UNA MANERA DIFERENTE DE SER FELIZ
Muy amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Mis
amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, muy queridos
hermanos en el Ministerio Sacerdotal, diáconos, capellanes,
Cabildo de Guadalupe.
Los criterios del evangelio, mis amados hermanos, no son los
del mundo, afortunadamente. La gracia de Dios está muy por
encima de nuestros proyectos y de nuestra capacidad de comprensión.
Sólo por la fe podemos llegar a comprender la grandeza de su misericordia
y llegar a tener la experiencia de una felicidad fundada en valores
diferentes de los que nos propone el mundo. Pidamos al Espíritu
Santo que nos dé la luz necesaria para lograrlo y la fuerza para
realizar lo que entendemos.
Antes de entrar en la cuaresma, mis hermanos, tenemos
este domingo un tema de capital importancia en la enseñanza de
Jesús; podríamos decir que es determinante tenerla en cuenta para
entender prácticamente toda su doctrina. Ojalá no la olvidemos
para cuando volvamos a retomar el evangelio de san Mateo, después
del tiempo de Pascua.
Decimos que es importante porque los valores que entrañan
las bienaventuranzas son la base de las exigencias del Reino.
Por eso hoy conviene que las apreciemos lo mejor que podamos,
incluso para tenerlas presentes en la cuaresma a la que vamos
a entrar este miércoles próximo. Si lo hacemos, podremos entender
con mayor profundidad las exigencias de la conversión a la
que nos llama el tiempo de la cuaresma.
Las bienaventuranzas están estrechamente relacionadas con el
Reino de Dios,
o como dice san Mateo, de los Cielos. Nos piden actitudes nuevas
y muy diferentes de la lógica humana común. Es por eso que,
como he señalado antes, hemos de pedir con mucha humildad la gracia
del Espíritu para comprenderlas, para vivirlas.
Mis
amados hermanos y hermanas, el tema de las bienaventuranzas no lo improvisó Jesús
en su enseñanza, no es un tema nuevo. Es nueva la profundidad
con la que la enseña y la aplica en la vida de sus discípulos,
o de los que quieren ser discípulos del Señor Jesús.
En la primera lectura tenemos, mis amados hermanos, la prueba
de esto que acabo de señalar, pues, el profeta Sofonías,
en el siglo VII a.C. (entre 640 y 630), emplea un lenguaje
muy especial para referirse a los creyentes en los momentos más
graves de la fuerte crisis religiosa, política, económica y social
por la que empezaba la catástrofe en Judá y que habría de terminar
con la deportación de toda su población a Babilonia en el año
587.
A ellos se dirige el profeta Isaías invitándolos a
ser humildes, sencillos pobres de manera que, confiando sólo en
el Señor su Dios y Padre, puedan verse libres del castigo
-que el profeta identifica como 'el día del Señor'- y que se avecina
sobre el pueblo rebelde, engreído e idólatra. Este grupo de creyentes
es identificado por Sofonías como 'el pequeño resto' de fieles
rectos y sencillos que confían sólo en Dios y que serán, por
parte de Dios, la señal de la misericordia y la señal
de la fidelidad divinas. Este pequeño resto de creyentes será,
entonces, el origen de una nueva humanidad a la vez que
la señal de la irrevocable voluntad salvadora de Dios para su
pueblo.
Como decíamos, mis hermanos, Dios no se mueve por criterios
humanos; y aunque parezca inútil decirlo, es necesario
tenerlo muy en cuenta a la hora de vivir la fe en Jesucristo,
el Señor a la hora de decidirnos a seguirlo y a vivir radicalemente
el Evangelio. Él quiere que entendamos, mis queridos hermanos,
que para ser discípulos suyos es necesario cambiar nuestra
manera de pensar y de ser. Nos está diciendo, en otras palabras,
que la lógica humana no es la lógica de Dios. Es
decir, que no nos hace verdaderamente felices lo que el mundo
piensa. La enseñanza de este domingo es un no al apego y a
la confianza absoluta a las riquezas, un no rotundo a la fama,
al prestigio, al poder, un no rotundo a los apegos afectivos
que esclavizan o dan falsas seguridades; se trata de un no a la
autosuficiencia. Jesús quiere decir que nos veamos libres
de todo lo que impide seguirlo radicalmente, para poner totalmente
la confianza en un Dios y Padre que se ocupa de nosotros dándonos
lo que a Él le parece bien concedernos.
La pobreza, mis amados hermanos, la pobreza de la primera bienaventuranza expresada todo esto que acabamos
de señalar. Miren las otras siete se entienden mejor
si logramos interiorizar el sentido de la primera. Por eso,
mis hermanos, es preciso, además, que entendamos que la expresión
'de espíritu' no tiene nada que ver con lo que falsamente
se entiende de una manera ideológica. Entenderlo así ha hecho
mucho daño a mucha gente porque permite desentenderse de las
responsabilidades sociales en el mundo en el que vivimos
y que la fe cristiana exige. Así, se llega a decir que lo importante
es una pobreza interior aunque no se refleje en lo externo,
o bien, que no nos debe importar pasar por necesidades y carencias
en esta vida, puesto que en cielo lo tendremos todo, aguantate,
sugre aquí, al fin que vas a ganar el cielo, no, mis amados
hermanos, no, esa no es la enseñanza de Jesús.
Repito, hermanos, pretender entenderlo así, es ideologizar
el Evangelio.
Pertenecer al Reino, nos dice Jesús, es algo que al tiempo
que es un don es también, por parte del creyente, algo
que puede alcanzar en la libertad; es un quehacer cotidiano,
es por lo que puede optar de un manera comprometidamente radical,
de una manera comprometidamente radical; es algo que se elige
libremente y desde lo más profundo del ser. Esto es lo que
significa 'de espíritu' o mejor, 'en o desde el espíritu',
de manera que podemos leer: felices quienes son pobres desde el
espíritu, es decir, felices y con amor, quienes deciden ser pobres,
lo cual implica una opción en la libertad y en al amor.
Las bienaventuranzas, en fin, nos revelan, mis hermanos, la
importancia de vivir la fe, no como un conjunto de obligaciones
y de observancia de ritos y costumbres de carácter religioso,
sino desde actitudes asumidas en la libertad y el amor.
Pidamos a nuestra Muchachita y Celestial Señora que nos
asista con su intercesión para alcanzarnos la gracia del Espíritu
para entender cada día mejor esto y la fuerza para ponerlo, como
ella, en práctica.
Que así sea, mis amados hermanos.