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Homilía
pronunciada el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

28 de septiembre de 2003

NO SOMOS LOS ÚNICOS NI TAL VEZ LOS MEJORES SEGUIDORES DE JESÚS

            Hermanos: Bendito sea Dios y Padre nuestro que nos ha llamado a salvarnos en su pueblo que es la Iglesia, y quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

            Mis hermanos, la salvación no es monopolio de los católicos, ni siquiera de los que nos decimos cristianos. La verdad que hoy se nos recuerda es que Dios llama a todos a la salvación. Y se nos dice que de hecho hay muchos hombres y mujeres por todas partes que le sirven con sincero corazón. Pero ha nosotros, la bondad de Dios, Padre misericordioso, nos ha dado la gracia de haber nacido en un país y en un continente de cultura cristiana. Sin embargo, no podemos ufanarnos de ser cristianos cabales, pues si fuera así, no tendríamos que lamentar tantas situaciones que son precisamente manifestación de que estamos muy lejos de ser coherentes con la fe que decimos profesar: corrupción, narcotráfico, explotación, abuso de autoridad, violencia, etc.

            Jesús nos recuerda hoy de una manera muy directa que somos responsables de la suerte de los que no son cristianos, muchos de éstos, por los malos ejemplos de quienes decimos conocer a Cristo y nos llamamos discípulos suyos, se pierden, rechazando e incluso oponiéndose a Cristo. Esos son los pequeños que pueden perderse por nuestra falta de testimonio. Los invito, hermanos, a acercarnos a las lecturas de este domingo para dejarnos interpelar por la Palabra de Dios.

            En la primera lectura, tomada del libro de los Números, nos encontramos con un pasaje muy curioso y vivo de la historia del antiguo pueblo de Dios, pero muy significativo. Moisés ha recibido de Dios la orden reunir a setenta ancianos para que, poseyendo parte de su espíritu, le ayuden en la difícil tarea de conducir al pueblo. Eldad y Medad, aunque habían sido elegidos, no habían acudido al encuentro en torno a la Tienda de Reunión y, a pesar de que se habían quedado en el campamento, recibieron el espíritu y empezaron a profetizar como los que estaban con Moisés. Entra en escena Josué, sucesor suyo, para suplicarle a Moisés que les prohíba. En realidad Josué quería tener el monopolio del espíritu por eso la respuesta de Moisés tan contundente: ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!

            Lo mismo hace el apóstol Juan en el pasaje del evangelio que acabamos de escuchar y la respuesta de Jesús, en consonancia con el profeta Joel (3,1-2) será la misma de Pablo (1Tes 5,19-20): no impedir la acción del Espíritu en ninguno de los hombres o mujeres. Pues todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios (Rm 8,14).

            Jesús ha venido mostrándonos, en estos domingos, cuáles son las reglas de la nueva comunidad, la que Él ha iniciado. Pero hemos vistos ya dos veces, mis hermanos, que es difícil para los discípulos y para nosotros, entenderlas —tal vez porque nos resistimos a entenderlas, pues, como señalábamos el domingo pasado, nos conviene más ignorarlas— y, como los apóstoles y los discípulos, actuamos justamente de la manera contraria. Con el pueblo judío pasaba lo mismo. Los profetas les advirtieron hasta el exceso, que estaban llamados a ser, como pueblo, signo e instrumento de la salvación universal. Lo mismo que sucede con el misterio de la Iglesia.

            Pero igual que con el pueblo judío y con Juan, nos sucede que nos queremos posesionar de la salvación para excluir, no a todos los que no creen en Cristo, sino simplemente a quienes no piensan y actúan como nosotros. Como Juan, decimos no son de los nuestros (v.38). Pero la Iglesia, y cada uno de los que la formamos, ha de estar muy atenta a no caer en la tentación del monopolio de poder, del sectarismo y de la autosuficiencia. De hecho tenemos que lamentar constantemente que existen en el seno de la Iglesia personas, grupos, movimientos o instituciones que tiene tal pretensión.

            Pero eso, hermanos míos, es intolerancia y señal muy triste de que no hemos entendido nuestra vocación de Iglesia: ser instrumento de salvación para todos los hombres y las mujeres que integran la humanidad de todas las latitudes de la tierra y de todos los tiempos. De aquí la importancia de evitar el escándalo. Es decir, de ser causa de tropiezo de los más débiles, de los más pequeños precisamente con el mal ejemplo que, irresponsablemente, podamos dar tanto comunitaria como individualmente.

            Más bien, hermanos, para ayudar a que todo mundo se salve, hemos de hacer caso de las recomendaciones que el apóstol Santiago nos da a fin de prestar una mejor atención a los pequeños (que no son sólo los niños) Los que tenemos y podemos más, hemos de ser justos en nuestro trato con los necesitados o simplemente con los que nos prestan un servicio, pagándoles un salario justo. En fin, mis hermanos, Jesús nos exige que seamos tan radicales en su seguimiento que no dudemos hasta de renunciar a lo que legítimamente nos pertenece con tal de evitar caer en una situación de pecado y de injusticia. Esto se llama, en términos cristianos, testimonio.

            Humildad para ver hasta con alegría que otros se salvan aún fuera de las prácticas cristianas es una actitud necesaria para dejar a Dios que Él haga, en su gran misericordia lo que le parezca, pero también para agradecer que nos haya llamado a la fe y vivir con responsabilidad esta misión que nos ha encomendado mediante el testimonio hasta la radicalidad.

            Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y Maestra nos guíe con su ejemplo y con su intercesión en esta tarea de ser testigos del amor de Dios con nuestra solicitud constante y comprometida con los más nos necesitan. Amén.

 
 
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