que
un autoengaño, fruto de la soberbia y la arrogancia en la
que incurrimos por no escuchar la Palabra de Dios.
Pongamos
mucha atención a lo que nos dice hoy Jesús: los actos
o gestos externos, vacíos del espíritu que los debiera
animar, pueden resultar nada más que hipocresía. No
se trata de eliminar los actos de religión, sino de evitar
darles un valor absoluto como si la práctica valiera por
sí misma y ésta pudiera separarse del verdadero espíritu
que los inspira.
Dios
mira el corazón del hombre y no lo podemos engañar
con multitud de actos externos de religiosidad sea popular u oficial.
Todo lo que no se hace en espíritu de obediencia en la fe
y en el amor a Dios y al prójimo corre el peligro de no sólo
carecer de valor, sino de ser una ofensa al Señor que nos
da indicaciones muy precisas de cómo quiere ser honrado mediante
sus mandamientos. Dejemos que la advertencia de Santiago nos llegue
al corazón: La religión verdadera, pura e intachable
a los ojos de Dios Padre consiste en visitar a los huérfanos
y a las viudas y en guardarse de este mundo corrompido.
Al
referirse al corazón, mis hermanos, el Señor Jesús
quiere indicarnos que las cosas adquieren su valor según
sean la expresión del deseo sincero de agradar a Dios o no.
Esto es tan cierto que, algunas veces, las expresiones externas
no corresponderán claramente con las actitudes internas,
pero Dios, que conoce el interior del hombre, sabe muy bien cuándo
es honrado y cuándo es despreciado.
En
otras palabras, hermanos, cuidémonos de este mundo corrompido
y de andar neciamente inventando o aceptando prácticas meramente
externas que, en resumidas cuentas, son más fáciles
de hacer, para hacernos una religión falsa y engañosa
que no tiene nada que ver con el amor y la obediencia a Dios y el
amor a nuestros hermanos, especialmente los más necesitados,
como nos lo indica claramente Santiago en su carta. Asimismo evitemos,
porque salen del corazón, los malos deseos, en todas sus
expresiones, como lo advierte hoy Jesús.
Pidamos
a nuestra Señora y Madre, María de Guadalupe, y a
nuestro hermano, san Juan Diego, que intercedan por nosotros ante
el Padre a fin de que siempre hagamos la voluntad de Dios expresada
especialmente en su Palabra. Imitémoslos en la meditación
de esa Palabra que es sabiduría de los hijos de Dios.
Amén.