EL SEÑOR ES PASTOR Y PUERTA DE LAS
OVEJAS
Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Mis
amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, muy queridos
hermanos diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.
La alegría pascual sigue inundando nuestra vida con la luz
de su misterio inagotable que se expresa en la diversidad de imágenes y figuras que en la tradición
bíblica abundan y que el Señor Jesús asumió y perfeccionó con
su misterio y su obra salvadora. Éste es el caso de dos imágenes
que Jesús emplea hoy en el evangelio que acabamos de proclamar
de san Juan: el pastor y la puerta del redil.
La primera figura está profundamente enraizada en la tradición
bíblica, ya que es una imagen a la cual se recurre con mucha
frecuencia para referirse a Dios, así como a los responsables
de conducir al pueblo en nombre de Dios. Es un recurso muy presente,
especialmente, en la literatura profética, pero también
en la oración, como es el caso del salmo 22 que, refiriéndose
a Jesucristo, hemos proclamado hoy con alegría, esperanza y
amor.
Jesús, mis queridos hermanos, superó en mucho lo que se había dicho de Dios
como pastor en el Antiguo Testamento. Para nosotros los cristianos
Jesús es Pastor, pero también es el Cordero, el Cordero
Pascual, esto es muy importante, no desligar al pastor del cordero,
porque sólo se puede ser pastor si se es cordero, también, si
se está dispuesto a la entrega, a la donación como el Señor Jesús.
Aquí tenemos, como decía yo al empezar esta reflexión, un ejemplo
claro de esa riqueza en la diversidad de imágenes y que hasta
en algún momento pueden parecer contradictorias. Sin embargo,
mis hermanos, aunque parecen crear confusión, debemos reconocer
que son imágenes que corresponde a diferentes planos o aspectos
la relación íntima con Dios que se nos revela y se realiza en
nuestro Jesucristo.
Y es cierto, queridos hermanos, como Cordero Pascual
lo relacionamos con su sacrificio en la cruz, con su sacrificio
agradable a Dios, único e irrepetible, por el cual nos reconcilió
con su Padre. Pero como Pastor, mis queridos hermanos,
Él mismo se proclama y nosotros los aceptamos en el amor y
en obediencia, como nuestro guía, como nuestro jefe, como
Señor único.
Él nos conduce con la autoridad de Dios esclareciéndonos su
verdadero sentido. Miren, mis amados hermanos y hermanas, en
la vida moderna no nos gusta la autoridad porque ésta se ha
devaluado demasiado en todos los ámbitos de la vida social, sin
dejar a parte, por desgracia, la autoridad en la Iglesia y en
la familia. Y sin embargo, mis queridos hermanos, parece que
Jesús cuenta con ella, la da por supuesta, pero la desacraliza
y la relativiza mucho asimilándola al servicio. Lo dijo de
muchas maneras, pero sobre todo lo mostró con su vida misma de
entrega desinteresada desde el principio hasta el fin de su vida,
es ahí donde, insisto, no se puede ser pastor, sino se es también
cordero.
"Jesús afirma su autoridad, la que había recibido del
Padre. Es la puerta y el pastor. No es el ladrón ni el mercenario. ¿En qué se le nota? En
que ama y sirve desinteresadamente. En que establece una relación
personal e interpersonal, puesto que conoce a sus ovejas y
éstas le conocen a Él. En que Él va por delante, en el
doble sentido: de que hace lo que dice a los suyos y de que se
compromete enteramente a cumplir la tarea que se le ha encomendado"
(J. Garrido, Seguir a Jesús en la vida ordinaria con las lecturas
del domingo, Estella 1994, p.92).
Mis amados hermanos y hermanas, a la luz del Buen Pastor, Cristo
Jesús, este domingo dedicamos nuestra atención a pedir por
las vocaciones al ministerio sacerdotal, tal la contemplamos en
Cristo Jesús, tal como Jesús nos inspira y nos amina con su presencia,
con su Espíritu. Los ministros ordenados ejercen la autoridad
en nombre y en la persona de Cristo. Es muy importante, mis hermanos,
que valoremos su servicio en la Iglesia y caigamos en la cuenta
de que los necesitamos y de que por eso debemos todos
promover la vocación al sacerdocio especialmente en el seno de
la familia. Ojala que tu papá, mamá hoy le digas al Señor;
toma uno de mis hijos para tu servicio, Virgencita de Guadalupe
anima a una de mis hijas, de mis hijos que se consagren a ti.
Mis hermanos urgen las vocaciones sacerdotes y religiosas, urgen
hombres y mujeres decididos a ser testigos de Cristo; valientes,
la proclamación del Evangelio.
Pero también es muy importante de que nos empeñemos todos en
que el ejercicio del sacerdote, con todo lo que implica
hoy por hoy, sea cada vez más acorde al de Jesús, pidámosle
al Señor que nos de sacerdotes según el corazón de Cristo, sí
sacerdotes acordes al sacerdocio de Jesús, pero también a las
necesidades y situaciones tan diversas de nuestro tiempo.
Especialmente, me parece, mis queridos hermanos, importante y
cada vez más apremiante, que el servicio sea cada vez más orientado
a las personas concretas y no a las masas y mucho menos al servicio
de la institución por ella misma. La institución es importante
y hasta necesaria, pero no es intocable y absoluta. Por lo mismo
es muy conveniente que todos estemos atentos a que los sacerdotes
ejerzamos este servicio en el amor, en el mayor desinterés y en
la máxima libertad. Así como Jesús que da la vida por sus
ovejas.
Finalmente, mis queridos hermanos, veamos la Eucaristía
como el momento donde Jesús ejerce con mayor claridad y
eficacia su autoridad: mediante su Palabra y en el don de su cuerpo
y de su sangre sacramentales. Es en ella donde Él nos habla
y nos escucha en su cercanía sacramental. Él se da todo gratuitamente
como luz y como fuerza para el camino. Es en ese momento en
el que Jesús se hace solidario y compañero del camino. Es entonces
donde, con Él, por Él y con Él nos ofrecemos al Padre en la
alabanza, la gratitud y la gloria que se sólo a Él se debe.
Por eso también Jesús, mis hermanos y hermanas, es puerta. Porque
a través de Él, y sólo a través de Él, entramos a la intimidad
con el Padre como hijos suyos y como hermanos.
Quiera nuestra muchachita y Dulce Señora, permanecer siempre
con nosotros en la contemplación de estos misterios pascuales
a fin de nos ayude con su alegría a alabar y a agradecer a Dios
tan grandes dones.
Que así sea, mis amados hermanos.