InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio > Homilías > Ciclo B, 2003
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, r
ector de la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe en la celebración de la Solemnidad de la Ascensión del Señor.

Domingo 1 de junio del 2003

ENVIADOS A SER TESTIGOS DEL AMOR

         Mis hermanos: para empezar nuestra reflexión sobre la Palabra que Dios, nuestro Padre bueno, nos ha regalado, retomemos la idea central de la oración con que iniciamos esta celebración. Démosle gracias de que, por la Ascensión de su Hijo, nos haya llamado a todos y cada uno de nosotros a vivir junto a Él para siempre.

        Más de alguna ocasión habremos experimentado, queridos hermanos, la presencia de algún ser amado, a través de su ausencia. Podríamos decir que está presente por su ausencia. Nos hace falta y ¡esa es su presencia! Lo que pasa es que no notaríamos su ausencia si no es porque estuvo presente en nuestra vida. Diríamos, entonces, que esa persona está presente en nuestra memoria.

        Sin embargo, mis queridos hermanos, nos es ésta la presencia de Jesús en la Iglesia y cerca de nosotros. Jesús está presente en medio de su Iglesia y junto a nosotros, y como dice el prefacio de hoy, más cerca de nosotros de una manera real y al mismo tiempo misteriosa. Por tanto, más profunda.

        Quienes conocieron a Jesús en su tiempo, es decir, después de su nacimiento hasta su muerte, —aclaro esto porque todo el tiempo es de Cristo, Señor de la historia— repito, quienes lo conocieron y trataron, pero no lo aceptaron, no lograron descubrir en Él al enviado del Padre que vino a salvarnos. Antes, al contrario, se escandalizaron de su actuación y de sus enseñanzas.

        Nosotros, a más de veinte siglos después, que no lo vemos, ni lo oímos, ni tocamos, creemos en Él y tenemos, por eso, la posibilidad de salvarnos, como lo prometió Jesús mismo al enviar a sus discípulos a predicar el evangelio, según nos lo refiere este domingo san Marcos. Y de acuerdo con el evangelista san Juan, cuando amonestó Jesús al apóstol Tomás por su incredulidad, Jesús declaró: Dichosos los que han creído sin haber visto (Jn 20,29).

        Hoy, domingo de la Ascensión y séptimo domingo de Pascua, como caso especial, hemos escuchado dos veces directamente las palabras de Jesús mismo. En la primera lectura, san Lucas, autor de libro de los Hechos de los Apóstoles, nos transmite, como lo hace san Marcos a su manera, la “subida” o ascensión de Jesús al cielo junto con sus recomendaciones de permanecer en Jerusalén para recibir el bautismo con el Espíritu Santo a fin de ser sus testigos calificados en el anuncio del Evangelio. Este mandato de Jesús, mis hermanos, es históricamente dado a los apóstoles, pero es también una misión para toda la Iglesia de todos los tiempos. Es, entonces, también para nosotros que formamos, hoy por hoy, parte de ese signo visible de su presencia en el mundo que es la Iglesia.

        Hoy, también a nosotros Jesús nos pide que permanezcamos en Jerusalén, es decir, en la Iglesia, ya que en la tradición bíblica y católica Jerusalén es figura de la Iglesia y de la vida eterna. Es en la Iglesia donde Jesús nos da su Espíritu para fortalecernos, enseñarnos, aconsejarnos, iluminarnos y consolarnos, como les hace saber a sus discípulos y a nosotros mediante sus palabras de despedida en la última cena prometiéndoles el don del Espíritu (Jn 14-16).

        Este don del Espíritu, según nos lo refiere san Lucas, es para que podamos ser testigos del Resucitado. Es una fuerza, dice Jesús, para que podamos anunciarlo al mundo, pero también es luz que ilumina nuestras mentes para que podamos conocer a Dios, comprender la grandeza de lo que se nos promete y mantenernos en la esperanza de alcanzarlo, como no dice san Pablo en la carta a los efesios, que acabamos de escuchar.

        Vista desde estas perspectivas, la fiesta de la ascensión del Señor se nos presenta como un misterio inmenso y rico de sentidos para nuestra fe y para la práctica de la misma. Es, ante todo, la afirmación de que el ser de la Iglesia no se puede entender sino desde su misión de ser, toda ella, testigo insustituible de la presencia de Dios en el mundo. Pero también es la certeza de que la Iglesia no existe sino por voluntad de Cristo, su Cabeza. Y, por la acción en ella del Espíritu, podemos tener la garantía de que, a pesar de sus limitaciones, la obra que Dios realiza en el mundo a través de ella va hacia donde Él tiene proyectado: nuestra salvación y su gloria.

        No tengamos miedo, mis hermanos, de ser signos de contradicción en medio de un mundo que tiene sólo proyectos de muerte, de odio, de competencia y de dominio. No nos quedemos viendo al cielo sin mirar a nuestro alrededor. Cristo nos ha dejado como lugartenientes suyos aquí en la tierra para llevar adelante su obra. Hay muchos en torno nuestro que están esperando de nosotros una acción, una palabra o una actitud que les sirva de señal de que las cosas pueden ser diferentes. Ése tendrá que ser nuestro testimonio.

        No tenemos que conformarnos con las cosas como van en los más diversos ámbitos del acontecer humano: la política. la economía, la ciencia, el descanso, en fin las relaciones humanas y la cultura. Seamos, bajo la guía del Espíritu de Cristo, protagonistas de esta historia, para que ésta sea, en lugar de historia de muerte y de tragedia, la historia que Dios escribe a través de nosotros: una historia de amor y, por tanto, de salvación para todos.

        Por otra parte, hermanos, me parece que la Ascensión del Señor es también una llamada a vivir los valores más altos: los del evangelio, es decir, los que propone Jesús a todo hombre o mujer que busca la verdad y ama y respeta la vida. A veces, al proponer estos valores se pondrá en evidencia que es la fuerza especial del Espíritu lo que hace a sus miembros capaces de acciones audaces que contradicen los criterios de este mundo deshumanizado y contrario a los planes del Dios de la vida.

        Que Santa María de Guadalupe, nuestra Señora y madre, nos ayude con su intercesión a cumplir en la alegría, en la libertad y en el amor, la misión que se nos ha encomendado por ser miembros del Pueblo nuevo de Dios.

         Amén.

 

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina Anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados