LA
ESCRITURA, CAMINO PARA CONOCER A CRISTO
Mis queridos hermanos y hermanas: la alegría de la Pascua
se hace realidad en cada domingo que celebramos al Señor Resucitado,
especialmente en este tiempo en que centramos la mirada y la reflexión
en estos misterios que nos dan la vida eterna. Lo que aconteció
hace más de dos mil años sucede hoy cada vez que el Señor nos
congrega para partir con nosotros su Pan: El pan eucarístico
propiamente dicho en las especies del pan y del vino y el pan
de su Palabra que explica esos misterios.
Sin dejar a un lado el primer aspecto, yo los invito, mis hermanos,
a considerar cómo el Señor Jesús lleva a los discípulos a la
comprensión de los acontecimientos salvíficos mediante el recurso
de las Sagradas Escrituras. Ya en su enseñanza Jesús había
invitado a los judíos a que acudieran a las Escrituras para descubrir
en ellas cómo ya se hablaba de Él (cf. Jn 5,39) y Él mismo mostró,
de alguna manera, que su vida y su obra no era ajena a la Escritura
Santa, sino que era cumplimiento de un proyecto divino sobre su
vida incluido el sufrimiento y su glorificación con la resurrección
pasando por el madero de la cruz.
Recurriendo a las Escrituras es como Jesús no sólo explica
las mismas, sino que más bien se explica a sí mismo en su misterio.
Mis amados hermanos y hermanas, ¡Las Escrituras en ningún momento
son extrañas a Jesús! Los dos discípulos de Emaús se habían quedado
muy desilusionados, pues aunque reconocían que Jesús había sido
un hombre extraordinario, como un gran profeta, al sufrir la suerte
de los antiguos profetas, no podía ser el Mesías. Pero al explicarles
Jesús su camino y su muerte les hace comprender que "Jesús
es Mesías precisamente en cuanto que es crucificado" (Klemens
Stock).
Nosotros esperábamos y en cambio, mis hermanos, todos nos hemos
podido sentir, alguna vez, decepcionados por Dios al no cumplir
nuestros deseos. Así nos ocurre a nosotros cuando no entendemos
sus planes en el mundo, en la Iglesia, en nuestra vida. Y, al
igual que los discípulos de Emaús, nos hundimos, protestamos,
porque no entendemos los caminos de Dios. Podríamos decir como
ellos: esperábamos y, sin embargo, no ha sido así.
Pero el Evangelio nos enseña que Jesús camina a nuestro lado
en nuestro peregrinar por este mundo. Y que debemos estar atentos
para reconocerle y poder escucharle la explicación del verdadero
sentido de nuestra vida, mirándola desde la óptica de Dios y no
desde la óptica simplemente humana. Descubrimos, entonces, que
nuestras esperanzas no sólo se han visto cumplidas sino desbordadas,
aunque no del modo o en la dirección que nosotros desearíamos.
Por otro lado, mis amados hermanos y hermanas, las lecturas
de estos días de Pascua nos muestran cómo los apóstoles iban
comprendiendo el misterio de Cristo, muerto y resucitado, a partir
de la lectura y el estudio de la Ley, los profetas y los salmos,
especialmente; pero también cómo las Escrituras, eran como el
sustento de su predicación.
Pues bien, mis amados hermanos y hermanas, san Lucas, al describir
el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús, quiere
indicarnos, con su pedagogía catequística, a nosotros como comunidad
cristiana del siglo XXI, que el camino más seguro para un encuentro
profundo con Cristo, sólo es posible en la escucha atenta y devota
de las Escrituras y en el partir del pan en comunión fraterna.
Sabemos muy bien, mis hermanos, que el Concilio Vaticano Segundo
nos lo dejó bien claro que estos son los dos modos de nutrirnos
con "el Pan de la vida". El Señor nos sirve la
mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía.
El recurso de las Escrituras para predicar a Jesús fue,
entonces, desde el principio de la predicación apostólica, la
forma de argumentación que emplearon los apóstoles para exponer
el misterio de la salvación acaecido en Jesucristo. Es lo
que podemos comprobar en la escucha de la primera lectura tomada
de la obra de san Lucas conocida como 'Hechos de los Apóstoles'
en la cual no sólo se nos da noticia, sino que ante todo se
fundamenta y se establece, para la Iglesia de todos los tiempos,
la forma de anunciar la salvación a la humanidad entera.
Mis hermanos y hermanas, permítanme señalar que, en la práctica
católica, falta mucho todavía por reconocer a la Sagrada Escritura
el lugar que tiene en la vida de todos y cada uno de los creyentes
para el crecimiento espiritual, todavía a veces consideramos
que es protestante o evangélico, no sé que religión,
él que trae su Biblia en sus manos, él que ora con
la Sagrada Escritura, los Salmos, el que estudia lis Evangelios,
él que profundiza la Palabra de Dios. Afortunadamente no
ha sido así con la devoción eucarística, pues aunque sea
en una pequeña proporción, los fieles acuden a la misa dominical
y en otras ocasiones con cierta regularidad. Ojalá, mis
amados hermanos, ojalá que no descuidáramos nuestra
participación activa, como nos dice el Papa Benedicto,
a la hora de la escucha de las lecturas de la Sagrada Escritura
que nos transmiten el tesoro invaluable de la Palabra de la vida.
Que bien y que bueno que vengamos a la Eucaristía y participemos
de ella. Pero, fíjense que interesante sería, que
cada uno de ustedes en sus casas, así como han entronizado
al Sagrado Corazón de Jesús o Santa María
de Guadalupe entronizarán, también, las Sagradas
Escrituras. Para leerla y meditarla todos los días en familia,
no para tenerla ahí de adorno bien guardadita. Un día
una familia me invita y me dice: Monseñor venga, mire que
bonito le hemos hecho el altar a la Sagrada Biblia y miren estaba
encerrada hasta a con cadena ahí la Escritura, para que
nadie la tocará. No, mis hermanos, no es para tenerla ahí
guardada es para meditarla, saborearla, imbuirnos de la Palabra
de Dios, porque la Palabra
de Dios, además de ser una ayuda inigualable
e insustituible para profundizar en el misterio de Cristo, nos
ayuda a entender también nuestro momento histórico:
tanto el personal como el de la comunidad y de la humanidad, a
la luz de la voluntad de Dios a fin de cumplirla, como Jesús,
cada día en el amor y en la esperanza.
Por otro lado, mis hermanos, la Palabra de Dios,
al llevarnos a las profundidades del misterio pascual, nos
permite aprovechar la riqueza del misterio Eucarístico. Nos
prepara a apreciarlo mejor y, por lo mismo, a aprovechar mejor
los frutos de la redención que celebramos en la Eucaristía. Igualmente
nos dispone al momento de la comunión en el que compartimos,
como hermanos, su pan, que es memorial, que es presencia y profecía
del Señor resucitado.
San Lucas nos ha legado una importante catequesis: la eucaristía
– la fracción del pan, como la llamaban los primeros cristianos
– es el momento privilegiado para que los cristianos descubramos
al Resucitado. Y, además, éste encuentro con Jesucristo debe
servirnos como motor para toda la semana y poder descubrir
al Señor presente en muchas otras realidades de nuestra vida ordinaria.
En la medida que vivamos la eucaristía nuestra vida cambiará.
En la medida en la que vivamos la eucaristía experimentaremos
como esta nos va transformando, nos va cristificando, nos va llevando
a ser testigos cualificados de Cristo.
Además, mis hermanos, nuestra escucha atenta y devota de la
Palabra, también, nos hará comprender la dimensión social
que contiene la Santísima Eucaristía partiendo de la
comunión con Dios en Cristo y con los hermanos.
Que María, nuestra Muchachita, Señora y Madre; nos alcance
la gracia de estar atentos siempre, como Ella, a la Palabra
de vida eterna que es Jesús, el Señor. Amén.