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Homilía
pronunciada el Domingo VI de Pascua por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario.

25 de mayo del 2003

LA RUTA DEL AMOR

         Demos gracias a Dios, hermanos, y alabémoslo por su inmensa gloria con que se manifiesta, es decir, porque siendo amor, como nos dice san Juan, nos ama a todos con ese amor que es Él mismo. Y pidámosle, antes de iniciar esta breve reflexión, que, nos de su Espíritu, para que nos haga capaces de reproducir entre nosotros, el círculo de amor entre Él y su Hijo, a fin de que podamos manifestar su gloria y su poder en el mundo.

         Muy queridos hermanos en Cristo, nuestro Señor: este sexto domingo de Pascua continuamos escuchando a Jesús en su despedida de la última cena, como nos lo transmite san Juan. Y escuchábamos, en efecto, el domingo pasado, a Jesús hablándonos de la importancia de permanecer unidos a Él para dar el fruto abundante al que nos ha destinado.

         El fruto más excelente y más necesario, y por tanto, fundamental, es el amor. Es cierto que sin Él nada podemos hacer, por ejemplo: ser factores de paz permanente, ser perdonadores y misericordiosos, ser verdaderos hermanos en la solidaridad y el respeto, ser amantes de la verdad y de la justicia, etc. Y no podremos ser nada de eso porque nos faltaría lo fundamental: amar como Él nos ama. Sólo unidos a Él podemos cumplir su gran mandamiento del amor. Veamos más de cerca, cómo es este gran misterio del amor divino al que se nos invita a unirnos.

         Jesús nos describe el amor al que nos quiere asociar como una ruta, o mejor, como un circuito, que inicia en el Padre: Como el Padre me ha amado… dice Jesús indicando el origen fontal del amor. Todo comienza ahí. Parodiando la narración de la creación, según Gn 1,1, diríamos: “en el principio Dios amó”. Dios es amor dice san Juan en la segunda lectura. Así que el amor en el mismo Dios comienza en el Padre. Pero también afirmamos en la fe cristiana que la creación no tiene otra explicación que no sea el amor de Dios.

         Así los he amado yo, continua Jesús diciendo. Su presencia en la historia humana no tiene otra explicación que no sea el amor que nos tiene. Más aún, ha venido para mostrarnos el inmenso amor que Dios tiene a la humanidad entera y cada uno de los que la integramos. Este amor suyo es tan grande que nos hace amigos de Dios, dando la vida por nosotros: Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos, dice Jesús. El amor de Jesús es perfecto. Nadie puede amar como Él. Pero nosotros estamos llamados a amar como Él, dejándonos amar por Él y por su Padre. Jesús es el rostro del amor del Padre. Y nunca llegaremos a una verdadera experiencia del amor de Dios si no es a través del amor de Jesús por nosotros, sus amigos.

         Permanezcan en mi amor… y pongan en práctica mis mandamientos… especialmente éste: ámense los unos a los otros como yo los he amado. Es así como Jesús nos invita a entrar en ese círculo de amor que comienza en Dios y termina en Él. Entramos en la familia divina a través del amor. Esta corriente de amor que comienza en el Padre a través del Hijo se nos da por su Espíritu a todos y cada uno de nosotros, para que entre nosotros corra la misma vida de Dios que nos hace a todos hermanos capaces de comunicarnos todos los bienes espirituales y materiales. Todo comienza, en este nivel, cuando nos sabemos amados y nos dejamos amar por Cristo, nuestro hermano mayor. Sólo unidos a Él podemos amar con el mismo amor de Dios, a su medida y con la misma calidad a todos.

         Viviendo así el amor, mis hermanos, entramos en una dinámica que no tiene fin. ¡En el amor nunca hay límites! ¡Nunca amamos lo suficiente! ¡En el amor —en el verdadero— no hay excesos! Así es el circuito del amor: Comienza y termina en Dios para volver con mayor profundidad pasando por los hermanos como la savia que nutre y da la vida haciendo de la comunidad un ser vivo: el Cuerpo de Cristo: la Iglesia.

         Hermanos, cada no de nosotros hemos sido insertados inicialmente en el misterio de Cristo mediante el Bautismo. En ese sacramento, Dios nos ha elegido para entrar en esta corriente vital de su Espíritu. Posteriormente, mediante los demás sacramentos, vamos creciendo en profundidad y en perseverancia ya que seguimos la dinámica propia de la caridad: se multiplica y se difunde por sí mismo. Y lo que se nos dio como inicio va creciendo y se va robusteciendo hasta llegar a los horizontes de Dios. Entre estos sacramentos está el de la Eucaristía. Y especialmente, como hemos ya señalado en los domingos pasados, la Eucaristía dominical. La práctica de los sacramentos no es otra cosa que refrendar la obra que dios ha iniciado en nosotros por el Bautismo.

         Pero no podemos dejar de señalar, mis hermanos, la importancia que tiene, para nuestro desarrollo en la fe, la observancia del mandamiento del amor. La práctica de los sacramentos sin la práctica de la caridad nos lleva sólo a una fe intimista que no es la auténtica fe cristiana. Estaríamos engañándonos a nosotros mismos con la práctica de un culto meramente externo, sin repercusión en la vida diaria, la que se da, más que en nada, en las relaciones humanas.

         Invoquemos el auxilio de nuestra Señora y Madre de Guadalupe, dispuesta, como siempre, a asistirnos, por el amor que nos tiene, en lo que más cuenta para nuestra salvación. Pidámosle que nos alcance de su Hijo el don de su Espíritu, para que nos aconseje, nos fortalezca y nos conduzca por los caminos del amor de Dios.

          Amén.

 
 
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