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Homilía
pronunciada el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

14 de septiembre del 2003

SOLO HAY UNA FORMA DE SEGUIR A JESÚS   

Hermanas y hermanos muy queridos en Cristo Jesús:  

     Demos gracias al Padre una vez más porque, al enviarnos a su Hijo, no sólo nos da a conocer su voluntad para salvarnos sino que, en Él y en la fuerza de su Espíritu, nos proporciona el camino perfecto para llegar a la meta de nuestro caminar por este mundo.

         Como siempre, mis hermanos, hagamos en primer lugar una relectura de los textos que nos proporciona la Iglesia este domingo, a fin de captar qué dicen en sí mismos, para así poder recibir el mensaje que contienen y, así, hagamos nuestra la Palabra que Dios, en su misericordia, nos da para iluminar y alentar nuestro camino hacia Él.

         Así pues, viendo la primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos encontramos con el tercero de los cuatro, así llamados, “cánticos del siervo”. Este poema comienza un versículo antes del texto que hoy se lee en la Liturgia de la Palabra, y nos da la clave para comprender un poco mejor su significado. Se trata del siervo de Dios como ministro de la Palabra. Misma que, por obra de Dios, acoge, asimila en primer lugar como discípulo para después proponerla como predicador que ilustra y consuela. Como predicador es, precisamente, como ha de dar testimonio de una experiencia de amor y obediencia, pero sobre todo, de total confianza y abandono en los proyectos de la misericordia divina. Desde el principio la tradición cristiana ha visto en estos cánticos una imagen viva del Señor Jesús como Mesías y Salvador.

         Y, como siempre, tenemos el evangelio, que hoy proclamamos, en estrecha relación con la primera lectura, como telón de fondo para comprender el mensaje de Jesús con mayor profundidad. Pero además, mis hermanos, es muy útil repasar también el texto para detenernos en los detalles de la narración, así como en los diálogos y reacciones que en éste encontramos, a fin de sabernos involucrados en la trama de la Palabra que Dios nos concede vivir en la vida diaria.

         Tenemos, entonces, que Jesús se encuentra fuera de Cesarea de Filipo, desde donde ha de comenzar su camino hacia Jerusalén para consumar su obra salvadora muriendo por nosotros. Jesús quiere asumir su destino con la mayor libertad, a la manera del siervo del profeta Isaías. Pero también quiere que sus discípulos sepan cuál es la manera como ha de vivir su mesianismo. Por eso la pregunta, que Jesús plantea a sus discípulos, tiene la intención de hacerles entender su verdadera identidad, pues, como la mayoría de la gente que lo sigue y dice conocerlo, tienen ellos ideas y expectativas totalmente distintas de proyecto de Dios que Él quiere asumir.

         Pedro con sus compañeros, de los cuales es portavoz, reconoce en Jesús al Mesías, pero no sabe el alcance y las implicaciones del mesianismo tan diferente que Jesús ha de protagonizar. Para Pedro, como para sus contemporáneos, incluidos sus enemigos, el mesianismo consiste sólo en un liderazgo político y nacionalista orientado sólo a la gloria del éxito. En el texto vemos que Jesús acepta, en principio, la declaración, pero les prohíbe que lo digan, precisamente porque todavía tienen mucho que comprender y aprender al respecto, y les enseña, en cambio, que el Mesías debe sufrir, ser despreciado, condenado a muerte y resucitar. Pedro, escandalizado, tomando aparte a Jesús, pretende por su parte, también enseñar a Jesús, por lo que Jesús no duda en llamarlo Satanás, es decir, tentador. Jesús sabe muy bien lo que quiere y tiene que hacer para asumir con libertad su destino y su misión.

         Hermanos, es muy probable que el evangelista refleje, no sólo la incomprensión de Pedro y de sus contemporáneos, sino también las dificultades que las comunidades primitivas experimentaban para entender el misterio de Cristo, Dios y hombre verdadero. ¡Nunca ha sido fácil entender el misterio de Jesús Mesías! Pero con la enseñanza que Jesús nos da este domingo en Pedro, hemos de comprender que la cruz no puede separarse del seguimiento de Jesús. No podemos seguir con una imagen mutilada de Cristo, hecha a nuestra manera, a la medida de nuestros gustos o deseos.

         Ser cristiano es aceptar que hemos de pasar por las mismas situaciones de renuncia y humillación de Cristo para llegar a la gloria de la resurrección. Es algo muy difícil de digerir por nosotros que recibimos tantas propuestas de éxito inmediato y relativamente fácil. No nos engañemos. Aceptemos que detrás de una fingida resignación, estamos deseando que las cosas fueran de diferente manera. ¡Cómo nos gustaría que Dios pensara y actuara como nosotros! Pensemos si, a la luz de esta enseñanza de Jesús, no nos convendría una seria re-visión del Jesús a quien decimos seguir. ¿Es el mismo que hoy se nos propone?

         Entendamos, hermanos de una vez por todas, como punto fundamental de nuestro proceso de conversión sincera, que no es posible salvarnos sin seguir a Jesús con las implicaciones de la cruz. La fidelidad a Cristo pasa por el camino de la renuncia y el sufrimiento en el amor. Quisiéramos llegar a la meta de la resurrección, es decir, a la gloria, por nuestro propio camino, al margen del camino de Jesús. Tampoco sigamos pensando frívolamente que el de la cruz es el mejor camino. ¡No es el mejor! ¡Es el único!

         Líbranos, Señor, a cada uno de nosotros y a tu Iglesia toda, de la tentación de buscar sólo el éxito a través de la eficacia inmediata; de abrirnos el paso a toda costa, con triunfos mezquinos, especialmente cuando nuestros logros se fincan sobre los demás. Jesús, Señor y Maestro, edúcanos en la obediencia, la verdad, la justicia y el amor. Enséñanos que el sufrimiento no se opone a la verdadera y más profunda felicidad ya desde ahora. Santa María de Guadalupe, muchachita y Madre nuestra, Maestra de fidelidad, que no nos falte tu auxilio en el camino hacia el Padre.          

          Amén

 
 
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