JESÚS, NUEVO TEMPLO Y POZO DE AGUA
VIVA
Hermanos: Demos gracias al Señor por la inmensa misericordia
con que nos trata y nos hace vivir la cuaresma como una experiencia
de su paciencia amorosa. Que como a la samaritana del evangelio
nos conduzca hacia el conocimiento y la experiencia de
un verdadero encuentro con Él. Pero también como ella abramos
con sinceridad el corazón y la mente para dejarnos saciar del
agua que sólo Él nos puede dar. Esta es la actitud que queremos
mantener al escuchar y meditar su Palabra.
Mis queridos hermanos, no perdamos de vista la Pascua
como término o punto de llegada de la Cuaresma.
De poco nos servirían
las prácticas propias de ella si nos quedáramos sólo en una observancia
mecánica y rutinaria, y, por lo mismo, vacías y superficiales.
No olvidemos, entonces, mis hermanos, que la conversión
a Dios y al prójimo, expresada en la oración, la limosna y el
ayuno, se funda en la obra redentora de Jesús, mediante su pasión,
muerte y resurrección, que nos llama a la vida plena que celebramos
en la Pascua.
Hermanos, en este camino cuaresmal hacia la Pascua, vamos a
encontrar frecuentemente el tema del agua, hasta llegar
a la solemne vigilia de la Pascua en la que el agua del bautismo
ocupa un lugar muy importante. En vistas a entender y asimilar
mejor la riqueza de este misterio, los invito hermanos,
a fijar nuestra atención en los textos bíblicos, en la
palabra de Dios que hemos proclamado y que nos introducen en el
tema y en su sentido salvífico.
La fe, mis queridos hermanos, es una cuestión de experiencia. No de meros
conocimientos o de datos sobre Dios. No podemos decir que
conocemos verdaderamente al Dios verdadero, el que nos muestra
Jesús, sino hasta que tenemos la experiencia de su presencia viva
ante nosotros.
Es esto lo que vivieron los judíos en el desierto con los milagros
de los que fueron objeto desde la salida de Egipto, durante la
travesía por el desierto hasta la posesión de la tierra prometida.
La experiencia del desierto marcó definitivamente la historia
y la vida del pueblo elegido. Muchas vicisitudes tuvo que
pasar el pueblo en su camino a la adquisición de la promesa. Igualmente
nosotros, mis hermanos, somos llevados por la misericordia
divina por el camino de la Cuaresma hacia la Pascua, no sólo
la de este año, sino hacia la definitiva, la del encuentro definitivo
con el Dios de la vida.
La pedagogía divina parte siempre de las situaciones cotidianas
de la vida de los creyentes. Dios se vale de lo que vive el
hombre para conducirlo delicadamente a las fuentes del verdadero
conocimiento que dan la fe, la esperanza y el amor. Así aparece
Dios en diálogo permanente y paciente con su pueblo en la historia
del Antiguo Testamento, y así se muestra también Jesús en la educación
de sus discípulos.
Al pueblo de Israel se le fue revelando paulatinamente, haciéndolo
experimentar sus necesidades y carencias, sus limitaciones, pero
al mismo tiempo sus anhelos de felicidad y de plenitud. Uno
de esos recursos que la pedagogía divina ha empleado a lo largo
de la historia de la salvación es el agua.
En el desierto no hay bien más deseado que el agua. De manera
que tanto el desierto como el agua se convierten en imágenes
de una situación real de soledad e indigencia uno, y de saciedad,
alegría y vida la otra.
En la primera lectura es Dios la roca de salvación de la
cual brota el agua que permite al pueblo sediento y desanimado
continuar su camino hacia la meta. San Pablo nos dirá más
adelante que esa roca es Jesucristo que nos ha dado a beber
su Espíritu (1Cor 10, 3-4). San Juan, en el diálogo con la
samaritana del evangelio de hoy, nos descubre a Jesús como
fuente de agua viva, como nuevo templo en el cual el hombre
puede encontrarse con Dios y saciar su sed de Dios.
Hermanos, los seres humanos, anhelan, buscan y trabajan por
conseguir algo que desconocen. El hombre busca con mucha frecuencia,
sin saber lo que busca. Y el problema es que no encuentra
porque no empieza por encontrarse consigo mismo. Jesús en un
diálogo paciente y amoroso lleva a la samaritana a encontrase
y a aceptarse tal como está en su más profunda realidad y,
a partir de eso, le ofrece la oportunidad de creer en Él y encontrarse
con lo que buscaba sin saberlo y, probablemente sin quererlo:
la vida misma. Una vida que nunca había imaginado, pues estaba
fuera de su experiencia.
En la Eucaristía, mis hermanos, se nos ofrece cada domingo
la posibilidad de una vida que tal vez ni siquiera deseamos
por que no tenemos siquiera noticia o conocimiento de que existe.
En esa celebración sacramental se nos ofrece el agua de la sabiduría
y del conocimiento que nos hace desear claramente lo que verdaderamente
vale la pena. Es en la Iglesia, cuerpo de Cristo
y templo vivo donde podemos encontrarnos y comprometernos en
una alianza de amor con el Amado, con el esposo verdadero que
es Jesucristo. En Él está nuestra salvación.
Que María, nuestra Muchachita y Celestial Señora nos enseñe,
con su vida y su testimonio de fe, a anhelar lo que vale la pena
buscar ya en esta vida y alcanzar perfectamente en la que
se nos promete. Amén.