Homilía
pronunciada el Domingo de Pascua de la Resurrección
del Señor por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario.
20 de abril de 2003
LA FIESTA DE LOS CRISTIANOS
Cristo ayer,
Cristo hoy y siempre.
Principio y fin.
Suyo es el tiempo y la eternidad.
¡A Él la gloria y el poder por los siglos!
¡Amén!
Hermanos:
Esta es la fiesta de los cristianos. Ninguna otra es fiesta si no
está fundada en ésta. Los cristianos vivimos en fiesta.
Cristo ha resucitado lo cual significa que ha vencido definitivamente
a la muerte. Y si su muerte fue nuestra muerte, con mayor razón
su victoria es nuestra victoria. Este es la gran noticia que la
Iglesia pregona a los cuatro vientos y por todas las edades, desde
hace más dos mil años.
Desde
la Vigilia pascual hasta Pentecostés son como un solo día;
y en este tiempo, la Iglesia, es decir, todos nosotros los creyentes,
anunciamos con mayor fuerza al mundo, afianzándonos cada
vez más en ellas, las grandes certezas que derivan de este
misterio luminoso.
En
efecto, a través de las siete lecturas del Antiguo Testamento
que se proclaman en la noche, la gran noche de la Vigilia Pascual,
y llenos de gozo y alegría, anunciamos a todo el orbe:
- La Pascua del Señor como el día
de la nueva creación (primera lectura del libro del Génesis);
- La misericordia del Padre que nos ha liberado gracias a la obediencia
hasta la muerte de su Hijo amado (segunda lectura también
del libro del Génesis);
- El poder de un Dios que nos libera en la historia para la vida
eterna mediante obras insospechadas y sobremanera grandiosas (tercera
lectura del libro del Éxodo);
-La fidelidad de un Dios que con un amor inmenso y permanente tiene
piedad de todos nosotros y nos redime de nuestras miserias (cuarta
lectura del profeta Isaías);
-Una alianza nueva, la definitiva, obra del amor inmutable de Dios
por todos nosotros y lo que Él ha creado (quinta lectura
también de Isaías);
-La seguridad que nos da la certeza de sabernos iluminados por la
sabiduría de Dios (sexta lectura del profeta Baruc);
- y, finalmente, la nueva realidad, en la que nos movemos y existimos,
y que es totalmente otra gracias a la acción misteriosa y
permanente del Espíritu (séptima lectura de Ezequiel).
Esta
fiesta, hermanos míos, es tan especial que se celebra no
sólo con todos los creyentes de hoy, los cristianos dispersos
por todo el mundo, sino que nos une con todos los que nos han precedido
a lo largo de los siglos; pero también nos prepara ya para
la fiesta final y definitiva en la casa del Padre junto a nuestro
Hermano, Señor de la vida.
Los
días santos de la Pascua estuvieron precedidos de la Cuaresma
como una preparación asidua y llena de fe en la misericordia
divina. Y desde hoy hasta Pentecostés permaneceremos en la
contemplación de ese misterio que fundamenta todo nuestro
ser en Cristo.
Los
invito, queridos hermanos y hermanas a mantener el gozo y alegría
pascuales en la gratitud por los dones que hemos recibido y estamos
recibiendo de la generosidad infinita del Padre. Agradezcamos especialmente
el don de su Hijo resucitado porque con Él: nos ha dado la
capacidad de vencer, como Él y con Él, la muerte,
el odio, la mentira, la soberbia, el miedo, y la injusticia; pero
también porque nos ha dado la capacidad de llegar a ser hijos
de Dios. Porque esto es nuestro futuro, el único que le da
sentido a nuestro presente por duro y amargo que sea.
Démosle
gracias también porque tenemos la certeza de la fidelidad
incondicional y amorosa de Dios que podemos descubrir todos los
días y saborearla todos los días en la íntima
unión con su Hijo tanto en la Eucaristía como en la
práctica de la caridad. Porque es el Resucitado el que se
ha quedado con nosotros y, por voluntad suya, lo hacemos presente
tanto en la Eucaristía como en la práctica de la caridad.
Es
el Resucitado el único que da solidez y estabilidad a nuestras
relaciones fraternas y solidarias, porque sólo Él
puede hacer que cumplamos a fondo lo que nos mandó: que nos
amemos unos a otros.
Es
el Resucitado quien le puede dar a nuestros esfuerzos y a la lucha
por la paz, profundidad y consistencia, haciendo, por su Espíritu,
que nos perdonemos, nos encontremos y nos decidamos a construir
la gran familia humana donde Dios sea reconocido como único
Soberano y Señor. Cristo Resucitado es nuestro futuro. Nuestra
vida tiene un rumbo y un destino cierto y seguro. ¡Es la nueva
creación!
Que
nuestra morenita del Tepeyac, la Virgen de la Nueva Vida, testigo
fiel del Resucitado, nos acompañe a vivir el misterio de
la Pascua, ella es acceso a la nueva creación, ella es camino
de la renovación, ella es la puerta de la reunificación.
¡Alabad
al Señor! = ¡Alelu-Ya!