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Homilía
pronunciada el Domingo XXIII del Tiempo Ordinario por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

7 de septiembre del 2003

JESÚS REALIZA LA OBRA DE DIOS EN NOSOTROS

Hermanas y hermanos:

         Demos gracia a Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por los signos de amor que nos da. Pues no cesa de darnos, efectivamente, mediante su Hijo, las señales de la salvación que ofrece a todos y cada uno de sus hijos, especialmente a nosotros, los llamados en Cristo a formar parte de su Reino mediante la incorporación a la Iglesia por el bautismo que hemos recibido.

         La primera lectura que Dios nos ha regalado hoy, mis hermanos, tomada del libro del profeta Isaías, nos habla —en un lenguaje altamente simbólico empleando términos sociológicos y de la naturaleza— de la obra de Dios en cada uno de aquellos que Dios quiere sacar de una situación de miseria y postración para hacerlos vivir la dignidad para la que han sido creados. El texto tal vez nos hace pensar sólo en el pueblo judío, pero sabemos que los creyentes lo podemos leer y entender en su dimensión universal, para incluir como destinatarios del texto a todos los que quieran escuchar la Palabra liberadora de Dios.

         La segunda lectura, tomada de la carta de Santiago, nos muestra que no es compatible la fe auténtica con la acepción de personas o discriminación. Como los profetas y Jesús en el evangelio de hoy, Santiago enseña que la prueba más clara de la fe es la misericordia como una actitud permanente que incluye, especialmente, a los que menos cuentan en la sociedad.

         La Palabra de Dios, como siempre, tiene su más alta expresión en los hechos y en las palabras de Jesús. Y el evangelio de hoy, tiene un simbolismo tan profundo que vale la pena detenernos en los detalles de la narración para captar su mensaje a la luz de las otras lecturas.

         El encuentro entre Jesús y el sordo y tartamudo se da por mediación de personas: le llevaron, entonces, dice el texto. Inmediatamente señala que Jesús actuó sobre el enfermo apartándolo de la gente. A Jesús no le interesa dar espectáculo para impactar y arrancar aplausos. Más que mudo, el hombre tiene dificultad para hablar; para hacerse entender normalmente. En seguida, se da una serie de gestos que, al entender de algunos comentaristas, sólo reproducen la práctica de los antiguos curanderos. Además, señalan los mismos, se podría ver en estos gestos, que se hace alusión a los pasos del rito de iniciación cristiana o de la liturgia bautismal.

         El método de Jesús para curar al sordo y tartamudo es muy rudimentario e incluye el uso de saliva a la cual se atribuían normalmente propiedades terapéuticas. Antes de actuar, Jesús mira al cielo y lanza un profundo suspiro, gestos que van muy ligados a la oración. Acto seguido, tocando los órganos enfermos, el Señor pronuncia una palabra en arameo que el evangelista traduce por ¡ábrete! Lo cual no hay que entender como dirigido a los órganos enfermos, sino a todo el hombre “pues es el hombre entero el que está enfermo y cuando sana no sólo sanan sus órganos, sino la persona en su integridad” (R.Schnackenburg). El texto continúa notificando que se realizó la curación que provoca en los presentes una reacción muy positiva: ¡qué bien lo hace todo! Recordando los efectos de la palabra creadora de Dios en Génesis 1.

         Leído el texto con más detenimiento, como se debe, para hacer la reflexión y acogerla como Palabra de Dios, podemos hacer, ahora sí, una aplicación a nuestra experiencia actual de cristianos privilegiados a quienes reúne Dios cada domingo para instruir y conducir por las sendas del Reino.

         Hermanos: Todos y cada uno de nosotros, ya iniciados por el bautismo en las cosas de Dios, —pues hemos de admitir que no somos “sordos de nacimiento”— tenemos, sí, algo de sordos y de mudos, ya que no escuchamos ni hablamos adecuadamente, de las cosas de Dios, en las que deberíamos ser expertos. Bastaría con que nos pusiéramos aparte, lejos del bullicio de la gente, cara a cara con nosotros mismos, o tal vez ayudados por gente muy cercana a la fe y a nosotros; pero mejor, frente al Médico y Señor Jesús.

         Se daría en nosotros un proceso de liberación interior que nos permitiría soltarnos y actuar con tanta libertad dejando, prácticamente, que Dios actuara en nosotros según su voluntad. Pero es importante, como tantas veces lo decimos, que primero nos hagamos conscientes de las ataduras que nos tienen inmovilizados e imposibilitados para dejar actuar la gracia de Dios en nosotros. En efecto, necesitamos vernos liberados de nuestras represiones sicológicas, de nuestros complejos, de nuestros entrampes en las relaciones enfermizas con los demás, de nuestros ensimismamientos egoístas y estériles, de nuestras ansias de poder y de domino sobre los demás, del cuidado insano de nuestra imagen personal, en fin, de toda clase de miradas cortas y estrechas hacia los demás y hacia Dios mismo.

         Si nos dejáramos sanar por este Médico único y verdaderamente eficaz, saldríamos de la sordera de nuestro narcisismo, o de nuestro autismo existencial y empezaríamos a hablar con libertad, con esa libertad que es, ante todo interior, es decir nacida de ahí donde actúa el Espíritu en los que se abren a su gracia. Es así como la vida de cada uno adquiere el mayor sentido. Es así como realizamos con el Maestro la obra de Dios. Porque con Él, y sólo con Él, somos capaces de integrar hasta lo negativo en una experiencia de amor; somos capaces, de superar, sin negarlas o disimularlas, todas nuestras limitaciones o carencias para llegar a la plenitud que va más allá de nuestras conquistas individualistas y autosuficientes.

         Acudamos a Santa María de Guadalupe, Maestra en la escucha atenta y fiel de la Palabra, para que meditando sus actitudes de obediencia, aprendamos a abrirnos a la acción de la Gracia y seamos, como ella, fieles y alegres testigos de la obra de Dios.

         Amén.

 
 
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