Hermanos:
Bendito sea Dios y Padre nuestro que nos ha llamado a salvarnos en su
pueblo que es la Iglesia, y quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad.
Mis
hermanos, la salvación no es monopolio de los católicos,
ni siquiera de los que nos decimos cristianos. La verdad que hoy se
nos recuerda es que Dios llama a todos a la salvación. Y se nos
dice que de hecho hay muchos hombres y mujeres por todas partes que
le sirven con sincero corazón. Pero ha nosotros, la bondad de
Dios, Padre misericordioso, nos ha dado la gracia de haber nacido en
un país y en un continente de cultura cristiana. Sin embargo,
no podemos ufanarnos de ser cristianos cabales, pues si fuera así,
no tendríamos que lamentar tantas situaciones que son precisamente
manifestación de que estamos muy lejos de ser coherentes con
la fe que decimos profesar: corrupción, narcotráfico,
explotación, abuso de autoridad, violencia, etc.
Jesús
nos recuerda hoy de una manera muy directa que somos responsables de
la suerte de los que no son cristianos, muchos de éstos, por
los malos ejemplos de quienes decimos conocer a Cristo y nos llamamos
discípulos suyos, se pierden, rechazando e incluso oponiéndose
a Cristo. Esos son los pequeños que pueden perderse por nuestra
falta de testimonio. Los invito, hermanos, a acercarnos a las lecturas
de este domingo para dejarnos interpelar por la Palabra de Dios.
En
la primera lectura, tomada del libro de los Números, nos encontramos
con un pasaje muy curioso y vivo de la historia del antiguo pueblo de
Dios, pero muy significativo. Moisés ha recibido de Dios la orden
reunir a setenta ancianos para que, poseyendo parte de su espíritu,
le ayuden en la difícil tarea de conducir al pueblo. Eldad y
Medad, aunque habían sido elegidos, no habían acudido
al encuentro en torno a la Tienda de Reunión y, a pesar de que
se habían quedado en el campamento, recibieron el espíritu
y empezaron a profetizar como los que estaban con Moisés. Entra
en escena Josué, sucesor suyo, para suplicarle a Moisés
que les prohíba. En realidad Josué quería tener
el monopolio del espíritu por eso la respuesta de Moisés
tan contundente: ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara
y el Señor infundiera en todos su espíritu!
Lo
mismo hace el apóstol Juan en el pasaje del evangelio que acabamos
de escuchar y la respuesta de Jesús, en consonancia con el profeta
Joel (3,1-2) será la misma de Pablo (1Tes 5,19-20): no impedir
la acción del Espíritu en ninguno de los hombres o mujeres.
Pues todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos
son hijos de Dios (Rm 8,14).
Jesús
ha venido mostrándonos, en estos domingos, cuáles son
las reglas de la nueva comunidad, la que Él ha iniciado. Pero
hemos vistos ya dos veces, mis hermanos, que es difícil para
los discípulos y para nosotros, entenderlas —tal vez porque
nos resistimos a entenderlas, pues, como señalábamos el
domingo pasado, nos conviene más ignorarlas— y, como los
apóstoles y los discípulos, actuamos justamente de la
manera contraria. Con el pueblo judío pasaba lo mismo. Los profetas
les advirtieron hasta el exceso, que estaban llamados a ser, como pueblo,
signo e instrumento de la salvación universal. Lo mismo que sucede
con el misterio de la Iglesia.
Pero
igual que con el pueblo judío y con Juan, nos sucede que nos
queremos posesionar de la salvación para excluir, no a todos
los que no creen en Cristo, sino simplemente a quienes no piensan y
actúan como nosotros. Como Juan, decimos no son de los nuestros
(v.38). Pero la Iglesia, y cada uno de los que la formamos, ha de estar
muy atenta a no caer en la tentación del monopolio de poder,
del sectarismo y de la autosuficiencia. De hecho tenemos que lamentar
constantemente que existen en el seno de la Iglesia personas, grupos,
movimientos o instituciones que tiene tal pretensión.
Pero
eso, hermanos míos, es intolerancia y señal muy triste
de que no hemos entendido nuestra vocación de Iglesia: ser instrumento
de salvación para todos los hombres y las mujeres que integran
la humanidad de todas las latitudes de la tierra y de todos los tiempos.
De aquí la importancia de evitar el escándalo. Es decir,
de ser causa de tropiezo de los más débiles, de los más
pequeños precisamente con el mal ejemplo que, irresponsablemente,
podamos dar tanto comunitaria como individualmente.
Más
bien, hermanos, para ayudar a que todo mundo se salve, hemos de hacer
caso de las recomendaciones que el apóstol Santiago nos da a
fin de prestar una mejor atención a los pequeños (que
no son sólo los niños) Los que tenemos y podemos más,
hemos de ser justos en nuestro trato con los necesitados o simplemente
con los que nos prestan un servicio, pagándoles un salario justo.
En fin, mis hermanos, Jesús nos exige que seamos tan radicales
en su seguimiento que no dudemos hasta de renunciar a lo que legítimamente
nos pertenece con tal de evitar caer en una situación de pecado
y de injusticia. Esto se llama, en términos cristianos, testimonio.
Humildad
para ver hasta con alegría que otros se salvan aún fuera
de las prácticas cristianas es una actitud necesaria para dejar
a Dios que Él haga, en su gran misericordia lo que le parezca,
pero también para agradecer que nos haya llamado a la fe y vivir
con responsabilidad esta misión que nos ha encomendado mediante
el testimonio hasta la radicalidad.
Que
Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y Maestra nos
guíe con su ejemplo y con su intercesión en esta tarea
de ser testigos del amor de Dios con nuestra solicitud constante y comprometida
con los más nos necesitan. Amén.