Homilía
pronunciada el Domingo XXXII del Tiempo Ordinario
por Mons. Diego Monroy Ponce,
Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector
del Santuario.
DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA
LATERANENSE
9 de noviembre del 2003
LA CATEDRAL DEL PAPA: SIGNO DE LA CATOLICIDAD
Alabemos,
hermanos, al Padre, el único Dios verdadero, que nos llama
a todos a formar, en su Hijo, Jesucristo, una sola familia en la que
se reconozca y se de gloria a su nombre. Amén.
Mis
hermanos, la gloria de Dios se ha manifestado en la persona de su
Hijo amado, Jesucristo, nuestro Salvador y Señor. Ya desde
antes de la encarnación había elegido al pueblo de Israel
para mostrar a través de él su interés por sus
hijos los hombres y darles a conocer su proyecto de amor. Este pueblo,
no siempre entendió su misión de ser signo de salvación
universal, pero por un miembro suyo, Jesús, el Mesías,
e Hijo de Dios, realizó este proyecto divino llevado sólo
por su bondad. Este exceso de amor por todos, manifestado por su Hijo,
llega hasta la constitución de un nuevo pueblo que es la Iglesia;
la que todos los bautizados, de todas las partes de la tierra, formamos
como una sola comunidad para que ésta sea signo e instrumento
de su amor salvador.
Como
otros profetas lo hicieron, así comprendió Ezequiel
al pueblo de Dios en el exilio. Este hombre de Dios, además
de profeta, es también un sacerdote que anuncia el regreso
del pueblo a la tierra de la que habían sido arrancados. En
el capítulo 47, de donde está entresacada la primera
lectura, el profeta anuncia que las cosas no serían ya como
eran antes de su salida. Habría, más bien cambios muy
notables, entre los más importantes está el templo nuevo,
del que antes se excluía a los forasteros y los cuales, en
adelante, serán acogidos sin distinción de razas y serán
invitados a gozar de los mismos dones del pueblo elegido. De esta
manera, el templo, que había sido el lugar por excelencia del
encuentro de Dios con su pueblo, estará abierto a todos los
que buscan al Dios verdadero.
La
segunda lectura nos presenta a san Pablo en su primera carta a los
Corintios, donde nos recuerda que la Iglesia es como una construcción
donde él, como apóstol, construye con nosotros el edificio
de Dios que es la Iglesia. Este edificio no tiene otro cimiento que
Cristo. Con esto Pablo, en nombre de Dios, nos enseña que quienes
construyen por mandato de Dios —pues Él es el dueño
de la obra—, son los apóstoles y, según nuestra
fe católica, sus sucesores.
San
Pablo, además, nos enseña, mis queridos hermanos, algo
que ya conocemos, pero que vale la pena recordar y profundizar: que
todos y cada uno de los que formamos la Iglesia somos templo de Dios,
porque el Espíritu Santo habita en nosotros. Esto es lo que
nos da mayor dignidad.
San
Juan, en el evangelio de hoy, nos transmite su mensaje en el contexto
de la Pascua y en el marco del templo de Jerusalén. Ambas indicaciones
nos ayudan a entender que Jesús viene al mundo con un nuevo
mensaje, el definitivo: en adelante, todo está centrado, no
en el templo, como sucedía en el Antiguo Testamento, sino en
Cristo, que está por encima de todas las instituciones y prácticas
religiosas propias del antiguo pueblo.
Ante
esto, mis queridos hermanos, no falta quien se cuestione —y
tal vez nosotros entre ellos— acerca del sentido actual del
templo en la religión cristiana. Pero el mensaje que la acción
de Jesús contiene nos ayuda a entender su sentido. En primer
lugar hemos de ver que si Jesús lo purifica es porque tiene
razón de ser, pero no como lo utilizan los judíos, como
un mercado; como un pretexto religioso para alcanzar otros intereses,
entre otros el económico. Si él se describe como el
verdadero y definitivo templo, es porque ha puesto en el centro al
Hombre (con mayúscula, es decir a Cristo). Por tanto lo que
da sentido al edificio, es el hombre, es decir la persona humana.
En
todas las religiones hay siempre un lugar de encuentro, no sólo
de los creyentes entre sí, sino de ellos con la divinidad en
comunidad e individualmente. El templo está, pues, en función
de las personas más que de Dios mismo, ya que no es Dios quien
necesite templos hechos por manos humanas. Así lo entendemos
en la liturgia católica, al menos hoy más que antes.
Así que mis hermanos, los templos de piedra son válidos
y necesarios en la medida en que están al servicio de las personas,
porque, como dice el Apóstol, son la verdadera casa de Dios.
En
nuestro caso cada domingo nos reunimos en esta casa de la Virgen,
de la Morenita del Tepeyac, y decimos que es nuestra casa, pues ella
nos reúne alrededor de Cristo, su Hijo, para presentarnos ante
el buen Padre Dios de las misericordias.
Y
al recordar este domingo la dedicación o consagración
de la Catedral-Basílica Lateranense, catedral de Roma y, por
eso del Papa, celebramos el maravilloso misterio de la obra de Dios
que es la Iglesia integrada por gente de toda la tierra.
Todos
nos encontramos bajo el mismo techo de la fe y la esperanza trabajando
en el amor para ser signo visible de la presencia de Dios que salva
a través de Cristo.
Se
trata de una fiesta del Señor, el Salvador (éste es
el título de la Basílica) el Verbo de Dios que ha puesto
su tienda entre nosotros (Jn 1,14), el Resucitado presente en su Iglesia
de la cual es Cabeza. Todas las iglesias del mundo, con la materialidad
de sus construcciones, son un signo vivo de esta presencia. Unidas
al obispo de Roma, a su Iglesia, madre y maestra de todas las iglesias
del mundo, le reconocen, como decía san Ignacio de Antioquía,
su “presidencia en la caridad”.
Ese
es el misterio que encierra esta fiesta y cada uno de los templos,
como éste, en los que se reúnen las iglesias del mundo.
Tal vez, en medio de las vicisitudes y las debilidades humanas, nos
falta todavía ser signos vivos de este gran misterio de amor.
Pidamos a nuestra Señora; Santa María de Guadalupe Madre
de la Iglesia, su auxilio e intercesión para que no desfallezcamos
en el trabajo permanente de hacer de ella, mediante el servicio y
la concordia, un espacio cada vez más amplio donde quepan todos
los que el buen Padre Dios quiere salvar.
Amén.