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Homilía
pronunciada el Domingo III de Pascua por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

4 de mayo de 2003

DOMINGO, DÍA DEL SEÑOR

           Alabemos a Dios nuestro Padre que, en su gran misericordia, nos alegra con la alegría pascual, pues la muerte y la resurrección de su Hijo amado, son nuestra muerte y nuestra resurrección. ¡Aleluya!

           Hermanas y hermanos muy queridos en el Señor Jesucristo Resucitado:
Estamos ya en el tercer domingo de este tiempo santo de la Pascua. Parece que nos alejamos de la fiesta, pero no es así. Los cristianos estamos en una fiesta continua, auque tiene momentos más solemnes y significativos. De hecho, mis hermanos, toda la vida de la Iglesia transcurre en el ambiente pascual. Si no fuera así, no pasaríamos de ser más que un club de románticos y añorantes del pasado que ya fue y no volverá.

           Por eso, mis hermanos, aunque existe hoy la tendencia a hablar del fin de semana incluyendo el domingo, para nosotros, éste nos es el último de los días de la semana, sino el primero. Es el primer día de la nueva creación, el primero de la semana definitiva que se completa sólo con la segunda venida del Señor. Cada domingo nos invita a caer en la cuenta de que estamos en la etapa definitiva de la historia. De tal manera que nos situamos en el primer día de esta nueva y definitiva etapa que da sentido a la historia. No debemos ignorar que la fe cristiana es histórica, precisamente porque se funda en hechos históricos, pero también debemos saber que es trascendente porque se proyecta a un futuro cierto y seguro que tendrá lugar con la segunda venida de Cristo.

           La historia, queridos hermanos, ha tomado un nuevo horizonte desde el día de la Pascua del Señor. El día en que resucitó e hizo nuevas todas las cosas, especialmente al hombre, la historia humana entró en su etapa final hacia el reencuentro definitivo de la humanidad con su Creador. La Pascua es la conciencia y el anhelo permanentes, que tenemos todos los creyentes, de vivir en armonía con los planes originales del Creador: vivir por Él y para Él.

           Los bautizados, manteniéndonos fieles a la vocación y a la misión que hicimos nuestras el día que recibimos ese sacramento, y que asumimos constantemente en la celebración de estos misterios, especialmente mediante la Eucaristía dominical, estamos permanentemente inmersos, es decir sumergidos (baptizein significa sumergir) en el misterio pascual.

           Por eso, hermanos míos, toda nuestra historia, la de cada día, con todas sus vicisitudes, es historia pascual, es historia de salvación. Nada de lo que nos pueda suceder es ajeno a nuestra salvación. Nada absolutamente nada. ¿No basta esta certeza de nuestra fe para vivir en una fiesta sin fin? ¿No bastaría vivir a fondo esta fe para vivir sin temores y sí con gran esperanza? EN ESTA CONVICCIÓN DE FE SE BASA NUESTRA PAZ, LA QUE JESÚS NOS COMUNICA CON SU PRESENCIA, TAL COMO SUCEDIÓ AQUEL PRIMER DOMINGO DESPUÉS DE LA RESURRECCIÓN.

           Por eso hemos dicho con justa razón que los cristianos estamos siempre de fiesta.
Ya no hay, entre nosotros, lugar para el temor y la angustia. Caminamos seguros porque Cristo está en medio de nosotros. Su presencia no es mera fantasía. Un fantasma no tiene carne ni huesos, como ve que tengo yo, tóquenme dice Jesús a sus discípulos y nos lo dice a nosotros hoy. La fe cristiana, queridos hermanos, es ante todo cuestión de experiencia, no de demostración o de elucubración intelectual. Y esta experiencia, mis hermanos, tiene su mejor lugar y su momento privilegiado en la Eucaristía, donde el Señor comparte con nosotros su vida comiendo con nosotros. Alimentados con la vida misma de Cristo, nosotros, por nuestra parte, construimos la vida en el amor de Dios y en la solidaridad fraterna.

           Hermanos, la Eucaristía nos lleva a la misión. Así nos lo dice Jesús recordando la Escritura (Is 53 y Os 6, 2). Lo que ha sucedido no es algo fuera de los planes de Dios. Y los discípulos han de entender ese misterio del amor de Dios llevado a cabo por su Hijo para anunciarlo como buena noticia, es decir, como Evangelio, a todos los hombres de todas las latitudes de la tierra y de todos los tiempos. Los apóstoles, por su parte, iluminados por el Espíritu de Jesús, así lo entendieron e inmediatamente lo proclamaron tal como hemos escuchado, en la primera lectura, que lo hizo san Pedro.

           Hoy, nosotros continuamos la misión de los apóstoles cuando, después de ver y tocar con los sentidos de la fe el misterio de la presencia real, viva y eficaz del Resucitado, en medio de la asamblea dominical y a lo largo de nuestra vida ordinaria, vamos al mundo y lo anunciamos dando testimonio de la fe no sólo con las palabras sino, principalmente con la vida.

           Precisamente referirse al programa de evangelización de la Iglesia el Papa Juan Pablo nos recuerda, citando su carta Novo millenio ineunte, que no se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer —como nos lo indica san Juan hoy en la segunda lectura— amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. La realización de este programa de un nuevo vigor de la vida cristiana pasa por la Eucaristía (Ecclesia de Eucharistía, 60).

           Que nuestra Señora Santa María de Guadalupe, madre y maestra de fidelidad al Dios grande y misericordioso, nos asista en este empeño generoso por corresponder al llamado y a la misión de todos y cada uno de nosotros que por el bautismo hemos sido hechos discípulos del único Maestro y Señor.

            Amén.

           

 
 
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