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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el II Domingo Ordinario.

20 de enero de 2008

JESÚS, EL CORDERO QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, mis queridos hermanos en el Ministerio Sacerdotal, diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.

Reconocer al Cordero de Dios como el que quita el pecado del mundo es para un nosotros un don de Dios como lo fue para el Bautista el haber podido identificarlo entre los que acudían a él para ser bautizados. ¡Demos gracias a Dios, mis amados hermanos! Pero ahora es muy conveniente que no dejemos de pedirle la gracia de dar testimonio de Él en el mundo.

El tema del Cordero de Dios, si para nosotros resulta, hasta cierto punto extraño o difícil de entender, no lo fue ciertamente para los judíos que oyeron por primera vez esta expresión en boca del Bautista para referirse a Jesús de Nazaret. Para nosotros los cristianos no es, de ninguna manera, ajeno, pero sí un poco complicado, si un poco complicado si no estamos familiarizados con la tradición bíblica. Por eso resulta útil, mis hermanos, señalar hoy que la expresión puede hacer alusión a dos imágenes distintas, pero estrechamente relacionadas entre sí, especialmente en la persona de Cristo. Una es la del siervo de Dios al que el profeta Isaías compara a un cordero al que se le trasquila y es conducido al matadero sin que éste se oponga (53, 7) y que ya en la tradición cristiana se refiere a Cristo. La otra imagen es la del cordero pascual que se sacrificaba cada año para celebrar la liberación de la esclavitud que sufrió por tantos años el pueblo de Dios en Egipto.

Para nosotros los cristianos, ambas imágenes, confluyen, como hemos ya dicho, en el Salvador, el Señor Jesucristo. Es decir fueron en mucho tiempo anuncio y figura del misterio de Cristo como Cordero que quita el  pecado del mundo, precisamente como lo anuncia Juan el Bautista. Esto lo creemos, mis hermanos, porque lo aceptamos como salvador del mundo, no sólo como liberador del pueblo de Dios que volvía de una segunda experiencia de la esclavitud, pero ahora en Babilonia. No, los cristianos -vale la pena subrayarlo- creemos que Jesús es el salvador del mundo, y el único salvador, el único. Pero veamos más de cerca los textos, que la liturgia de este domingo nos ofrece para nuestra consideración.

En la primera lectura, precisamente, hermanos, tenemos el segundo de cuatro cantos o poemas con los que Isaías se dirige al pueblo elegido en el tiempo del destierro para anunciarles la próxima liberación gracias a la actuación de Dios a través de un ser misterioso y que en este trozo que acabamos de escuchar, se refiere al pueblo mismo y al que el profeta llama 'siervo'. Pero hemos de notar que, en un momento del poema, la promesa de salvación ya se asegura para todos los pueblos de la tierra: Te voy a convertir en luz de todas las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra, dice el texto que hemos proclamado (v. 6). Aquí vemos los cristianos, como he dicho, la dimensión universal de la promesa de Dios a través del profeta.

En el evangelio de hoy hemos contemplado, hemos escuchado cómo el Bautista identifica a Jesús con el cordero y a la luz del texto de Isaías (al que hemos ya aludido). En la lengua aramea, usada por Juan el Bautista, 'siervo' y 'cordero' se designan con la misma palabra: talya. Por eso hemos dicho que la declaración de Juan Bautista y asumida por Juan el evangelista, facilita la relación entre Jesús, el Cordero y el Siervo, Jesús, el Cordero y el Siervo. Entonces debemos concluir que Jesús de Nazaret es el Siervo de Dios que, como nuevo y definitivo Cordero pascual, y por voluntad de nuestro Padre Dios y Padre de Jesús, ha venido a morir por nosotros para salvarnos.

Para nosotros los cristianos, queridos hermanos y hermanas, Jesús es el Cordero que nos libera, ya no de una esclavitud temporal, sino de la eterna, es decir, del pecado que nos somete a la muerte. Esta es la fe cristiana desde sus orígenes. Este es el misterio glorioso de salvación que la Iglesia anuncia hasta el día de hoy con valentía, con alegría, con humildad y perseverancia en la esperanza como servicio a Dios y a la humanidad.

Como Juan el Bautista, también nosotros hemos de dar testimonio del misterio de Cristo no sólo con las palabras, sino con la vida misma como Iglesia y como creyentes individualmente, en medio de un mundo que se ha creado falsas seguridades, en un mundo que pone, frecuentemente, su esperanza en las conquistas que el hombre va adquiriendo, en la economía, en la política y en la técnica como si todo esto pudiera garantizar la plena felicidad, como nos lo acaba de advertir el Papa Benedicto XVI en su segunda encíclica Spe salvi. ¡Sólo el Señor salva definitivamente! dice el Papa ¡Nada ni nadie nos puede garantizar la vida eterna, nada, ni nadie! Mis hermanos, ¡salvación y vida eterna es lo mismo para nosotros los creyentes! ¡No lo olvidemos!

Pablo, nos habla en la segunda lectura: de la unidad de los cristianos, todos los que creemos en Cristo. No olvidemos de orar fuertemente porque todos seamos uno sólo en Cristo, desgraciadamente nos encontramos divididos en tres grandes grupos: las iglesias ortodoxas, la iglesia católica y las comunidades surgidas de la reforma protestante. Además en los tiempos más modernos hemos visto, también, el nacimiento de nuevos movimientos y grupos que se dicen cristianos. Hace más de cincuenta años; que del 18 al 25 de enero estamos de acuerdo en rezar por todos: a la vez por la unión de los cristianos en una sola Iglesia. Estos días, mis amados hermanos, en nuestras comunidades y personalmente; hemos de tener presente esta intención ecuménica, es decir: de trabajar, de orar intensamente, el Papa lo acaba de señalar, también, para una mayor unidad de todos los cristianos, con nuestras plegarias y con nuestra apertura de espíritu y de actitudes de reconciliación. Rezar por las iglesias y comunidades cristianas, no católicas, es un medio eficaz de acercamiento, es un medio, también, de camino hacia la unidad. La plegaría común acompañada de trato y respecto mutuo, lleva a la reconciliación.

Que la celebración de la Eucaristía de este domingo, sea una oración por esta intención en que cada uno de nosotros procuremos participar en todo lo que pueda acercarnos a los hermanos cristianos de otras iglesias y de otras comunidades.

Que nuestra Muchachita, la Celestial Señora, Santa María de Guadalupe, esperanza nuestra, nos auxilie con su intercesión, a fin de que podamos responder a la misión de ser testigos del Señor en el mundo y de anunciarlo con alegría y amor.

Amén.

 
 
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