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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el III Domingo de Pascua.

6 de abril de 2008

LA ESCRITURA, CAMINO PARA CONOCER A CRISTO

Mis queridos hermanos y hermanas: la alegría de la Pascua se hace realidad en cada domingo que celebramos al Señor Resucitado, especialmente en este tiempo en que centramos la mirada y la reflexión en estos misterios que nos dan la vida eterna. Lo que aconteció hace más de dos mil años sucede hoy cada vez que el Señor nos congrega para partir con nosotros su Pan: El pan eucarístico propiamente dicho en las especies del pan y del vino y el pan de su Palabra que explica esos misterios.

Sin dejar a un lado el primer aspecto, yo los invito, mis hermanos, a considerar cómo el Señor Jesús lleva a los discípulos a la comprensión de los acontecimientos salvíficos mediante el recurso de las Sagradas Escrituras. Ya en su enseñanza Jesús había invitado a los judíos a que acudieran a las Escrituras para descubrir en ellas cómo ya se hablaba de Él (cf. Jn 5,39) y Él mismo mostró, de alguna manera, que su vida y su obra no era ajena a la Escritura Santa, sino que era cumplimiento de un proyecto divino sobre su vida incluido el sufrimiento y su glorificación con la resurrección pasando por el madero de la cruz.

Recurriendo a las Escrituras es como Jesús no sólo explica las mismas, sino que más bien se explica a sí mismo en su misterio. Mis amados hermanos y hermanas, ¡Las Escrituras en ningún momento son extrañas a Jesús! Los dos discípulos de Emaús se habían quedado muy desilusionados, pues aunque reconocían que Jesús había sido un hombre extraordinario, como un gran profeta, al sufrir la suerte de los antiguos profetas, no podía ser el Mesías. Pero al explicarles Jesús su camino y su muerte les hace comprender que "Jesús es Mesías precisamente en cuanto que es crucificado" (Klemens Stock).

Nosotros esperábamos y en cambio, mis hermanos, todos nos hemos podido sentir, alguna vez, decepcionados por Dios al no cumplir nuestros deseos. Así nos ocurre a nosotros cuando no entendemos sus planes en el mundo, en la Iglesia, en nuestra vida. Y, al igual que los discípulos  de Emaús, nos hundimos, protestamos, porque no entendemos los caminos de Dios. Podríamos decir como ellos: esperábamos y,  sin embargo, no ha sido así.

Pero el Evangelio nos enseña que Jesús camina a nuestro lado en nuestro peregrinar por este mundo. Y que debemos estar atentos para reconocerle y poder escucharle la explicación del verdadero sentido de nuestra vida, mirándola desde la óptica de Dios y no desde la óptica simplemente humana. Descubrimos, entonces, que nuestras esperanzas no sólo se han visto cumplidas sino desbordadas, aunque no del modo o en la dirección que nosotros desearíamos.  

Por otro lado, mis amados hermanos y hermanas, las lecturas de estos días de Pascua nos muestran cómo los apóstoles iban comprendiendo el misterio de Cristo, muerto y resucitado, a partir de la lectura y el estudio de la Ley, los profetas y los salmos, especialmente; pero también cómo las Escrituras, eran como el sustento de su predicación.

Pues bien, mis amados hermanos y hermanas, san Lucas, al describir el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús, quiere indicarnos, con su pedagogía catequística, a nosotros como comunidad cristiana del siglo XXI, que el camino más seguro para un encuentro profundo con Cristo, sólo es posible en la escucha atenta y devota de las Escrituras y en el partir del pan en comunión fraterna. Sabemos muy bien, mis hermanos, que el Concilio Vaticano Segundo nos lo dejó bien claro que estos son los dos modos de nutrirnos con "el Pan de la vida". El Señor nos sirve la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía.

El recurso de las Escrituras para predicar a Jesús fue, entonces, desde el principio de la predicación apostólica, la forma de argumentación que emplearon los apóstoles para exponer el misterio de la salvación acaecido en Jesucristo. Es lo que podemos comprobar en la escucha de la primera lectura tomada de la obra de san Lucas conocida como 'Hechos de los Apóstoles' en la cual no sólo se nos da noticia, sino que ante todo se fundamenta y se establece, para la Iglesia de todos los tiempos, la forma de anunciar la salvación a la humanidad entera.

Mis hermanos y hermanas, permítanme señalar que, en la práctica católica, falta mucho todavía por reconocer a la Sagrada Escritura el lugar que tiene en la vida de todos y cada uno de los creyentes para el crecimiento espiritual, todavía a veces consideramos que es protestante o evangélico, no sé que religión, él que trae su Biblia en sus manos, él que ora con la Sagrada Escritura, los Salmos, el que estudia lis Evangelios, él que profundiza la Palabra de Dios. Afortunadamente no ha sido así con la devoción eucarística, pues aunque sea en una pequeña proporción, los fieles acuden a la misa dominical y en otras ocasiones con cierta regularidad. Ojalá, mis amados hermanos, ojalá que no descuidáramos nuestra participación activa, como nos dice el Papa Benedicto, a la hora de la escucha de las lecturas de la Sagrada Escritura que nos transmiten el tesoro invaluable de la Palabra de la vida. Que bien y que bueno que vengamos a la Eucaristía y participemos de ella. Pero, fíjense que interesante sería, que cada uno de ustedes en sus casas, así como han entronizado al Sagrado Corazón de Jesús o Santa María de Guadalupe entronizarán, también, las Sagradas Escrituras. Para leerla y meditarla todos los días en familia, no para tenerla ahí de adorno bien guardadita. Un día una familia me invita y me dice: Monseñor venga, mire que bonito le hemos hecho el altar a la Sagrada Biblia y miren estaba encerrada hasta a con cadena ahí la Escritura, para que nadie la tocará. No, mis hermanos, no es para tenerla ahí guardada es para meditarla, saborearla, imbuirnos de la Palabra de Dios, porque la Palabra de Dios, además de ser una ayuda inigualable e insustituible para profundizar en el misterio de Cristo, nos ayuda a entender también nuestro momento histórico: tanto el personal como el de la comunidad y de la humanidad, a la luz de la voluntad de Dios a fin de cumplirla, como Jesús, cada día en el amor y en la esperanza.

Por otro lado, mis hermanos, la Palabra de Dios, al llevarnos a las profundidades del misterio pascual, nos permite aprovechar la riqueza del misterio Eucarístico. Nos prepara a apreciarlo mejor y, por lo mismo, a aprovechar mejor los frutos de la redención que celebramos en la Eucaristía. Igualmente nos dispone al momento de la comunión en el que compartimos, como hermanos, su pan, que es memorial, que es presencia y profecía del Señor resucitado.

San Lucas nos ha legado una importante catequesis: la eucaristía – la fracción del pan, como la llamaban los primeros cristianos – es el momento privilegiado para que los cristianos descubramos al Resucitado. Y, además, éste encuentro con Jesucristo debe servirnos como motor para toda la semana y poder descubrir al Señor presente en muchas otras realidades de nuestra vida ordinaria. En la medida que vivamos la eucaristía nuestra vida cambiará. En la medida en la que vivamos la eucaristía experimentaremos como esta nos va transformando, nos va cristificando, nos va llevando a ser testigos cualificados de Cristo.

Además, mis hermanos, nuestra escucha atenta y devota de la Palabra, también, nos hará comprender la dimensión social que contiene la Santísima Eucaristía partiendo de la comunión con Dios en Cristo y con los hermanos. 

Que María, nuestra Muchachita, Señora y Madre; nos alcance la gracia de estar atentos siempre, como Ella, a la Palabra de vida eterna que es Jesús, el Señor.  Amén.

 
 
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