LA
IGLESIA, ¿REFLEJA LA LUZ DE CRISTO?
Queridos hermanos: el Señor es mi luz y mi salvación,
hemos cantado con el salmista después de la primera lectura. Démosle
gracias al Señor, fuente de luz, porque nos llena de su luz; la
que nos libera, nos da seguridad y alegría en los caminos de la
vida, especialmente en el camino que nos conduce hacia Él.
Pero también pidámosle que nunca nos falte a fin de que, ya que
nos ha elegido para que seamos el reflejo de su luz en el mundo,
podamos cumplir con humildad y generosidad esa misión.
Mis hermanos, en efecto, ser luz en medio de las
tinieblas del mundo es la misión que cada uno de nosotros
hemos recibido en el bautismo, especialmente en el sacramento
de la confirmación. Pero es también una misión que se nos
ha señalado como Iglesia en el mundo. Y todo esto no tiene otro
fundamento que la misión del mismo Jesucristo. La que san
Mateo en el evangelio de hoy nos describe en los inicios del ministerio
salvador de Jesucristo. Entremos a los textos de la liturgia de
hoy para comprender mejor lo que la Palabra de Dios nos dice.
En la primera lectura tenemos las palabras que Mateo
cita del profeta Isaías para hacernos ver la relación
del Antiguo Testamento con la obra de Cristo como una relación
de promesa y cumplimiento. En el evangelio, según nos dice san
Mateo, Jesús comienza su ministerio de acuerdo con lo anunciado
por el profeta.
Es interesante destacar, queridos hermanos, cómo se
refiere históricamente el profeta a la parte del pueblo de Dios
que se había separado de Jerusalén, no sólo geográficamente,
sino sobre todo, espiritualmente, ya que esa región, identificada
como Reino del norte o con el nombre de Israel a partir del año
931, al separarse de Jerusalén, la capital del Reino del sur o
Judea, abandonó en buena parte la tradición religiosa del pueblo
de Dios. Por eso, tanto Isaías como Mateo al citarlo, se refieren
a esa región como un pueblo que vivía en tinieblas y en sombras
de muerte, y así se consideraba hasta los tiempos de Jesús.
Esa región era Galilea, lugar en el que Jesús
comenzó su ministerio y donde vivió, precisamente en Cafarnaún,
junto al lago o mar de Galilea. Aquí anunció la Buena Nueva
de la salvación -permítanme insistir- mis hermanos, aquí precisamente
en una región distinguida por la apostasía, el orgullo y la marginación
espiritual y moral. Aquí fue donde Jesús creció como nazareno,
¡como galileo! Aquí lo vemos ahora, iniciando su misión precisamente
entre los pecadores y marginados. Tal como fue toda la
actuación de Jesús.
A ellos les anuncia la cercanía del Reino frente al
cual les exige asumir la actitud más radical de la fe: la conversión.
Si Dios se ha acercado al ser humano, no puede quedar éste
indiferente. No existe la posibilidad de la indiferencia o
de la neutralidad. No hay derecho a seguir en las sombras de
la mentira, la ignorancia y el pecado. Es en medio de las
tinieblas donde Jesús es la luz verdadera del Reino que anuncia.
La conversión, mis hermanos, nos trae
la luz del conocimiento no sólo de Dios, sino también de nosotros
mismos. Con razón podemos decir, entonces, que la conversión
implica humildad, amor, gratitud, respeto y obediencia.
Pues al conocer a Dios en su misericordia, al mismo tiempo que
me descubro como pecador, me siento movido por ese amor misericordioso
suyo y lo agradezco dejando que Él mande sobre mí y d este
modo inicio una nueva manera de relacionarme con Él, con
los demás y con las cosas del mundo. Conversión es, entonces,
ante todo, una nueva manera de relacionarme. Es dejarme llenar
de la luz de Dios que me lleva a abandonar mis criterios cerrados
egoístas y miopes y así convertirme yo mismo en luz.
San Mateo, el evangelista que este año nos conducirá
por los caminos de Jesús, nos narra en seguida que llamó a
seguirlo primero a Pedro, a su hermano Andrés y, después, a Santiago
y a su hermano Juan; los cuatro, hombres que se dedicaban
a la pesca. Aquí tenemos la imagen clara del resultado inmediato
de la conversión: el seguimiento de Jesús. La verdadera
conversión se vive con certeza y autenticidad en el seguimiento.
Dicho negativamente, mis hermanos, no se puede ser verdadero
discípulo sin una conversión seria y constante a Dios y al prójimo.
El misionero, nos ha señalado el episcopado latinoamericano
en Aparecida, llega a ser tal no sin antes haber vivido la
experiencia de discípulo, para continuar siéndolo. Pues en
cuanto nos desconectamos de la luz, que es Jesucristo, dejamos
de ser luz para el mundo.
Mis hermanos, cada celebración eucarística dominical
es ocasión y regalo de Dios, nuestro Padre, que nos llena de
la luz de su Palabra y nos alimenta de su Espíritu para que
individualmente y, especialmente, como comunidad eclesial, seamos
la luz que el mundo necesita para caminar por los senderos
de la verdad y del amor. Es como Iglesia eucarística como
reflejamos mejor el rostro de Dios-amor.
Que María nuestra Muchachita y Celestial Señora, que
supo mejor que nadie de la necesidad de dejarse llenar de la
luz del Espíritu, nos enseñe a pedir y a recibir la luz de
la fe y la podamos, como ella, irradiar al mudo en el amor.
Amén.