Homilía
pronunciada el Domingo V de Pascua por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario.
18 de mayo del 2003
SIN MÍ NO PUEDEN HACER NADA
Empecemos,
hermanos, nuestra reflexión con una breve oración:
Señor y Padre bueno, sin ti no podemos nada. Concédenos
en este momento de reflexión dejarnos llevar por tu Espíritu
para crecer en el conocimiento de tu Hijo, para que, conociéndolo
y amándolo, crezcamos en intimidad contigo y en la alegría
de vivir haciendo tu voluntad. Amén.
Estos
domingos, mis hermanos, vamos a meditar en algunas palabras que
Jesús pronunció en la última cena, según
nos lo transmite san Juan. En esta parte de su evangelio, san Juan
ha querido reunir una serie de enseñanzas de Jesús
que son como su testamento espiritual, un tesoro invaluable, que
el verdadero discípulo no puede olvidar. Precisamente en
el capítulo 15, del cual hemos escuchado hoy un trozo, Jesús
da una serie de indicaciones para permanecer y dar frutos como verdaderos
discípulo.
Al
respecto nos dice, pues, que la única forma de permanecer
como discípulos, a fin de dar frutos, es la adhesión
existencial a Él, mediante la escucha de su palabra y la
observancia de sus mandamientos. Jesús es Palabra del Padre.
Él es el medio más importante, el más válido
y el definitivo por el cual Dios nos ha hablado en la historia.
De ahí la importancia y la calidad de sus palabras por las
cuales se nos revela la identidad de Dios y se nos enseñan
las formas que Dios quiere para nuestras relaciones con Él
mismo y con nuestro prójimo. Por tanto, conocer, su palabra
es conocer sus mandamientos, es decir, conocer su voluntad para
hacerla. De manera que permanecemos unidos a Jesús si observamos
sus mandamientos los cuales conocemos escuchando su palabra.
En
el origen de este proceso está, entonces, mis hermanos, la
escucha atenta y asidua de la Palabra. Esta escucha se da en primer
lugar en la lectura de la Sagrada Escritura, sea en privado o, mejor
aún, en comunidad, especialmente en las celebraciones litúrgicas
de entre las cuales destaca la Sagrada Eucaristía de cada
domingo.
Pero
notemos, mis hermanos, que Jesús advierte que la finalidad
de escuchar la Palabra, con devoción y constancia, es dar
fruto.
La
meditación y la reflexión, así como el estudio
y la oración, como respuesta a la Palabra, son la mejor garantía
de asegurar el fruto abundante que Jesús espera de nosotros.
La meditación y la oración en torno a la Palabra nos
ponen en sintonía con la voluntad de Dios, por eso, Jesús
dice que si permanecemos en Él podremos pedir lo que queramos
y lo obtendremos.
Lo
que pasa es que al orar en sintonía con la Palabra, pedimos
todo y sólo lo que a Él le interesa, lo que a Él
le da gloria.
Hermanos,
tal vez muchos de nosotros hemos estado toda la vida, con escaso
o muy poco éxito, tratando de mejorar algunos aspectos de
nuestra vida, corregir alguna forma inconveniente de conducta que
nos hace infelices, o tal vez lograr alguna virtud o buen hábito,
emprender una nueva forma de vivir y de relacionarnos con los demás,
con las cosas y con Dios, etc. El problema es que queremos lograrlo
con nuestras solas fuerzas: al margen Dios. No hemos sabido contar
con Él. A veces, pretendemos agradarlo sin preguntarnos cómo
y en qué quiere que le agrademos simplemente porque no lo
conocemos, ni siquiera nos interesamos por escucharlo.
Dios
es la fuente de todo nuestro obrar. Él nos da el querer,
y nos inspira la verdad para actuar de acuerdo con su proyecto de
amor. Quiero decir, hermanos, que ni siquiera seríamos capaces
de buscar el bien si Él no nos lo inspirara. Por eso es tan
importante estar a la escucha de sus palabras de vida y en el conocimiento
de sus mandamientos. Solos nada podemos hacer. Los frutos de vida
eterna sólo los podemos dar unidos a Cristo a quien nos adherimos
por la fe y por la práctica de sus mandamientos.
La
Eucaristía dominical, queridos hermanos, es la mejor escuela
de Jesús para conocerlo y aprender a amarlo. Es la forma
más sublime y perfecta de vivir la unidad y la solidaridad
fraterna como efecto de la comunión con Dios y con la Iglesia.
La comunidad que ora y cree, vive en paz y en caridad permanentes,
como se espera que suceda con nuestras comunidades eucarísticas.
Esa comunidad se consolida y se multiplica, como nos lo hace ver
la primera lectura de este domingo.
Entonces,
mis hermanos, para concluir, diremos que nos mantenemos unidos a
Cristo si, mediante la meditación, el estudio y la oración
en torno a la Palabra, pero también con la práctica
de la caridad, nos esforzamos por dar a nuestro Salvador la más
ferviente adhesión de todo nuestro ser. Sólo así
lograremos los frutos que Dios espera de nosotros.
Que
nuestra Señora, la Virgen Madre, Santa María de Guadalupe
que esperó contra toda esperanza, nos alcance del Padre,
la alegría de una verdadera y profunda adhesión a
Cristo que comprenda nuestra libertad y nuestra obediencia a sus
mandamientos.
Así
sea.