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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III Domingo Ordinario.

27 de enero de 2008

LA IGLESIA, ¿REFLEJA LA LUZ DE CRISTO?

Queridos hermanos: el Señor es mi luz y mi salvación, hemos cantado con el salmista después de la primera lectura. Démosle gracias al Señor, fuente de luz, porque nos llena de su luz; la que nos libera, nos da seguridad y alegría en los caminos de la vida, especialmente en el camino que nos conduce hacia Él. Pero también pidámosle que nunca nos falte a fin de que, ya que nos ha elegido para que seamos el reflejo de su luz en el mundo, podamos cumplir con humildad y generosidad esa misión.

Mis hermanos, en efecto, ser luz en medio de las tinieblas del mundo es la misión que cada uno de nosotros hemos recibido en el bautismo, especialmente en el sacramento de la confirmación. Pero es también una misión que se nos ha señalado como Iglesia en el mundo. Y todo esto no tiene otro fundamento que la misión del mismo Jesucristo. La que san Mateo en el evangelio de hoy nos describe en los inicios del ministerio salvador de Jesucristo. Entremos a los textos de la liturgia de hoy para comprender mejor lo que la Palabra de Dios nos dice.

En la primera lectura tenemos las palabras que Mateo cita del profeta Isaías para hacernos ver la relación del Antiguo Testamento con la obra de Cristo como una relación de promesa y cumplimiento. En el evangelio, según nos dice san Mateo, Jesús comienza su ministerio de acuerdo con lo anunciado por el profeta.

Es interesante destacar, queridos hermanos, cómo se refiere históricamente el profeta a la parte del pueblo de Dios que se había separado de Jerusalén, no sólo geográficamente, sino sobre todo, espiritualmente, ya que esa región, identificada como Reino del norte o con el nombre de Israel a partir del año 931, al separarse de Jerusalén, la capital del Reino del sur o Judea, abandonó en buena parte la tradición religiosa del pueblo de Dios. Por eso, tanto Isaías como Mateo al citarlo, se refieren a esa región como un pueblo que vivía en tinieblas y en sombras de muerte, y así se consideraba hasta los tiempos de Jesús.

Esa región era Galilea, lugar en el que Jesús comenzó su ministerio y donde vivió, precisamente en Cafarnaún, junto al lago o mar de Galilea. Aquí anunció la Buena Nueva de la salvación -permítanme insistir- mis hermanos, aquí precisamente en una región distinguida por la apostasía, el orgullo y la marginación espiritual y moral. Aquí fue donde Jesús creció como nazareno, ¡como galileo! Aquí lo vemos ahora, iniciando su misión precisamente entre los pecadores y marginados. Tal como fue toda la actuación de Jesús.

A ellos les anuncia la cercanía del Reino frente al cual les exige asumir la actitud más radical de la fe: la conversión. Si Dios se ha acercado al ser humano, no puede quedar éste indiferente. No existe la posibilidad de la indiferencia o de la neutralidad. No hay derecho a seguir en las sombras de la mentira, la ignorancia y el pecado. Es en medio de las tinieblas donde Jesús es la luz verdadera del Reino que anuncia.

La conversión, mis hermanos, nos trae la luz del conocimiento no sólo de Dios, sino también de nosotros mismos. Con razón podemos decir, entonces, que la conversión implica humildad, amor, gratitud, respeto y obediencia. Pues al conocer a Dios en su misericordia, al mismo tiempo que me descubro como pecador, me siento movido por ese amor misericordioso suyo y lo agradezco dejando que Él mande sobre mí y d este modo inicio una nueva manera de relacionarme con Él, con los demás y con las cosas del mundo. Conversión es, entonces, ante todo, una nueva manera de relacionarme. Es dejarme llenar de la luz de Dios que me lleva a abandonar mis criterios cerrados egoístas y miopes y así convertirme yo mismo en luz.

San Mateo, el evangelista que este año nos conducirá por los caminos de Jesús, nos narra en seguida que llamó a seguirlo primero a Pedro, a su hermano Andrés y, después, a Santiago y a su hermano Juan; los cuatro, hombres que se dedicaban a la pesca. Aquí tenemos la imagen clara del resultado inmediato de la conversión: el seguimiento de Jesús. La verdadera conversión se vive con certeza y autenticidad en el seguimiento. Dicho negativamente, mis hermanos, no se puede ser verdadero discípulo sin una conversión seria y constante a Dios y al prójimo. El misionero, nos ha señalado el episcopado latinoamericano en Aparecida, llega a ser tal no sin antes haber vivido la experiencia de discípulo, para continuar siéndolo. Pues en cuanto nos desconectamos de la luz, que es Jesucristo, dejamos de ser luz para el mundo.

Mis hermanos, cada celebración eucarística dominical es ocasión y regalo de Dios, nuestro Padre, que nos llena de la luz de su Palabra y nos alimenta de su Espíritu para que individualmente y, especialmente, como comunidad eclesial, seamos la luz que el mundo necesita para caminar por los senderos de la verdad y del amor. Es como Iglesia eucarística como reflejamos mejor el rostro de Dios-amor.

Que María nuestra Muchachita y Celestial Señora, que supo mejor que nadie de la necesidad de dejarse llenar de la luz del Espíritu, nos enseñe a pedir y a recibir la luz de la fe y la podamos, como ella, irradiar al mudo en el amor. Amén.

 
 
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