Mis
queridos hermanos, estamos ya en la recta final del camino de este año
litúrgico. Sería muy interesante para nuestro crecimiento
espiritual que aprovecháramos estos últimos domingos del
año litúrgico para ir viendo qué tanto hemos avanzado
en el conocimiento y en el seguimiento de Jesús. El evangelio
de san Marcos, que se presenta como un camino y que hemos meditado a
lo largo de los domingos del tiempo ordinario de este año, nos
invita hoy a dar el salto y a decidirnos, como el ciego del camino,
a dejar lo que nos estorba para seguir a Jesús con toda libertad.
Jeremías,
en la primera lectura, nos hace escuchar un anuncio de salvación
para el pueblo que ha pecado, por eso ha sido castigado, pero, sobre
todo, ha sido perdonado; y, como signo de este perdón, regresa,
conducido por Dios, a retomar su tierra de donde había salido
cincuenta años antes. Se trata, pues, de un retorno. Entre quienes
regresan vienen, con un gran significado, los pobres, cojos y ciegos
que son los primeros que, experimentando el gran don de la vida y la
libertad, reconocen que Dios es el Padre de la vida, porque nadie, fuera
de Él, es el autor de esta maravilla.
En
la segunda lectura podemos ver que Cristo es el único sacerdote,
tomado de entre los hombres, como los otros, que ha ofrecido un sacrificio
irrepetible y perfecto que cierra una alianza, también única,
que consagra al pueblo rescatado con su sangre, por ella lo absuelve
absolutamente y lo restablece, por todo eso, en la intimidad con Dios
y para siempre.
Además
de las curaciones del sordomudo, del ciego de Betsaida y otros tantos
milagros como el de la multiplicación de los panes, hoy san Marcos
nos narra otro milagro que resulta, por demás simbólico,
y no por eso menos real e histórico, como todos los otros. Se
podría decir que, a partir de un hecho histórico, como
éste, el evangelista nos describe, a partir de la experiencia
de su comunidad creyente, el proceso de la fe tiene que su origen en
la escucha del mensaje sobre Jesús, que continúa en la
respuesta alegre mediante la confesión del misterio de Jesús
Mesías (Hijo de David) y en la respuesta de Jesús que
no se hace esperar y alienta la fe para que ésta produzca su
fruto más preciado: la salvación: Vete, tu fe te ha salvado
(v. 52) le dice Jesús.
Mis
hermanos, en la liturgia cristiana, no podemos sino leer todos los textos
que nos proporciona la Palabra de Dios, en clave evangélica,
es decir, a la luz del misterio de Jesucristo. En realidad, es Él
quien llama a los que somos débiles, enfermos y necesitados a
vivir de la alegría de la salvación que no consiste en
otra cosa que en experimentar la bondad infinita de un Dios que se compadece
de nuestras miserias y nos perdona a fin de que alcancemos la meta para
la que fuimos creados.
El
ciego del pasaje evangélico, recobra la vista, lo cual significa
que nuestra salvación comienza, como lo sugiere la primera lectura,
en una conversión, esto es, en una vuelta al Padre bondadoso
que nos llama continuamente con lazos de amor (Os 11,4) y nos abraza
de nuevo con su amor de Padre, pues como dice Jeremías en el
mismo capítulo (v.3) de la lectura de hoy, nos ama con amor eterno.
Podríamos
ver, mis queridos hermanos, en la primera lectura, la iniciativa divina
en el proceso de la fe, y de la conversión como un retorno, ya
que el movimiento, o mejor dicho, el camino, tiene su inicio en la gratuidad
de Dios misericordioso. En la lectura del evangelio, por otro lado,
podemos contemplar la respuesta activa, libre y gozosa del hombre. Jesús
pasa por nuestra vida, hermanos, y se hace el encontradizo. Nos provoca.
De nosotros depende que se dé el encuentro. Notemos que el ciego,
que ya conocía a Jesús de oídas, apenas se percata
de su cercanía, proclama su fe en Él declarándolo
Hijo de David, es decir, Mesías. Ante la presencia de Jesús,
renace la esperanza de verse libre de su ceguera. Su grito es la expresión
a la vez de su fe y de su esperanza.
La
cercanía de Jesús, suscita en Bartimeo tal alegría,
producto de su optimismo esperanzado, que se despoja de lo que le impide
responder a su llamado (tira su manto lejos). Ante la misericordia de
Dios manifestada en Jesús, no le queda otra cosa que el seguimiento
como discípulo.
Hermanos,
como ya decíamos, la tradición cristiana ha visto permanentemente
en esta escena evangélica una viva imagen del proceso o camino
de la fe y de la conversión. Hoy es una invitación a permanecer,
como el ciego, atentos al paso del Señor que viene continuamente
a nuestro encuentro. No permitamos que nadie ni nada nos impida aceptarlo
en nuestra vida. En la Iglesia estamos viviendo tiempos nuevos, en los
que se nos ofrece la oportunidad de recorrer un camino de reencuentro
con la fe que tal vez vivimos en la inercia y la rutina de prácticas
meramente ritualistas y externas, sin convicciones profundas y sólidas.
Esta oportunidad se llama catecumenado o reiniciación cristiana.
Como
el ciego, mis hermanos, es posible que muchos de nosotros hayamos perdido
la visión de la fe. Tal vez en lugar de fe tengamos a lo mucho
una mera cultura cristiana. Necesitamos, entonces, recorrer el camino
de conversión para optar por seguir radicalmente a Cristo, como
Señor, Maestro y Salvador. Para esto, aprovechemos el proceso
de reiniciación cristiana que la Iglesia nos ofrece actualmente.
Dirijamos
nuestra súplica a la Señora y Madre nuestra, Santa María
de Guadalupe, que estará pronta a interceder por que Dios nos
conceda la oportunidad de un reencuentro con El Señor o quizá,
una maduración de nuestra fe.
Que así sea.