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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IX Domingo Ordinario.

01 de junio de 2008

SÓLO SE MANIFIESTA LA FE
A TRAVÉS DE LA PRÁCTICA DE LA PALABRA.

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo, muy amados hermanos y hermanas de la Vida Consagrada. Mis queridos hermanos capellanes, Cabildo de Guadalupe.

La Palabra de Dios no cesa de llamarnos a la fe y a la conversión permanente que ella misma exige. En efecto, no podemos decir que hay fe auténtica si no se manifiesta en el cambio de mentalidad y de manera de actuar. Por eso, mis hermanos, podemos estar seguros de que hay una relación directa entre la fe y las obras que la manifiestan. Entre otras cosas es esto lo que, en medio de su inmensa riqueza, nos propone hoy la Palabra de Dios.

Después de escuchar estos domingos del tiempo ordinario a Jesús en el llamado ‘sermón de la montaña’ donde Jesús nos ha expuesto, con mucho esmero y rigurosa puntualidad, lo esencial de su doctrina para ser discípulos auténticos suyos. El evangelista san Mateo nos lleva hoy a las últimas palabras de este compendio de moral cristiana. Y como en todo este discurso, Jesús no deja de ser aquí sorprendente a la vez que difícil de asimilar.

En efecto, estas últimas palabras con que termina Jesús resultarán tanto más escandalosas, hasta cierto punto, y desconcertantes, para aquellos (incluidos tal vez muchos de nosotros) que se sienten muy religiosos y piadosos por profesar una religión muy detallista y cuidadosa, pero sin compromisos sinceros y hondos con Dios y con el prójimo. Perecería, pues, mis hermanos, que Jesús nos desenmascara y echa por tierra nuestras mentiras en las que hacemos consistir nuestra religión que, muchas veces, desgraciadamente es meramente exterior.

La intención del autor del Deuteronomio no era la de fomentar una religión exhibicionista, precisamente como en la época de Jesús practicaban algunos, como ciertos fariseos y maestros de la Ley. Así, podemos entender que el escritor sagrado del Antiguo Testamento, inspirado por Dios, con la prescripción de atar en las manos, en los brazos y en la frente algunos pasajes de la Ley, no autorizaba el exhibicionismo religioso, al que, dicho sea de paso, estamos muy propensos los que nos decimos muy observantes, sino que pretendía dar una ayuda para facilitar la observancia fiel y amorosa de la Ley. Se trataba, hermanos, de señales y de signos para cada uno, de manera que, desde los más profundo de su ser, pudiera tener presente a la memoria la necesidad de honrar a Dios con la obediencia en el amor.

Sucede, mis hermanos, que es importante que estemos alerta, que al practicar lo que nos exige la fe, somos muy dados a quedarnos en las señales o en los signos externos y, de entre todos, los más fáciles, pero al mismo tiempo los más superficiales y engañosos. La fe, mis hermanos, necesita expresarse a través de signos; como sucede con las realidades más profundas del espíritu, como son el amor y la amistad. Pero si esas señales que damos son sólo materiales y vacías de su genuino significado, no son otra cosa que autoengaño e hipocresía. Esta manera de actuar es, por desgracia, más común de lo que podríamos pensar, hermanos.

Por eso nuestro Señor y Maestro nos advierte: No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Además el Maestro nos señala que una religión sincera no necesita de actos extraordinarios. Para honrar a Dios, con lo cual manifestamos nuestra fe, no hemos de hacer otra cosa –y ya es bastante– que obedecer fiel y amorosamente sus mandatos, sus mandamientos y estos están resumidos, condesándoos en el mandamiento del amor.

Esto es lo que san Pablo en la segunda lectura, en su carta a los Romanos, llama ‘obras de la fe’ contra las ‘obras de la Ley’ que son signos meramente exteriores, sin contenido de fe y amor y más bien son vanidosa ostentación y muy peligrosas porque fomentan una falsa esperanza de salvación.

Entonces, mis amados hermanos y hermanas, la verdadera y correcta actitud religiosa del cristiano es la que se sustenta en la fe y en el amor de Dios, en confianza y entrega total a Él y a sus proyectos de una forma desinteresada, pues también corremos el peligro de caer en la falsa práctica de pretender acumular muchas ‘buenas obras’ para ganarnos la benevolencia de Dios, olvidando, así, que la salvación es un don y es obra suya.

La Sagrada Eucaristía es ante todo acción de gracias, es decir el reconocimiento de que nuestra santificación y crecimiento en la amistad con el Señor, es principalmente, mis hermanos, obra suya, Él es el que nos llama y nos invita a sentarnos alrededor de la mesa. Es cierto Él cuenta con nosotros, pero la iniciativa es siempre suya. Por eso celebramos el don de su Palabra, de su Cuerpo y de su Sangre que nos santifica. A esto, mis hermanos, venimos a misa cada domingo tras domingo a esta Casita de nuestra Niña Guadalupe: no a cumplir o a hacer méritos con el culto que le damos, ojala que ninguno de ustedes sea de Misa Dominical de cumplimiento. Cumplo y miento, cumplo con el precepto de que van a la Iglesia, pero miento en la semana porque no soy testigo del Señor, porque no lo proyecto en mis actitudes llenas de amor, de alegría, de gozo, de paz, de confianza, de fermento transformador, de fermento del Reino. Cada Eucaristía, mis hermanos, es renovadora, es transformadora y si venimos a la Casita de la Madre, a la Casita de la Señora, Ella nos envía a transformar nuestro mundo, nuestras realidades.

Mis hermanos, no venimos a cumplir, ni hacer méritos con el culto que le damos, no, al contrario, venimos a manifestar nuestra plena disposición a conocer su voluntad y suplicarle su ayuda para saberla cumplir.

Quiera, nuestra Muchita y Celestial Señora de Guadalupe auxiliarnos con su intercesión y con su ejemplo en la verdadera devoción filial a nuestra Padre, de manera que con nuestra total disponibilidad, como la suya, podamos darle el verdadero culto que se le debe a Dios.

Amén.

 
 
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