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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III Domingo de Cuaresma.

24 de febrero de 2008

JESÚS, NUEVO TEMPLO Y POZO DE AGUA VIVA

Hermanos: Demos gracias al Señor por la inmensa misericordia con que nos trata y nos hace vivir la cuaresma como una experiencia de su paciencia amorosa. Que como a la samaritana del evangelio nos conduzca hacia el conocimiento y la experiencia de un verdadero encuentro con Él. Pero también como ella abramos con sinceridad el corazón y la mente para dejarnos saciar del agua que sólo Él nos puede dar. Esta es la actitud que queremos mantener al escuchar y meditar su Palabra.

Mis queridos hermanos, no perdamos de vista la Pascua como término o punto de llegada de la Cuaresma. De poco nos servirían las prácticas propias de ella si nos quedáramos sólo en una observancia mecánica y rutinaria, y, por lo mismo, vacías y superficiales. No olvidemos, entonces, mis hermanos, que la conversión a Dios y al prójimo, expresada en la oración, la limosna y el ayuno, se funda en la obra redentora de Jesús, mediante su pasión, muerte y resurrección, que nos llama a la vida plena que celebramos en la Pascua.

Hermanos, en este camino cuaresmal hacia la Pascua, vamos a encontrar frecuentemente el tema del agua, hasta llegar a la solemne vigilia de la Pascua en la que el agua del bautismo ocupa un lugar muy importante. En vistas a entender y asimilar mejor la riqueza de este misterio, los invito hermanos, a fijar nuestra atención en los textos bíblicos, en la palabra de Dios que hemos proclamado y que nos introducen en el tema y en su sentido salvífico.

La fe, mis queridos hermanos, es una cuestión de experiencia. No de meros conocimientos o de datos sobre Dios. No podemos decir que conocemos verdaderamente al Dios verdadero, el que nos muestra Jesús, sino hasta que tenemos la experiencia de su presencia viva ante nosotros.

Es esto lo que vivieron los judíos en el desierto con los milagros de los que fueron objeto desde la salida de Egipto, durante la travesía por el desierto hasta la posesión de la tierra prometida. La experiencia del desierto marcó definitivamente la historia y la vida del pueblo elegido. Muchas vicisitudes tuvo que pasar el pueblo en su camino a la adquisición de la promesa. Igualmente nosotros, mis hermanos, somos llevados por la misericordia divina por el camino de la Cuaresma hacia la Pascua, no sólo la de este año, sino hacia la definitiva, la del encuentro definitivo con el Dios de la vida.

La pedagogía divina parte siempre de las situaciones cotidianas de la vida de los creyentes. Dios se vale de lo que vive el hombre para conducirlo delicadamente a las fuentes del verdadero conocimiento que dan la fe, la esperanza y el amor. Así aparece Dios en diálogo permanente y paciente con su pueblo en la historia del Antiguo Testamento, y así se muestra también Jesús en la educación de sus discípulos.

Al pueblo de Israel se le fue revelando paulatinamente, haciéndolo experimentar sus necesidades y carencias, sus limitaciones, pero al mismo tiempo sus anhelos de felicidad y de plenitud. Uno de esos recursos que la pedagogía divina ha empleado a lo largo de la historia de la salvación es el agua.

En el desierto no hay bien más deseado que el agua. De manera que tanto el desierto como el agua se convierten en imágenes de una situación real de soledad e indigencia uno, y de saciedad, alegría y vida la otra.

En la primera lectura es Dios la roca de salvación de la cual brota el agua que permite al pueblo sediento y desanimado continuar su camino hacia la meta. San Pablo nos dirá más adelante que esa roca es Jesucristo que nos ha dado a beber su Espíritu (1Cor 10, 3-4). San Juan, en el diálogo con la samaritana del evangelio de hoy, nos descubre a Jesús como fuente de agua viva, como nuevo templo en el cual el hombre puede encontrarse con Dios y saciar su sed de Dios.

Hermanos, los seres humanos, anhelan, buscan y trabajan por conseguir algo que desconocen. El hombre busca con mucha frecuencia, sin saber lo que busca. Y el problema es que no encuentra porque no empieza por encontrarse consigo mismo. Jesús en un diálogo paciente y amoroso lleva a la samaritana a encontrase y a aceptarse tal como está en su más profunda realidad y, a partir de eso, le ofrece la oportunidad de creer en Él y encontrarse con lo que buscaba sin saberlo y, probablemente sin quererlo: la vida misma. Una vida que nunca había imaginado, pues estaba fuera de su experiencia.

En la Eucaristía, mis hermanos, se nos ofrece cada domingo la posibilidad de una vida que tal vez ni siquiera deseamos por que no tenemos siquiera noticia o conocimiento de que existe. En esa celebración sacramental se nos ofrece el agua de la sabiduría y del conocimiento que nos hace desear claramente lo que verdaderamente vale la pena. Es en la Iglesia, cuerpo de Cristo y templo vivo donde podemos encontrarnos y comprometernos en una alianza de amor con el Amado, con el esposo verdadero que es Jesucristo. En Él está nuestra salvación.

Que María, nuestra  Muchachita y Celestial Señora nos enseñe, con su vida y su testimonio de fe, a anhelar lo que vale la pena buscar ya en esta vida y alcanzar perfectamente en la que se nos promete. Amén.

 
 
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