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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IV Domingo de Cuaresma.

2 de marzo de 2008
“Día de la Familia”

UN PROCESO DE ILUMINACIÓN BAUTISMAL

Muy queridos hermanos y hermanas, todos: la gracia de Dios sigue acompañándonos en este camino cuaresmal hacia la Pascua, y hoy nos ilumina una vez más con su Palabra, la escrita, y la viva que es una persona: su Hijo Jesucristo que, como luz verdadera, disipa las tinieblas de nuestros pecados en las que estamos sumergidos por nuestra ceguera espiritual. 

El evangelio de este domingo, notablemente más largo que de costumbre es, mis hermanos, una verdadera catequesis bautismal, tan completa y tan cuidada por el evangelista, que sólo bastaría repasarlo para obtener de él, por medio de la escucha y la contemplación, todo el provecho espiritual con que nos bendice el Señor. Los invito a que todos hagamos este ejercicio, de preferencia en familia, de preferencia en casa, y nos dejemos iluminar por él en este camino de conversión que es la cuaresma.

Y aunque el texto sagrado del evangelio es el más importante en el esquema de lecturas que nos presenta la liturgia cada domingo, y hoy no es excepción, vale la pena atender al mensaje de la primera lectura y ver cómo arroja una luz especial en la comprensión del Evangelio. De esta manera, mis amados hermanos y hermanas, podemos profundizar más en el mensaje que Jesús dirige hoy a la Iglesia.

Así, pues, en el texto de la primera lectura, tomada del primer libro de Samuel, encontramos a David como figura que, en su historia misma, desde de su aparición en el escenario de la historia de salvación, se irá perfilando cada vez más como la imagen y el anuncio del Mesías. La imagen de David como figura del Mesías es el resultado de todo un proceso que va reuniendo en su persona todas las características propias que sólo hallarán su plena realización en Jesús, en el Mesías de Dios.

Tenemos en David, por ejemplo, en primer lugar, que su elección y consagración como rey, es obra de una decisión soberana del Dios y Señor de la historia. En efecto, no elige al primogénito ni al de mejor presencia, descarta a Saúl para sustituirlo por quien Él elige. Así es el Mesías, mis amados hermanos, así es Jesús: no está en los planes humanos, no responde a las expectativas de los que creen saber todo y dominarlo todo, como sucedía con los dirigentes judíos de tiempos de Jesús, y que aparecen muy bien caracterizados en la narración Evangelio de hoy.

Para ver al verdadero Mesías, al de Dios, no a cualquier impostor, es necesario hacer el recorrido, que es toda una experiencia, como el que hace el ciego de nacimiento. Es necesario aceptar la propia situación de pobreza, necesidad y carencia para vivir en la plenitud. El indigente material y espiritual ha de obedecer si quiere salir de esa situación. El cumplimiento de lo que se le ordena lo lleva a experimentar en sí mismo la obra bienhechora y misericordiosa de Dios, de manera que se va transformando paulatinamente en discípulo, hasta llegar a reconocerlo y confesarlo como Salvador culminando con la adoración. ¡Un verdadero proceso de fe, mis amdos hermanos y hermanas.!

La fe es un don que se acepta en la libertad y en el riesgo, es luz en la incertidumbre de las evidencias. Ni David, ni el ciego sabían lo que vendría; simplemente se pusieron en camino para hacer lo que Dios  pidió a David y Jesús al ciego. No conviene que en este proceso de fe nos pongamos a hacer cálculos, a medir fuerzas, a prever situaciones, lo único necesario, mis hermanos, no lo olvidemos, lo único necesario es dejarse llevar por Dios. En este campo del crecimiento en la fe debemos hacer a un lado cualquier expectativa. La fe no se puede medir; crece según me entrego totalmente a Dios y dejo que Él obre en mí. Eso es lo que hace el ciego frente a Jesús. Pero hay que ver también que corre el mismo riesgo de Jesús: será mal visto, echado de la sinagoga y tachado de pecador; y, tal vez, si así lo dispusiera Dios, hasta tendríamos que dar testimonio con la propia vida, como Jesús en la cruz. ¡Eso, mis amados hermanos, sería un gran don!

Decía, nuestro querido Beato Miguel Agustín Pro en el momento de la persecución religiosa, que él se estaba exponiendo realizando generosamente su tarea y su misión, cuando le decían: cuídate, porque te pueden matar. El decía: "La miel no se hizo para Miguel". Miren, mis amados hermanos, dar testimonio con la propia vida, como Jesús en la cruz, eso sería un gran don, no cabe duda.

En este día, hermanos, en que  celebramos la jornada de la familia, convendría que nos diéramos la oportunidad, ya en casa, de dejarnos iluminar, como familia, por la Palabra, que hoy hemos escuchado; de manera que ella nos examine acerca de nuestra docilidad a la fe que se nos ha dado y la cual hemos de mantener como valor principal y fundamental en la familia. Las tinieblas de esta sociedad en la que vivimos no podrán despejarse desde las estructuras políticas o económicas, o por decreto de tal autoridad, sino desde la fe, que tiene su mejor ambiente de desarrollo en el seno familiar. Jesús, nuestra luz, es el único que puede hacernos ver lo que Él quiere y como él quiere que veamos. Sólo así podremos ser auténticos discípulos suyos.  

Dios en su misterio más íntimo, mis hermanos, es una familia, por eso Dios es la fuente y es el ideal de toda familia. Dice, Pablo, en la Carta a los Efesios: "Doblo mis rodillas ante el Padre de quien toma nombre de toda familia en el cielo y en la tierra". Dios es la más plena y perfecta comunidad de vida y amor, no es solitario e individualista, en Él encontramos un amor paterno, materno, Dios es padre, madre, porque trasciende nuestra sexualidad, hay un amor filial, engendrado y entregado por entero al Dios origen y meta de todo el Verbo de Dios. Hay un amor de abrazo y lazo de unión que es el Espíritu Santo, así decimos que Dios es amor, que Dios es comunión, que Dios es vida. Si el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios su verdadera identidad y perfección hay que buscarla en la dimensión de apertura al otro, de encuentro amistoso y familiar, de comunión espiritual. No decía, nuestro amado y recordado Juan Pablo II: Especialmente la familia es consorcio. "La familia tiene la misión de llegar a ser cada vez más lo que es el proyecto de Dios, comunidad de vida y de amor. Refleja el amor de Dios a la humanidad y el amor de Dios a la Iglesia su esposa". Es ese amor el que lleva al don de la vida a los hijos y empuja a la solidaridad y a la comunión con las demás familias.

El Papa Benedicto XVI, recoge, también, esta enseñanza de su antecesor, con motivo del Encuentro Mundial de las Familias, en Valencia y es ahí donde anuncia que en el 2009 será la Arquidiócesis de México la sede del siguiente encuentro. El Papa decía allá en Valencia: "Todos los pueblos para dar un rostro verdaderamente humano a la sociedad, no pueden ignorar el bien precioso de la familia". No pueden ignorar el bien precioso de la familia, fundada sobre el matrimonio, hombre y mujer, no andamos con disparates. Miren la familia, dice, el Papa: es patrimonio y bien común de la humanidad, el matrimonio y la familia son insustituibles y no admiten otras alternativas.

Mis amados hermanos, pongamos en corazón de nuestra Morenita a todas las familias, que con la ayuda de nuestra Muchachita, Celestial Señora y Madre de Guadalupe podemos caminar seguros hacia lo que el Señor nos promete en la Pascua y a la que nos conduce esta Cuaresma.

Que así sea, mis amdos hermanos.

 
 
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