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Homilía
pronunciada el Domingo XXX del Tiempo Ordinario por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

26 de octubre de 2003

VER Y CREER PARA SEGUIR A JESÚS

     Mis queridos hermanos, estamos ya en la recta final del camino de este año litúrgico. Sería muy interesante para nuestro crecimiento espiritual que aprovecháramos estos últimos domingos del año litúrgico para ir viendo qué tanto hemos avanzado en el conocimiento y en el seguimiento de Jesús. El evangelio de san Marcos, que se presenta como un camino y que hemos meditado a lo largo de los domingos del tiempo ordinario de este año, nos invita hoy a dar el salto y a decidirnos, como el ciego del camino, a dejar lo que nos estorba para seguir a Jesús con toda libertad.

     Jeremías, en la primera lectura, nos hace escuchar un anuncio de salvación para el pueblo que ha pecado, por eso ha sido castigado, pero, sobre todo, ha sido perdonado; y, como signo de este perdón, regresa, conducido por Dios, a retomar su tierra de donde había salido cincuenta años antes. Se trata, pues, de un retorno. Entre quienes regresan vienen, con un gran significado, los pobres, cojos y ciegos que son los primeros que, experimentando el gran don de la vida y la libertad, reconocen que Dios es el Padre de la vida, porque nadie, fuera de Él, es el autor de esta maravilla.

     En la segunda lectura podemos ver que Cristo es el único sacerdote, tomado de entre los hombres, como los otros, que ha ofrecido un sacrificio irrepetible y perfecto que cierra una alianza, también única, que consagra al pueblo rescatado con su sangre, por ella lo absuelve absolutamente y lo restablece, por todo eso, en la intimidad con Dios y para siempre.

     Además de las curaciones del sordomudo, del ciego de Betsaida y otros tantos milagros como el de la multiplicación de los panes, hoy san Marcos nos narra otro milagro que resulta, por demás simbólico, y no por eso menos real e histórico, como todos los otros. Se podría decir que, a partir de un hecho histórico, como éste, el evangelista nos describe, a partir de la experiencia de su comunidad creyente, el proceso de la fe tiene que su origen en la escucha del mensaje sobre Jesús, que continúa en la respuesta alegre mediante la confesión del misterio de Jesús Mesías (Hijo de David) y en la respuesta de Jesús que no se hace esperar y alienta la fe para que ésta produzca su fruto más preciado: la salvación: Vete, tu fe te ha salvado (v. 52) le dice Jesús.

     Mis hermanos, en la liturgia cristiana, no podemos sino leer todos los textos que nos proporciona la Palabra de Dios, en clave evangélica, es decir, a la luz del misterio de Jesucristo. En realidad, es Él quien llama a los que somos débiles, enfermos y necesitados a vivir de la alegría de la salvación que no consiste en otra cosa que en experimentar la bondad infinita de un Dios que se compadece de nuestras miserias y nos perdona a fin de que alcancemos la meta para la que fuimos creados.

     El ciego del pasaje evangélico, recobra la vista, lo cual significa que nuestra salvación comienza, como lo sugiere la primera lectura, en una conversión, esto es, en una vuelta al Padre bondadoso que nos llama continuamente con lazos de amor (Os 11,4) y nos abraza de nuevo con su amor de Padre, pues como dice Jeremías en el mismo capítulo (v.3) de la lectura de hoy, nos ama con amor eterno.

     Podríamos ver, mis queridos hermanos, en la primera lectura, la iniciativa divina en el proceso de la fe, y de la conversión como un retorno, ya que el movimiento, o mejor dicho, el camino, tiene su inicio en la gratuidad de Dios misericordioso. En la lectura del evangelio, por otro lado, podemos contemplar la respuesta activa, libre y gozosa del hombre. Jesús pasa por nuestra vida, hermanos, y se hace el encontradizo. Nos provoca. De nosotros depende que se dé el encuentro. Notemos que el ciego, que ya conocía a Jesús de oídas, apenas se percata de su cercanía, proclama su fe en Él declarándolo Hijo de David, es decir, Mesías. Ante la presencia de Jesús, renace la esperanza de verse libre de su ceguera. Su grito es la expresión a la vez de su fe y de su esperanza.

     La cercanía de Jesús, suscita en Bartimeo tal alegría, producto de su optimismo esperanzado, que se despoja de lo que le impide responder a su llamado (tira su manto lejos). Ante la misericordia de Dios manifestada en Jesús, no le queda otra cosa que el seguimiento como discípulo.

     Hermanos, como ya decíamos, la tradición cristiana ha visto permanentemente en esta escena evangélica una viva imagen del proceso o camino de la fe y de la conversión. Hoy es una invitación a permanecer, como el ciego, atentos al paso del Señor que viene continuamente a nuestro encuentro. No permitamos que nadie ni nada nos impida aceptarlo en nuestra vida. En la Iglesia estamos viviendo tiempos nuevos, en los que se nos ofrece la oportunidad de recorrer un camino de reencuentro con la fe que tal vez vivimos en la inercia y la rutina de prácticas meramente ritualistas y externas, sin convicciones profundas y sólidas. Esta oportunidad se llama catecumenado o reiniciación cristiana.

     Como el ciego, mis hermanos, es posible que muchos de nosotros hayamos perdido la visión de la fe. Tal vez en lugar de fe tengamos a lo mucho una mera cultura cristiana. Necesitamos, entonces, recorrer el camino de conversión para optar por seguir radicalmente a Cristo, como Señor, Maestro y Salvador. Para esto, aprovechemos el proceso de reiniciación cristiana que la Iglesia nos ofrece actualmente.

     Dirijamos nuestra súplica a la Señora y Madre nuestra, Santa María de Guadalupe, que estará pronta a interceder por que Dios nos conceda la oportunidad de un reencuentro con El Señor o quizá, una maduración de nuestra fe.
      Que así sea.

 

 
 
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