Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en la
SOLEMNIDAD DE CRISTO REY DEL
UNIVERSO
23 de noviembre del 2003
AUTORIDAD Y PODER
Hermanos:
Alabemos a Cristo porque ha recibido del Padre el poder, la riqueza,
la sabiduría, la fuerza y el honor. A él la gloria y
el imperio por los siglos de siglos. Amén.
Mis
hermanos, muy queridos en el Señor: nuestro buen Padre Dios
nos ha concedido, como ya lo habíamos previsto estos últimos
domingos pasados, llegar hoy al final del camino que emprendimos en
enero, el primer domingo del tiempo ordinario, de la mano del evangelista
san Marcos. En este recorrido hemos ido conociendo y comprendiendo
paso a paso el gran mensaje de Jesucristo, pero sobre todo, nos hemos
encontrado con él. Pues recordemos que, como lo venimos señalando
continuamente, nuestra fe no se basa en creencias sino en una experiencia
viva de amor con alguien que sabemos camina junto a nosotros.
Hoy
el mismo Jesús nos lleva a descubrir el sentido final de toda
su enseñanza. Éste sentido se encuentra en su persona
como alguien dotado de autoridad y poder tales que lo colocan por
encima de todos los príncipes de este mundo y del mundo mismo.
Y, como siempre, los textos de la Escritura santa, que hoy se nos
han proclamado, nos ayudan a comprender la profundidad de este misterio.
Veámoslos con fe y con gratitud.
El
libro de Daniel, como lo hemos ya señalado el domingo pasado,
es un libro apocalíptico que debe ser leído con atención
y método especiales. Dado que la simbología es una de
las características de esta literatura, es importante que no
descuidemos este aspecto a fin de recibir adecuadamente el mensaje
que contiene. Por lo pronto hemos de cuidarnos de no tomarlo al pie
de la letra, pues de lo contrario corremos el riesgo de caer en los
errores ya cometidos durante muchas ocasiones a lo largo de la historia
de la Iglesia.
El
autor nos hace ver la historia como algo, que como todo lo de este
mundo, tuvo un comienzo y, por eso, necesariamente tendrá un
fin. El concepto bíblico de la historia es lineal, por tanto
no se repite. Cada acontecimiento es único e irrepetible. Por
eso la existencia en este mundo es finita. Y aunque lo que nos refiere
el libro tiene que ver con acontecimientos históricos de su
tiempo, su mensaje trasciende la historia y se nos ofrece como un
estímulo para vivir, en la esperanza, la certeza de la fe de
que Dios triunfa, si no ya en la historia, sí más allá
de ella, tras el fin del mundo. Este es el mensaje central de este
libro del Antiguo Testamento. Frente a la coronación de un
enemigo del pueblo judío, el autor nos presenta otra entronización
en un lugar entre el cielo y la tierra, "la morada trascendente
de Dios y su corte celestial". Quien es entronizado es "uno
como hijo de hombre", un sumo sacerdote y rey celeste, a la vez
del cual se dice que recibió la soberanía, la gloria
y el reino..., posee un poder eterno y su reino jamás será
destruido y todo esto, sobre todas las naciones. (cf.LaCocque).
Otro
libro apocalíptico, que hoy hemos escuchado, queridos hermanos,
es el que entre los del Nuevo Testamento, se conoce precisamente como
Apocalipsis del Apóstol san Juan. Una obra que no se distingue
de los otros en su forma literaria, pero sí en su contenido,
pues en él se revela específicamente "una persona
y su actuación salvífica en la historia" . Esta
persona, mis hermanos, es Jesucristo como Señor de la historia:
el que es, el que era y que viene. Él es la fuerza y la liberación
como presencia cercana y activa para los fieles creyentes. Entre otros
títulos que nos da el texto, está el de soberano de
todos los reyes de la tierra. Este título, en su tiempo, debió
haber sonado con una gran carga política, pues se afirma que
Él está también sobre el César, el emperador
romano a quien se obligaba a los cristianos rendirle el culto sólo
debido a Dios. Al denominarlo como primogénito de los muertos,
el autor indica la victoria de Cristo sobre la muerte, que es también
la de los cristianos perseguidos (Cf.Eduardo Arens Kucherlkorn y otros).
En
el evangelio Pilato, que ha recibido a Jesús como un criminal,
le pregunta ¿eres tú el rey de los judíos? con
lo cual está considerándolo como un enemigo del César
a quien él representa. Pilato no lo cree, pero insiste hasta
arrancarle la respuesta: Tú lo has dicho. Soy rey. Pilato para
burlarse lo exhibirá como tal ante el pueblo y, todavía
más, hará escribir la causa de su muerte en tres idiomas.
Jesús aclara que su reino no es de este mundo, pues no funciona
como los terrenales, concretamente como el imperio romano, que se
imponen y se mantienen con la fuerza bruta, y con mentiras. Su reino,
más bien es “un reino de verdad y de vida, un reino de
santidad y de gracia, un reino de justicia, de amor y de paz”
(Prefacio de hoy).
Hermanos,
ya hace tiempo que la autoridad, en cualquier ámbito, en cualquier
nivel, está siendo muy contestada. Las críticas son
cada vez más agudas. Esto no ha dejado de tener ventajas, aunque
se deba admitir que tiene que moderarse. No se trata de vivir en la
anarquía. Pero todo ejercicio de autoridad, tiene que ser muy
cuidado para no dar pie a oposiciones inmediatas que fácilmente
hagan tambalear su legitimidad. Toda autoridad, hermanos, especialmente
la que se ejerce en nombre o bajo el influjo de la fe, tiene que basarse
en el ejemplo de Cristo, que no vino a ser servido sino a servir (Mc
10,45) y a dar la vida por amor. Reconozcamos, todos los que ejercemos
algún tipo de autoridad, que si no nos mueve el servicio al
aceptar un encargo público, sea civil o religioso, o bien,
familiar, laboral o administrativo, jamás la ejerceremos para
construir sino para dividir y hacer daño.
Pidamos
a nuestra Señora Santa María de Guadalupe que suplique
al Padre para que nos llenemos del Espíritu de su Hijo y estemos
dispuestos hasta dar la vida por aquellos que la providencia nos ha
encomendado en nuestro servicio.
Amén.