UN PROCESO DE ILUMINACIÓN BAUTISMAL
Muy queridos hermanos y hermanas, todos: la gracia de Dios
sigue acompañándonos en este camino cuaresmal hacia la Pascua,
y hoy nos ilumina una vez más con su Palabra, la escrita, y la
viva que es una persona: su Hijo Jesucristo que, como
luz verdadera, disipa las tinieblas de nuestros pecados en las
que estamos sumergidos por nuestra ceguera espiritual.
El evangelio de este domingo, notablemente más largo que de
costumbre es, mis hermanos, una verdadera catequesis bautismal,
tan completa y tan cuidada por el evangelista, que sólo bastaría
repasarlo para obtener de él, por medio de la escucha y la contemplación,
todo el provecho espiritual con que nos bendice el Señor. Los
invito a que todos hagamos este ejercicio, de preferencia en familia,
de preferencia en casa, y nos dejemos iluminar por él en este
camino de conversión que es la cuaresma.
Y aunque el texto sagrado del evangelio es el más importante
en el esquema de lecturas que nos presenta la liturgia cada domingo,
y hoy no es excepción, vale la pena atender al mensaje de la
primera lectura y ver cómo arroja una luz especial en la comprensión
del Evangelio. De esta manera, mis amados hermanos y hermanas,
podemos profundizar más en el mensaje que Jesús dirige hoy
a la Iglesia.
Así, pues, en el texto de la primera lectura, tomada del primer
libro de Samuel, encontramos a David como figura que, en
su historia misma, desde de su aparición en el escenario de la
historia de salvación, se irá perfilando cada vez más como
la imagen y el anuncio del Mesías. La imagen de David como
figura del Mesías es el resultado de todo un proceso que
va reuniendo en su persona todas las características propias que
sólo hallarán su plena realización en Jesús, en el Mesías de
Dios.
Tenemos en David, por ejemplo, en primer lugar, que su elección
y consagración como rey, es obra de una decisión soberana del
Dios y Señor de la historia. En efecto, no elige al primogénito
ni al de mejor presencia, descarta a Saúl para sustituirlo por
quien Él elige. Así es el Mesías, mis amados hermanos,
así es Jesús: no está en los planes humanos, no responde a
las expectativas de los que creen saber todo y dominarlo todo,
como sucedía con los dirigentes judíos de tiempos de Jesús, y
que aparecen muy bien caracterizados en la narración Evangelio
de hoy.
Para ver al verdadero Mesías, al de Dios, no a cualquier impostor,
es necesario hacer el recorrido, que es toda una experiencia,
como el que hace el ciego de nacimiento. Es necesario aceptar
la propia situación de pobreza, necesidad y carencia para vivir
en la plenitud. El indigente material y espiritual ha de obedecer
si quiere salir de esa situación. El cumplimiento de lo que
se le ordena lo lleva a experimentar en sí mismo la obra bienhechora
y misericordiosa de Dios, de manera que se va transformando
paulatinamente en discípulo, hasta llegar a reconocerlo y confesarlo
como Salvador culminando con la adoración. ¡Un verdadero proceso
de fe, mis amdos hermanos y hermanas.!
La fe es un don que se acepta en la libertad y en el riesgo, es luz en
la incertidumbre de las evidencias. Ni David, ni el ciego
sabían lo que vendría; simplemente se pusieron en camino para
hacer lo que Dios pidió a David y Jesús al ciego. No conviene
que en este proceso de fe nos pongamos a hacer cálculos, a medir
fuerzas, a prever situaciones, lo único necesario, mis hermanos,
no lo olvidemos, lo único necesario es dejarse llevar
por Dios. En este campo del crecimiento en la fe debemos hacer
a un lado cualquier expectativa. La fe no se puede medir; crece
según me entrego totalmente a Dios y dejo que Él obre en mí.
Eso es lo que hace el ciego frente a Jesús. Pero hay que ver también
que corre el mismo riesgo de Jesús: será mal visto, echado
de la sinagoga y tachado de pecador; y, tal vez, si así lo
dispusiera Dios, hasta tendríamos que dar testimonio con la
propia vida, como Jesús en la cruz. ¡Eso, mis amados hermanos,
sería un gran don!
Decía,
nuestro querido Beato Miguel Agustín Pro en el momento
de la persecución religiosa, que él se estaba exponiendo
realizando generosamente su tarea y su misión, cuando le
decían: cuídate, porque te pueden matar.
El decía: "La miel no
se hizo para Miguel". Miren,
mis amados hermanos, dar testimonio con la propia vida, como Jesús
en la cruz, eso sería un gran don, no cabe duda.
En este día, hermanos, en que celebramos la jornada de
la familia, convendría que nos diéramos la oportunidad, ya
en casa, de dejarnos iluminar, como familia, por la Palabra,
que hoy hemos escuchado; de manera que ella nos examine acerca
de nuestra docilidad a la fe que se nos ha dado y la cual
hemos de mantener como valor principal y fundamental en la familia.
Las tinieblas de esta sociedad en la que vivimos no podrán despejarse
desde las estructuras políticas o económicas, o por decreto
de tal autoridad, sino desde la fe, que tiene su mejor ambiente
de desarrollo en el seno familiar. Jesús, nuestra luz, es el único
que puede hacernos ver lo que Él quiere y como él quiere que
veamos. Sólo así podremos ser auténticos discípulos suyos.
Dios
en su misterio más íntimo, mis hermanos, es una
familia, por eso Dios es la fuente y es el ideal de toda familia.
Dice, Pablo, en la Carta a los Efesios: "Doblo mis rodillas
ante el Padre de quien toma nombre de toda familia en el cielo
y en la tierra". Dios es la más plena y perfecta
comunidad de vida y amor, no es solitario e individualista, en
Él encontramos un amor paterno, materno, Dios es padre,
madre, porque trasciende nuestra sexualidad, hay un amor filial,
engendrado y entregado por entero al Dios origen y meta de todo
el Verbo de Dios. Hay un amor de abrazo y lazo de unión
que es el Espíritu Santo, así decimos que Dios es
amor, que Dios es comunión, que Dios es vida. Si el hombre
está hecho a imagen y semejanza de Dios su verdadera identidad
y perfección hay que buscarla en la dimensión de
apertura al otro, de encuentro amistoso y familiar, de comunión
espiritual. No decía, nuestro amado y recordado Juan Pablo
II: Especialmente la familia es consorcio. "La familia
tiene la misión de llegar a ser cada vez más lo
que es el proyecto de Dios, comunidad de vida y de amor. Refleja
el amor de Dios a la humanidad y el amor de Dios a la Iglesia
su esposa". Es ese amor el que lleva al don de la vida
a los hijos y empuja a la solidaridad y a la comunión con
las demás familias.
El
Papa Benedicto XVI, recoge, también, esta enseñanza
de su antecesor, con motivo del Encuentro Mundial de las Familias,
en Valencia y es ahí donde anuncia que en el 2009 será
la Arquidiócesis de México la sede del siguiente
encuentro. El Papa decía allá en Valencia: "Todos
los pueblos para dar un rostro verdaderamente humano a la sociedad,
no pueden ignorar el bien precioso de la familia". No
pueden ignorar el bien precioso de la familia, fundada sobre el
matrimonio, hombre y mujer, no andamos con disparates. Miren la
familia, dice, el Papa: es patrimonio y bien común de la
humanidad, el matrimonio y la familia son insustituibles y no
admiten otras alternativas.
Mis
amados hermanos, pongamos en corazón de nuestra Morenita
a todas las familias, que con la ayuda de nuestra Muchachita, Celestial Señora y Madre de Guadalupe podemos caminar
seguros hacia lo que el Señor nos promete en la Pascua y a
la que nos conduce esta Cuaresma.
Que así sea, mis amdos hermanos.