Bendigamos hermanos y hermanas, a Dios nuestro Padre que por el don
de su Espíritu y en su Hijo Jesucristo nos ha llamado a la Vida
eterna como la prueba más grande de su amor por nosotros. Con
esta semana que hoy comenzamos vamos a concluir, mis queridos
hermanos, el tiempo privilegiado que Dios nos ha concedido para
prepararnos profundamente a celebrar la victoria de Dios sobre
la muerte.
Esta victoria, paradójicamente, la ha querido obtener mediante
la muerte de su Hijo Jesucristo, nuestro Hermano y Señor de la
Vida. Desde el primer domingo de Cuaresma, vislumbrábamos, conducidos
por Jesús, el final de este camino: el triunfo de la vida a través
de la muerte, de la vida total y eterna a través de la muerte
temporal y física, pero, también, de la necesidad cotidiana de
la muerte al pecado para llegar a poseer la vida de Dios.
Este domingo, mis amados hermanos y hermanas, tenemos la oportunidad
que Dios, en su misericordia nos concede, de profundizar un poco
más en el misterio de nuestro propio bautismo. El agua de la Samaritana,
hace 15 días; la luz del ciego, hace ocho días, y la vida que
Lázaro recupera hoy, no son otra cosa que signos o señales de
la vida nueva que se nos da mediante el bautismo en la muerte
de Jesucristo.
Es decir, con el bautismo morimos al pecado para vivir una
vida nueva mediante nuestra respuesta desde la fe al llamado divino
a la conversión. No olvidemos que desde el Miércoles de Ceniza
se nos viene diciendo a cada uno, una y otra vez, en la liturgia
de esta semana: conviértete, conviértete y cree en el Evangelio.
La forma como el cristiano, la forma como el cristianismo afronta
la muerte es tal vez una de sus características más notables.
La sociedad en la que se desarrolla nuestra vida diaria, rechaza
cada vez más la idea de morir, más bien se afana por suprimirla
mediante el consumismo de multitud de satisfactores huecos y engañosos
aun cuando sabe que no puede hacer nada por impedirla.
Pero evadir esta realidad, mis amados hermanos, evadir esta
realidad inexorable de nuestra condición humana, es de lo más
irresponsable ya que no ver la muerte cara a cara es lo mismo
que vivir de una manera inauténtica. “Recuerda hombre que
polvo eres y al polvo has de volver”, se nos decía, también,
al inicio de la Cuaresma. Esta es una gran verdad, mis hermanos,
que como hemos afirmado, pertenece a la más antigua y pura tradición
de la Iglesia.
El filósofo alemán, Martin Heidegger, filósofo existencialista
del siglo pasado, nos da esta definición del hombre: es un
ser para la muerte. Es decir, que el calificativo más propio
de todos los hombres, es ser mortales. Los demás seres
vivos llegan a la muerte, pero no son para la muerte les falta
esa ordenación y ese dinamismo interno a hacia ese final.
Solamente el hombre, solamente el hombre y nada más.
Miren amados hermanos y hermanas con Cristo, con la fe en Cristo,
el cristiano cambia completamente su situación y ya no es para
la muerte, sino para la vida; ésta fue precisamente la situación
primitiva del hombre. Dios no lo creo para morir sino para vivir
y vivir eternamente.
Con esta afirmación Heidegger nos invitaba a reflexionar y
a tomar en serio la verdad incontestable de la realidad de la
muerte. La conciencia sobre esta realidad inexorable nos ayudaría
mucho a comprender mucho mejor este mundo limitado y caduco, y
lo mejor, iluminaría mejor nuestra propia existencia. Podríamos,
decir, entonces que la vida se entiende mejor desde la aceptación
de la muerte.
Nosotros los cristianos sabemos que la muerte es una condición
necesaria para llegar a la vida. Es un paso para alcanzar la vida.
Este misterio se nos presenta hoy para nuestra consideración en
la meditación de la Palabra de Dios que hoy nos regala el Señor.
La muerte de Lázaro es un anuncio, es una figura muy cercana
al significado y al sentido de la muerte de Jesús, por la cual
Él dará el signo más contundente de su Misterio; su propia
Resurrección.
¿Y qué otro significado tendrá, mis amados hermanos y hermanas,
entonces, esta Resurrección, sino la promesa de nuestra propia
resurrección? Esa es la Resurrección que tuvo su inicio cuando
por la misericordia de Dios, como dice, san Pablo, fuimos insertados
en el Misterio de Cristo mediante el bautismo. Pero esa es también la resurrección que después de nuestro
bautismo se nos da como tarea, el mantenerla y hacerla más real
y creíble mediante nuestra constante respuesta a la Gracia de
Dios. Todo esto quiere decir, mis amados hermanos, que la muerte
no es un fin en sí mismo, insisto, mis amados hermanos
y hermanas, creemos que el hombre es un ser para la vida, vivimos para vivir y vivir intensamente, no estemos preocupados
que vamos a morir.
Mis hermanos, si sabemos vivir cada momento, cada instante
de nuestra vida, respondiendo a la Gracia de Dios, tendremos una
buena muerte definitivamente. Sí, pero a través de la muerte
vamos a pasar a la vida. El mismo Jesús lo anunció y lo vivió
así.
En el Evangelio de hoy Jesús aparece como el Señor de la Vida.
Él que dijo: “Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente”,
había dicho también: “Yo he venido para que ustedes tengan
vida y la tengan en abundancia”. Y esa vida en abundancia
debemos irla saboreando ya desde ahora, hermanos, si no nunca
vendrá. No hay un más allá sin un acá, no hay un después sin un
ahora.
Nosotros, mis amados hermanos, nosotros los cristianos creemos
en la vida, ésta tiene un nombre, se llama Jesús, el Hijo de Dios.
Jesús es la vida del Padre: “Yo soy el camino, la verdad y
la vida”. Y si de verdad somos discípulos de Jesús, y si
de verdad vivimos enraizados y cimentados en Jesús, sabremos vivir,
sabremos gustar, saborear, lo que va a venir después. Pero, también,
mis hermanos, Jesús es nuestra vida y esto es precisamente lo que celebramos
domingo tras domingo en la Santa Eucaristía, esto es lo que comemos
y gustamos domingo tras domingo en el Pan Eucarístico: “El
que coma mi carne, el que beba mi sangre, tendrá vida eterna,
y Yo lo resucitaré en el último día”.
Hermanos, de verdad estamos ya gustando la vida eterna con
la Eucaristía que recibimos, por el Señor con el que comulgamos,
qué pena que muchos de ustedes no comulguen, ¡que pena que muchos
de ustedes no se acerquen a la Santa Eucaristía, que vengan a
este banquete y se queden solamente mirando!. No!, venimos aquí
a comer: “Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Tomad y bebed,
esta es mi sangre”. Y domingo tras domingo somos fortalecidos
por el Señor, llenos de su Espíritu, invadidos de su Espíritu;
cuando recibimos su Palabra nos alimentamos de ella y, desde luego,
nos alimentamos del Pan de la Eucaristía.
Mis amados hermanos y hermanas, pidamos entonces a nuestra
muchachita y dulce Señora de Guadalupe, y a su mensajero San Juan
Diego Cuauhtlatoatzin, que intercedan por nosotros para que nunca
nos falte el auxilio divino de su gracia para poder corresponder
a la vida que Dios nos da en abundancia a través de su Hijo Jesucristo,
a través de la vida sacramental.
Que así sea, mis amados hermanos.