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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IV Domingo de Pascua.

13 de abril de 2008

EL SEÑOR ES PASTOR Y PUERTA DE LAS OVEJAS

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Mis amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, muy queridos hermanos diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.

La alegría pascual sigue inundando nuestra vida con la luz de su misterio inagotable que se expresa en la diversidad de imágenes y figuras que en la tradición bíblica abundan y que el Señor Jesús asumió y perfeccionó con su misterio y su obra salvadora. Éste es el caso de dos imágenes que Jesús emplea hoy en el evangelio que acabamos de proclamar de san Juan: el pastor y la puerta del redil.

La primera figura está profundamente enraizada en la tradición bíblica, ya que es una imagen a la cual se recurre con mucha frecuencia para referirse a Dios, así como a los responsables de conducir al pueblo en nombre de Dios. Es un recurso muy presente, especialmente, en la literatura profética, pero también en la oración, como es el caso del salmo 22 que, refiriéndose a Jesucristo, hemos proclamado hoy con alegría, esperanza y amor.

Jesús, mis queridos hermanos, superó en mucho lo que se había dicho de Dios como pastor en el Antiguo Testamento. Para nosotros los cristianos Jesús es Pastor, pero también es el Cordero, el Cordero Pascual, esto es muy importante, no desligar al pastor del cordero, porque sólo se puede ser pastor si se es cordero, también, si se está dispuesto a la entrega, a la donación como el Señor Jesús. Aquí tenemos, como decía yo al empezar esta reflexión, un ejemplo claro de esa riqueza en la diversidad de imágenes y que hasta en algún momento pueden parecer contradictorias. Sin embargo, mis hermanos, aunque parecen crear confusión, debemos reconocer que son imágenes que corresponde a diferentes planos o aspectos la relación íntima con Dios que se nos revela y se realiza en nuestro Jesucristo.

Y es cierto, queridos hermanos, como Cordero Pascual lo relacionamos con su sacrificio en la cruz, con su sacrificio agradable a Dios, único e irrepetible, por el cual nos reconcilió con su Padre. Pero como Pastor, mis queridos hermanos, Él mismo se proclama y nosotros los aceptamos en el amor y en obediencia, como nuestro guía, como nuestro jefe, como Señor único.

Él nos conduce con la autoridad de Dios esclareciéndonos su verdadero sentido. Miren, mis amados hermanos y hermanas, en la vida moderna no nos gusta la autoridad porque ésta se ha devaluado demasiado en todos los ámbitos de la vida social, sin dejar a parte, por desgracia, la autoridad en la Iglesia y en la familia. Y sin embargo, mis queridos hermanos, parece que Jesús cuenta con ella, la da por supuesta, pero la desacraliza y la relativiza mucho asimilándola al servicio. Lo dijo de muchas maneras, pero sobre todo lo mostró con su vida misma de entrega desinteresada desde el principio hasta el fin de su vida, es ahí donde, insisto, no se puede ser pastor, sino se es también cordero.

"Jesús afirma su autoridad, la que había recibido del Padre. Es la puerta y el pastor. No es el ladrón ni el mercenario. ¿En qué se le nota? En que ama y sirve desinteresadamente. En que establece una relación personal e interpersonal, puesto que conoce a sus ovejas y éstas le conocen a Él. En que Él va por delante, en el doble sentido: de que hace lo que dice a los suyos y de que se compromete enteramente a cumplir la tarea que se le ha encomendado" (J. Garrido, Seguir a Jesús en la vida ordinaria con las lecturas del domingo, Estella 1994, p.92).

Mis amados hermanos y hermanas, a la luz del Buen Pastor, Cristo Jesús, este domingo dedicamos nuestra atención a pedir por las vocaciones al ministerio sacerdotal, tal la contemplamos en Cristo Jesús, tal como Jesús nos inspira y nos amina con su presencia, con su Espíritu. Los ministros ordenados ejercen la autoridad en nombre y en la persona de Cristo. Es muy importante, mis hermanos, que valoremos su servicio en la Iglesia y caigamos en la cuenta de que los necesitamos y de que por eso debemos todos promover la vocación al sacerdocio especialmente en el seno de la familia. Ojala que tu papá, mamá hoy le digas al Señor; toma uno de mis hijos para tu servicio, Virgencita de Guadalupe anima a una de mis hijas, de mis hijos que se consagren a ti. Mis hermanos urgen las vocaciones sacerdotes y religiosas, urgen hombres y mujeres decididos a ser testigos de Cristo; valientes, la proclamación del Evangelio.

Pero también es muy importante de que nos empeñemos todos en que el ejercicio del sacerdote, con todo lo que implica hoy por hoy, sea cada vez más acorde al de Jesús, pidámosle al Señor que nos de sacerdotes según el corazón de Cristo, sí sacerdotes acordes al sacerdocio de Jesús, pero también a las necesidades y situaciones tan diversas de nuestro tiempo. Especialmente, me parece, mis queridos hermanos, importante y cada vez más apremiante, que el servicio sea cada vez más orientado a las personas concretas y no a las masas y mucho menos al servicio de la institución por ella misma. La institución es importante y hasta necesaria, pero no es intocable y absoluta. Por lo mismo es muy conveniente que todos estemos atentos a que los sacerdotes ejerzamos este servicio en el amor, en el mayor desinterés y en la máxima libertad. Así como Jesús que da la vida por sus ovejas.

Finalmente, mis queridos hermanos, veamos la Eucaristía como el momento donde Jesús ejerce con mayor claridad y eficacia su autoridad: mediante su Palabra y en el don de su cuerpo y de su sangre sacramentales. Es en ella donde Él nos habla y nos escucha en su cercanía sacramental. Él se da todo gratuitamente como luz y como fuerza para el camino. Es en ese momento en el que Jesús se hace solidario y compañero del camino. Es entonces donde, con Él, por Él y con Él nos ofrecemos al Padre en la alabanza, la gratitud y la gloria que se sólo a Él se debe. Por eso también Jesús, mis hermanos y hermanas, es puerta. Porque a través de Él, y sólo a través de Él, entramos a la intimidad con el Padre como hijos suyos y como hermanos.

Quiera nuestra muchachita y Dulce Señora, permanecer siempre con nosotros en la contemplación de estos misterios pascuales a fin de nos ayude con su alegría a alabar y a agradecer a Dios tan grandes dones.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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