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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IV Domingo Ordinario.

3 de febrero de 2008

UNA MANERA DIFERENTE DE SER FELIZ

Muy amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Mis amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, muy queridos hermanos en el Ministerio Sacerdotal, diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.

Los criterios del evangelio, mis amados hermanos, no son los del mundo, afortunadamente. La gracia de Dios está muy por encima de nuestros proyectos y de nuestra capacidad de comprensión. Sólo por la fe podemos llegar a comprender la grandeza de su misericordia y llegar a tener la experiencia de una felicidad fundada en valores diferentes de los que nos propone el mundo. Pidamos al Espíritu Santo que nos dé la luz necesaria para lograrlo y la fuerza para realizar lo que entendemos.

Antes de entrar en la cuaresma, mis hermanos, tenemos este domingo un tema de capital importancia en la enseñanza de Jesús; podríamos decir que es determinante tenerla en cuenta para entender prácticamente toda su doctrina. Ojalá no la olvidemos para cuando volvamos a retomar el evangelio de san Mateo, después del tiempo de Pascua.

Decimos que es importante porque los valores que entrañan las bienaventuranzas son la base de las exigencias del Reino. Por eso hoy conviene que las apreciemos lo mejor que podamos, incluso para tenerlas presentes en la cuaresma a la que vamos a entrar este miércoles próximo. Si lo hacemos, podremos entender con mayor profundidad las exigencias de la conversión a la que nos llama el tiempo de la cuaresma.

Las bienaventuranzas están estrechamente relacionadas con el Reino de Dios, o como dice san Mateo, de los Cielos. Nos piden actitudes nuevas y muy diferentes de la lógica humana común. Es por eso que, como he señalado antes, hemos de pedir con mucha humildad la gracia del Espíritu para comprenderlas, para vivirlas.

Mis amados hermanos y hermanas, el tema de las bienaventuranzas no lo improvisó Jesús en su enseñanza, no es un tema nuevo. Es nueva la profundidad con la que la enseña y la aplica en la vida de sus discípulos, o de los que quieren ser discípulos del Señor Jesús. En la primera lectura tenemos, mis amados hermanos, la prueba de esto que acabo de señalar, pues, el profeta Sofonías, en el siglo VII a.C. (entre 640 y 630), emplea un lenguaje muy especial para referirse a los creyentes en los momentos más graves de la fuerte crisis religiosa, política, económica y social por la que empezaba la catástrofe en Judá y que habría de terminar con la deportación de toda su población a Babilonia en el año 587.

A ellos se dirige el profeta Isaías invitándolos a ser humildes, sencillos pobres de manera que, confiando sólo en el Señor su Dios y Padre, puedan verse libres del castigo -que el profeta identifica como 'el día del Señor'- y que se avecina sobre el pueblo rebelde, engreído e idólatra. Este grupo de creyentes es identificado por Sofonías como 'el pequeño resto' de fieles rectos y sencillos que confían sólo en Dios y que serán, por parte de Dios, la señal de la misericordia y la señal de la fidelidad divinas. Este pequeño resto de creyentes será, entonces, el origen de una nueva humanidad a la vez que la señal de la irrevocable voluntad salvadora de Dios para su pueblo.

Como decíamos, mis hermanos, Dios no se mueve por criterios humanos; y aunque parezca inútil decirlo, es necesario tenerlo muy en cuenta a la hora de vivir la fe en Jesucristo, el Señor a la hora de decidirnos a seguirlo y a vivir radicalemente el Evangelio. Él quiere que entendamos, mis queridos hermanos, que para ser discípulos suyos es necesario cambiar nuestra manera de pensar y de ser. Nos está diciendo, en otras palabras, que la lógica humana no es la lógica de Dios. Es decir, que no nos hace verdaderamente felices lo que el mundo piensa. La enseñanza de este domingo es un no al apego y a la confianza absoluta a las riquezas, un no rotundo a la fama, al prestigio, al poder, un no rotundo a los apegos afectivos que esclavizan o dan falsas seguridades; se trata de un no a la autosuficiencia. Jesús quiere decir que nos veamos libres de todo lo que impide seguirlo radicalmente, para poner totalmente la confianza en un Dios y Padre que se ocupa de nosotros dándonos lo que a Él le parece bien concedernos. 

La pobreza, mis amados hermanos, la pobreza de la primera bienaventuranza expresada todo esto que acabamos de señalar. Miren las otras siete se entienden mejor si logramos interiorizar el sentido de la primera. Por eso, mis hermanos, es preciso, además, que entendamos que la expresión 'de espíritu'  no tiene nada que ver con lo que falsamente se entiende de una manera ideológica. Entenderlo así ha hecho mucho daño a mucha gente porque permite desentenderse de las responsabilidades sociales en el mundo en el que vivimos  y que la fe cristiana exige. Así, se llega a decir que lo importante es una pobreza interior aunque no se refleje en lo externo, o bien, que no nos debe importar pasar por necesidades y carencias en esta vida, puesto que en cielo lo tendremos todo, aguantate, sugre aquí, al fin que vas a ganar el cielo, no, mis amados hermanos, no, esa no es la enseñanza de Jesús. Repito, hermanos, pretender entenderlo así, es ideologizar el Evangelio.

Pertenecer al Reino, nos dice Jesús, es algo que al tiempo que es un don es  también, por parte del creyente, algo que puede alcanzar en la libertad; es un quehacer cotidiano, es por lo que puede optar de un manera comprometidamente radical, de una manera comprometidamente radical; es algo que se elige libremente y desde lo más profundo del ser. Esto es lo que significa 'de espíritu' o mejor, 'en o desde el espíritu', de manera que podemos leer: felices quienes son pobres desde el espíritu, es decir, felices y con amor, quienes deciden ser pobres, lo cual implica una opción en la libertad y en al amor.

Las bienaventuranzas, en fin, nos revelan, mis hermanos, la importancia de vivir la fe, no como un conjunto de obligaciones y de observancia de ritos y costumbres de carácter religioso, sino desde actitudes asumidas en la libertad y el amor.

Pidamos a nuestra Muchachita y Celestial Señora que nos asista con su intercesión para alcanzarnos la gracia del Espíritu para entender cada día mejor esto y la fuerza para ponerlo, como ella, en práctica.

 Que así sea, mis amados hermanos.

 

 
 
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