Homilía
pronunciada el Domingo XXV del Tiempo Ordinario
por Mons. Diego Monroy Ponce,
Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector
del Santuario.
21 de septiembre del 2003
LA SABIDURÍA DE JESÚS Y LAS
CONDICIONES DEL SEGUIMIENTO
Querido
Hermanos: reconozcamos y proclamemos la grandeza de Dios, nuestro
Padre que, en su inmensa sabiduría ha querido mostrarnos
todo su poder y su gloria en la humildad de su Hijo, nacido de una
mujer la virgen María y muerto por nuestros pecados, como
alguien despreciado por los poderosos de este mundo.
Hermanos:
la sabiduría de Dios es totalmente ajena a la sabiduría
humana. Por más que veamos signos convincentes por todas
partes hoy, tal vez más que nunca. Los signos de la sabiduría
del Evangelio van por otro lado. Los invito, a que nos acerquemos
a la Palabra a través de los textos que la Iglesia nos propone
hoy para nuestra consideración.
La
primera lectura nos hace escuchar a los enemigos del justo que intrigan
con su propia sabiduría contra él que, es justo precisamente
porque es verdaderamente sabio. Pretenden ponerlo a prueba desde
su situación de ofendidos y heridos en el amor propio. Pero
no sólo al justo sino también a Dios ya que intentan
ver cómo interviene —si interviene— a favor de
su hijo. En el contexto del libro de la sabiduría, se describe
muy probablemente, una situación de conflicto vivida por
el pueblo judío en medio de la cultura pagana de la diáspora,
es decir, de lo ambientes hostiles al pueblo judío por su
forma tan diferente de ser y de vivir.
Santiago,
por su parte, en la segunda lectura, describe el ambiente de conflictos
y discordias provocado por aquellos que no viven de acuerdo con
los principios de la verdadera sabiduría: la que viene de
Dios.
En
el evangelio vemos a Jesús yendo de incógnito a través
de Galilea, pues va a dar a sus discípulos una enseñanza
muy especial y de gran trascendencia para ser auténticos
en su seguimiento. Se podría decir, que sin seguir los criterios
que les va a proponer, no pasarían ellos de ser nada más
que admiradores suyos. Por eso no quiere que nadie los interrumpa
como suele suceder.
En
su enseñanza es la segunda vez que Jesús habla de
su pasión, muerte y resurrección como la única
forma de realizar su obra a favor de los hombres. Es ésta
la voluntad de su Padre, el plan y proyecto que, como vimos el domingo
pasado, quiere asumir en la libertad y en el amor obediente a su
Padre y fiel a sus hermanos, los hombres y mujeres que conforman
la humanidad. Pero el evangelista nos refiere que los discípulos
no entienden nada y no se atreven a preguntar. Esta actitud contrasta
con la de Jesús que, al ponerlos aparte, quiere enseñarles
algo en particular y de gran importancia. Parecería que ellos
quisieran permanecer ajenos al asunto, quizá porque prevén
que en algo les va a comprometer. Como que prefieren seguir ignorando
la suerte de Jesús y la suya para no asumir, como Jesús,
su misión y su destino. Como que a veces, nos conviene ignorar.
Sin
embargo, Jesús, una vez llegados a casa, va a insistir en
su enseñanza, pero ahora a partir de una discusión
en la que se enfrascaron por el camino: “¿Quién
es el mayor?” Y nuevamente se ven acorralados por Jesús,
pues se quedan callados como quien tiene cierta conciencia de no
haber actuado adecuadamente. Venían hablando puras frivolidades.
Jesús
no espera respuesta y se sienta nuevamente para enseñarles
que para pertenecer a su grupo, han de cambiar los valores de precedencia
propios del mundo, pues no son los que exige la misión que
Él y la nueva comunidad van a llevar a cabo. Es en este contexto
en el que entra el niño que pone en medio y abraza. Y es
de suma importancia entender qué significa este gesto de
Jesús a fin de no quedarnos, como los discípulos,
en la ignorancia o en una comprensión superficial y verdaderamente
irrelevante para la fe auténtica. Para esto es importante
saber que en tiempos de Jesús, los niños se tenían
como algo insignificante; no gozaban de derechos y privilegios especiales.
Por tanto, en la enseñanza de Jesús, es un símbolo
de una realidad muy insignificante a los ojos de los hombres,
para enseñar la antítesis del nuevo orden que Jesús
viene a instaurar.
Lo
que menos vale para la mente calculadora y superficial del hombre
es lo que más cuenta para Dios. “Jesús..., se
identifica con quien es ‘irrelevante’, no tiene prestigio,
es débil e indefenso, necesita ayuda” (Pronzato, Un
cristiano comienza a leer el evangelio de marcos, t.II, 80). Nos
invita a dirigir la mirada y centrarla en profundidad en lo que
vale para Dios. Jesús está enseñando que la
grandeza y la precedencia con que medimos a los demás no
corresponde a la apreciación de Dios.
Hermanos,
valdría la pena que nos preguntáramos a la luz de
esta enseñanza de Jesús ¿Quiénes ocupan
los primero puestos en nuestra atención? ¿A quienes
servimos con mayor gusto? Examinemos la sinceridad de nuestro ‘servicio’
a la gente que poco o nada cuenta para el mundo. ¿No lo haremos
para utilizarlas como peldaños a fin de colocarnos por encima
de ellos? “Jesús no abolía las jerarquías.
Las mantiene sólidamente, más aún las prolonga
más allá de nuestras miras” (íbid.) calibrándolas
desde los valores de la cruz, de la renuncia, de la solidaridad,
del respeto y del amor fraterno.
Mis
hermanos, el nuevo orden instaurado por Jesús desde hace
más de dos mil años, está esperando para ser
realizado aún más. A lo largo de la historia del cristianismo,
siempre ha habido hombres y mujeres que ven con un amor preferencial
a quienes menos cuentan para el mundo. En ellos han visto siempre
la oportunidad de servir para ser coherentes con la fe en Cristo,
hecho carne, es decir, uno de nosotros, muerto y resucitado. Pero
tal vez nosotros no hemos entendido todavía que desde el
momento en que Dios ha bajado a la tierra, es ridículo pretender
sobresalir.
Hermanos
dejémonos enseñar y educar por Jesús para amar
a quienes Él ama y sirve. Estemos seguros, sin ningún
temor, que no son quienes consideramos ordinariamente. Tal vez “añadimos
honor y dignidad a quien lo tiene ya en exceso” (íbid.,82).
Atrevámonos a mirar de una manera nueva: con la mirada de
Jesús y de la cruz. No juzguemos por las apariencias, como
los que no tienen la sabiduría de la Cruz.
Imitemos
a Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y Maestra
en el servicio humilde a su Hijo marginado por su solidaridad con
los más insignificantes de su pueblo. Que ella, que está
pronta servir a los más pequeños, nos mire con ternura
y nos proteja; contemplemos e invoquemos a San Juan Diego Cuauhtlatoatzin
quien reconociendo su pequeñeza y su nada, sin embargo, fue
elegido por su Muchachita como su más digno embajador. Amén.