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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el II Domingo de Pascua.

30 de marzo de 2008

¡SEÑOR DE LA PAZ ESTÁ VIVO ENTRE NOSOTROS!

Mis amados hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la octava de la Pascua. Durante toda esta semana se prolongado el domingo de la Pascua de Resurrección como si de un único día se tratara.

¡El Señor vive! ¡Vive en medio de nosotros y nos da su Espíritu! 

Esta es la convicción de fe que nos trae cada domingo a celebrar la Pascua, su pascua y nuestra pascua. Cada domingo, como día del Señor Resucitado, el pueblo se congrega como lo hicieron los apóstoles el primer día después de la Resurrección y aquí, como en aquella primera ocasión, también el Señor se hace presente para darnos, con su Espíritu, los dones de la salvación y, de una manera especial, el de la Paz como fruto inmediato de su misterio pascual.

Hemos escuchado, hermanos, y seguiremos escuchando estos domingos de Pascua, las diversas ocasiones y los diferentes modos que tuvieron los apóstoles para anunciar el mensaje central de la fe cristiana: la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús el Hijo de Dios. Éste fue el anuncio primordial y el fundamento de la adhesión de los primeros discípulos a este nuevo modo de creer en Dios. La Iglesia no lo olvida y no cesa de anunciar de variadas formas este misterio del amor de Dios que sucedió en la persona de Cristo.

La primera lectura nos transmite lo que san Lucas vivió en los primeros años de la expansión del mensaje cristiano. Nos habla de la difusión y del crecimiento de una comunidad que se reúne para la escuchar asiduamente la palabra de los apóstoles, testigos calificados del acontecimiento salvador. Pero, además, también esos primeros cristianos, viven en profunda concordia compartiendo lo que tienen, así como su fe y esperanza mediante la oración, especialmente la Eucaristía a la cual alude san Lucas con la expresión 'la fracción del pan'. Es así como el grupo de creyentes vivían en  comunión perfecta o koinonía.

Estos hermanos cristianos de la primera generación, como nosotros ahora a más de veinte siglos, no vieron a Jesús, como dice san Pedro, en la segunda lectura. Sin embargo, creemos en Él y lo amamos, y por eso, nos alegramos con la esperanza de alcanzar la salvación, meta de nuestra fe, como indica el Apóstol.

Mis hermanos, en el evangelio de san Juan, que hoy hemos escuchado, Jesús alabó con una bienaventuranza, la fe que profesamos en Jesucristo sin haberlo visto. Eso es un riesgo. De hecho, hermanos, la fe implica un alto riesgo, pues nosotros no tocamos ni vemos, sino aceptamos en el riesgo de la fe lo que se nos anuncia en la Iglesia a partir del testimonio apostólico.

Pero tal vez, muchos de nosotros, todavía nos sentimos identificados con el apóstol Tomás, pues todavía no podemos prescindir, para creer, de signos externos para aceptar la obra de Dios. Tal vez todavía necesitamos ver y tocar para creer. ¡Ver para creer!, solemos decir frecuentemente, Pero, entonces, mis hermanos, eso no es fe. Es un deseo tal vez racionalista de controlar y de tener dominio sobre lo que se nos ofrece en el misterio. ¡Claro que lo que creemos es para entenderlo! La razón y la fe no se oponen. Pero el misterio pide de entrada ser creído; aceptado en la fe. Después tenemos toda la vida para ir saboreando y comprendiendo a partir de aceptar en la humildad el misterio y de vivirlo en el amor a Dios y a los hermanos.

Mis queridos hermanos, la asamblea dominical es una reunión a la que convoca el Señor resucitado para darnos las señales de su presencia entre nosotros y en la vida de cada uno de los miembros de su familia. El se hace presente en la congregación misma de su pueblo, en su Palabra, en las especies eucarísticas del pan y del vino, en el sacerdote que preside la celebración; en este tiempo de  Pascua se hace sensible a la vista en el cirio pascual con su luz viva que difunde su luz en el templo. ¡El es el centro de cada uno de nosotros, de la Iglesia y del mundo!

 Y cuando Jesús resucitado se hace presente, nos participa junto con su Espíritu de su misión, de sus poderes y de su propia vida. Esta es la riqueza del domingo que no logramos valorar  suficientemente los católicos. A la luz de este segundo domingo de Pascua convendría que revisáramos las formas y la profundidad de nuestra participación en la Eucaristía.

Pero también es conveniente que consideremos cómo vivimos el misterio de la Eucaristía en la vida diaria. Hemos escuchado que Jesús con su presencia trae la paz, como don y consecuencia de la redención, pues con su obra salvadora nos da la reconciliación con Dios, con el cosmos y con  nuestros hermanos. La paz, la verdadera paz es, en primer lugar, don de Dios. Es, entonces, la que procede de Dios, la única que puede crear un ambiente de relaciones sinceras y profundas con Dios y con todos. Pero la paz es también la seguridad frente a los temores que nos asaltan en la vida. ¡Donde hay amor no hay temor! Y Jesús está en medio de la asamblea mostrando y haciendo operativo, dinámico y fecundo el amor del Padre.

Quiera nuestra Muchachita y Celestial Señora de Guadalupe asistirnos con su intercesión para que, como ella, podamos crecer en la comprensión de este misterio del amor de Dios y lo vivamos alegremente como testimonio para el mundo. Amén.
 
 
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