Homilía
pronunciada por el Cardenal Don Norberto Rivera
Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Basílica
de Guadalupe con motivo de la Misa de la Bendición de las Rosas.
12 de octubre de 2003
Esta
tradicional celebración eucarística del 12 de octubre,
“Día de la Raza”, “Día de la Hispanidad”,
recuerdo del encuentro de dos mundos, de dos culturas; es también
en esta ocasión motivo de un inmenso agradecimiento al Padre
Celestial por el Vigésimo Quinto Aniversario del Pontificado
de Juan Pablo II.
En esta ocasión también la Bendición de las Rosas
quiere tener un significado especial ya que en este mes de octubre
culmina el Año del Rosario promovido por el Santo Padre para
bien de nuestra Iglesia, recordando que el Rosario no es otra cosa
sino un ramillete de Rosas.
El pasado 7 de octubre, fiesta de Nuestra Señora del Rosario,
el Santo Padre quiso coronar el Año del Rosario con la peregrinación
al Santuario Mariano de Pompeya y con el rezo de los misterios luminosos,
agradeciendo los frutos espirituales de este Año y recordándonos
que ante los desafíos del tercer milenio y los compromisos
de la nueva evangelización el camino no puede andarse sin la
presencia e intercesión de María Santísima.
La pedagogía de Dios, nos habla adaptándose a nuestra
condición humana, a nuestras limitaciones. La aparición
de Santa María en el Ayate de San Juan Diego, está ligada
a la presencia de las rosas, al lenguaje con que la Madre del verdadero
Dios por quien se vive quería comunicar el Evangelio del Tepeyac
a nuestros pueblos de América.
Las flores son un lenguaje que tiene la virtud de enlazar nuestras
culturas indígenas con el mensaje divino. Hace tiempo recordaba
que: La mente india recurría a un imagen botánica para
explicarse lo que es la verdad. Para ellos lo verdadero era lo "enraizado".
Y tenían razón, pues lo que tiene una firme y sólida
raíz está bien fundado, es perenne, es confiable. Las
raíces de una planta no se ven, pero quien ve sus flores entiende
de inmediato que gozan de una raíz confiable y que puede esperarse
de ellas un buen fruto, por eso veían en las flores un símbolo
natural de lo más bello y sólido del mundo, y las amaban
con verdadera pasión, tanto que no concebían nada sin
ellas, mucho menos una bienvenida o un regalo. Así nos lo comentaban
los misioneros: “todos sus regocijos y fiestas celebran con
flores, y sus presentes ofrecen y dan con flores, se les pasa la vida
en flores..., por grandeza y en señal de paz y amor dan un
ramillete de estas flores, porque procuran con gran curiosidad de
traer flores de tierras muy lejanas para poder tener que dar en todo
tiempo y lo tienen por mucho regalo”.
En este contexto, el simple hecho de que nuestra Madre de Guadalupe
brindase flores era una adaptación a la cortesía india,
"grandeza y señal de paz y amor".
Las flores, signo de amor y de acogida
y señal de paz, son retomadas ahora de un modo espiritual por
el Santo Padre. En la carta apostólica «Rosarium Virginis
Mariae», ha explicado que el Rosario es una oración orientada
por su propia naturaleza a la paz. No sólo porque nos lleva
a invocarla, apoyados en la intercesión de María, sino
también porque nos hace asimilar, junto al misterio de Jesús,
su proyecto de paz.
“¿Qué es de hecho
el Rosario? Un compendio del Evangelio. Nos hace volver a las principales
escenas de la vida de Cristo, como si nos permitiera «respirar»
su misterio. El Rosario es camino privilegiado de contemplación.
Es, por así decir, el camino de María. ¿Quién
conoce y ama a Cristo mejor que ella?”, nos dice el Santo Padre
en su reciente Peregrinación a Pompeya.
Durante siglos, millones de peregrinos
han ido a los distintos santuarios marianos en todo el mundo. Les
ha movido el amor y también la necesidad, a veces de tipo personal
o familiar, otras en cambio por graves situaciones en sus pueblos
o países, epidemias, hambrunas o guerras. Recitando el Rosario
han caminado de la mano de María, han contemplado con Ella
el rostro de Cristo.
En estos 25 años del Pontificado
de Juan Pablo II muchas han sido las situaciones violentas que ha
vivido la humanidad, no hay pueblo sobre la faz de la tierra que se
haya visto excento de actos destructivos, no hay ser humano que haya
quedado a salvo de alguna situación que le haya violentado
en su persona o en su entorno familiar o social.
Los anhelos de paz están en
todos los corazones, pero solamente pueden ser cumplidos si volvemos
nuestra mirada suplicante al que es Nuestra Paz, al que el día
de su resurrección nos dijo: “Mi paz les dejo, mi paz
les doy, no como la da el mundo”.
El Rosario es una oración orientada
por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla
a Cristo, Príncipe de la paz y «nuestra paz» (Ef
2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo y el Rosario tiende
precisamente a eso, aprende el secreto de la paz y hace de ello un
proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo,
con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre
el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir
y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor,
paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27;
20, 21).
Ante la urgencia de implorar de Dios
el don de la paz, el Rosario ha mostrado su eficacia al transformar
la mente y el corazón de los hombres. No se puede, pues, recitar
el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir
a la paz.
El Rosario nos transporta místicamente junto a María,
dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo. Eso le permite
educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo «sea
formado» plenamente en nosotros. En el Rosario el camino de
Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos.
Sigamos orando por nuestro Santo Padre
Juan Pablo II, hagamos nuestras sus preocupaciones y esperanzas: la
paz en el mundo y el bienestar de la familia humana. Las dificultades
que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio
nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo
Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones
conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede
hacer esperar en un futuro menos oscuro.
Junto con las flores que traemos, con las rosas que bendeciremos recordando
el prodigio guadalupano, abramos nuestros corazones como la sagrada
tilma de Juan Diego llena de fragantes rosas de castilla, dejemos
que caigan en la Divina Presencia nuestras oraciones y sacrificios,
nuestras penas y anhelos, sabedores que María Santísima
de Guadalupe se hará presente y nos dejará su maternal
y preciosa Imagen impresa en nuestras almas a cambio de nuestra humilde
y amorosa ofrenda.