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Inicio > Homilías > Ciclo B, 2003
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario; en el Domingo Mundial de las Misiones.

19 de octubre de 2003

LA MISIÓN COMIENZA EN CASA

         Mis queridos hermanos: Estamos en una semana muy especial. Se trata de una semana de gracia. Al celebrar los veinticinco años del ministerio del santo padre Juan Pablo II, este domingo mundial de la misiones, se ilumina de un modo particular, pues, al repasar el servicio del Papa, no hacemos otra cosa que centrar la atención en el carácter misionero de la Iglesia.

         Comencemos, pues, mis hermanos, la reflexión sobre esta jornada con una acción de gracias a nuestro Dios, nuestro Padre y Señor de la historia porque nos ha dado en el Papa Juan Pablo II un infatigable misionero, que nos ha estado recordando que el ser y el quehacer de la  Iglesia están vigentes y que todavía ha de trabajar mucho más al servicio de los hombres que buscan y aman la verdad.

         El profeta Zacarías, a quien hemos escuchado en la primera lectura, nos invita hoy, como lo hizo históricamente a sus contemporáneos, al regreso del exilio, a tomar conciencia de la misión universal a la que somos enviados como Iglesia. A lo largo de la historia de la humanidad y a lo largo de toda la tierra hay mucha gente que, movida por Dios, busca entrar en la alianza que  Dios hizo con la humanidad, ya no sólo por medio del pueblo judío, sino, de una manera perfecta y definitiva, por medio de su Hijo Jesucristo y de la Iglesia, pues por nuestra parte, nosotros, los que formamos parte de ella, estamos seguros de ser continuadores de la obra de su Señor que la anima con su Espíritu.

         San Pablo, en la segunda lectura de hoy, tomada de su carta a los romanos, nos recuerda que uno solo es el Señor de todos, judío y no judíos, cristianos o no cristianos, católicos o no, pues cualquiera que lo invoque de corazón, es salvado por la misericordia del Dios y Señor de todos. Pero también nos lleva a entender el proceso de la fe en el que la Iglesia, con todos sus miembros, tiene un papel muy importante y necesario. Este proceso, comienza con la predicación de la palabra de Cristo. Y la predicación tiene su fundamento en la naturaleza de la misma Iglesia que ha sido constituida por Cristo para anunciar la salvación a todos.  

         Esta misión de la Iglesia, mis hermanos, no se la ha apropiado ella misma, sino que la ha recibido de Cristo. Esto es lo que vemos hoy en la escena donde Jesús, Resucitado, y antes de dejarse de ver, es decir, antes de la Ascensión, envía a toda la comunidad recién nacida a dar testimonio, mediante la palabra y signos de poder, que la salvación es para todos. Y, desde entonces, apenas recibida la orden, los apóstoles, dice san Marcos, fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes y el Señor actuaba con ellos...

         Y así ha sido, mis hermanos. La Iglesia jamás se cansa de cumplir con gozo y alegría, y en la obediencia a su Señor, este encargo tan noble y tan honroso de servir a todos los hombres en todo lo que toca a su salvación. Con los de dentro, la Iglesia los santifica ya mediante la administración de los sacramentos y todos los recursos con que ella cuenta para la santificación de sus fieles. Y hacia fuera, anuncia la promesa de la salvación a todos los que se abren a la acción misteriosa del Espíritu Santo. Como Jesús, tiene la preocupación de que nadie se pierda sino que lleguen al conocimiento de Dios, crean y se salven.

         El Papa Juan Pablo II, celebra su aniversario vigésimo quinto en este contexto: de fidelidad a la misión encomendada a la Iglesia  y que él preside en el servicio de la caridad. Su actividad y su persona es para nosotros hoy signo de la actividad alegre, permanente y fiel de toda la Iglesia, y de todos los que la formamos, al servicio de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. La fortaleza que lo anima, en medio de sus limitaciones, nace de su amor siempre fiel a Cristo. Este testimonio de amor es, en primer lugar para nosotros, los que fuimos puestos bajo su responsabilidad pastoral desde hace veinticinco años, una prueba de que lo que predicamos es cierto, es creíble y es seguro para alcanzar la promesa.

         Anunciar el mensaje alegre de la salvación no consiste sólo en hablar mucho y bien de Dios, sino es, en primer lugar, dar con la vida y las actitudes que adoptamos los cristianos ante los bienes de este mundo y ante los hombres, los signos de nuestra esperanza, como son el servicio, la fraternidad, la solidaridad con los que menos tienen, la construcción de la paz y la lucha por la justicia. Pero esto, empezando por los propios hermanos en la fe que se encuentran alejados de toda práctica cristiana por ignorancia, cierta rebeldía o por el escándalo que damos quienes, debiendo ser testigos somos, muchas veces, causa de tropiezo.

         El Papa está siendo, hoy más que nunca, un verdadero guía, en este sentido, para toda la Iglesia y el mundo creyente. Ha salido, por ejemplo, al encuentro de quienes menos cuentan para una sociedad enfrascada en el egoísmo del consumismo y el hedonismo; para defender sus derechos a una vida digna, a partir de una sociedad económicamente más igualitaria y justa, más libre de la ignorancia y de las leyes injustas y de la corrupción que tanto denigran a quienes las imponen como a las que las sufren. Y, para empezar por la propia casa, está continuamente invitando, a quienes tenemos más, a compartir toda clase bienes con quienes carecen pero tienen derecho a ellos. De esta forma, la misión se da hacia los de dentro y hacia los de fuera de la Iglesia.

         Cabe recordar en este sentido lo que más de una vez ha dicho el Papa, el mundo ya está cansado de palabras, necesita testigos. Yo diría, mis hermanos, que también esta cansado de recibir sólo promesas y proyectos, planes y programas. Urgen acciones muy concretas sin demasiada propaganda ni excesiva organización.

         Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora, primera misionera de América,  y quien ha guiado los pasos del Santo Padre Juan Pablo II en estos 25 años de servicio como Obispo de Roma y pastor de la Iglesia… ella camino seguro para encontrar a Cristo lo anime a continuar con su misión y nos asista también  a todos nosotros en esta tarea de la evangelización de nuestra ciudad, nuestro país y nuestro continente, para ser testigos de la fe ante el mundo.  

Amén.

 

 
 
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