InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías > Ciclo A
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el V Domingo de Pascua.

20 de abril de 2008

JESÚS, CAMINO, VERDAD Y VIDA DE LA IGLESIA

Mis amados hermanos y hermanas fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos de la  vida consagrada, muy amados hermanos diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe. Querido Monseñor, su Excelencia Francisco María Aguilera.

¡Cristo ayer, hoy y siempre! ¡Cristo siempre será el Señor! Es este el anuncio permanente de la Iglesia porque Él es su camino, su verdad y su vida. Desde los primeros días de la Iglesia es este su anuncio a la humanidad de todos los tiempos y de todos los lugares de la tierra. Si esto no fuera verdad la Iglesia no tendría sentido. Y mucho peor, habría dejado de existir desde hace muchos años. Y esto mis hermanos no es motivo de jactancia y vanagloria. Es, más bien, una responsabilidad ante Dios y ante el mundo, como es también la gloria y la razón de su ser. Precisamente, la misión de la Iglesia es dar a conocer al mundo su presencia real.

Por eso, mis hermanos, al meditar en la Iglesia necesariamente centramos la atención, el interés y la devoción en nuestro Jesucristo: en su persona principalmente, que nos acerca a su misterio; en su obra, que nos toca profundamente; en su enseñanza, que nos ilustra y nos atrae poderosamente.

Por eso, nosotros, Iglesia de Cristo, estamos concientes de que somos, como dice san Pedro en la segundad lectura de hoy: estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad. Es una descripción excelente de la Iglesia, a pesar de todas sus fallas y carencias que a los ojos del mundo descreído es razón suficiente para no aceptarla.

Miren, mis amados hermanos y hermanas, el misterio de la Iglesia está escondido en el misterio de Cristo, en su humanidad plena y en su divinidad discreta. En su misterio, la Iglesia es querida por Cristo como instrumento de salvación y de libertad para proclamar las obras maravillosas de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable. Mis hermanos, ¿No es esta la vocación de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia? Si no acabamos de entenderlo y de hacerlo vida, es tal vez porque todavía nos falta mucho por  comprender el misterio de Cristo.

Aprovechemos, entonces, mis hermanos, la Palabra que Dios nos da este domingo para continuar el proceso de comprensión a partir de un encuentro más con Jesucristo y vivir cada vez más una profunda comunión con Él.

Precisamente la primera lectura nos muestra cómo la Iglesia, guiada desde el principio por el Espíritu Santo, ya se organiza para cumplir la misión principal y necesaria de anunciar el misterio acaecido en  nuestro Jesucristo. En esta tarea, en su cumplimiento asiduo y devoto, está el origen y el fundamento de la Iglesia; y todavía más, mis hermanos, de la perseverancia en esta actividad misionera, dependen su crecimiento y su desarrollo. Es esta la razón por la que los apóstoles, inspirados por el Espíritu, deciden repartir las tareas propias de la Iglesia naciente, colocando en primer lugar la predicación de la Palabra y la oración.

La Iglesia, como nos recordó Juan Pablo II, vive de la Palabra y de la Eucaristía, que es la oración por excelencia. En realidad no se pueden separar. Palabra y Eucaristía están íntimamente unidas e interrelacionadas. Una lleva a la otra como preparación. La Comunión eucarística sella el compromiso que exige la Palabra. Es probable, mis hermanos, que a muchos todavía nos cueste mucho entender esta relación tan estrecha como misteriosa. Pero poco a poco la vida en Cristo, si nos mantenemos asiduamente en la oración dominical por excelencia, nos mostrará que efectivamente nuestro vivir es Cristo, como diría san Pablo, y que nada nos puede dar certeza mayor, para adorar y servir al verdadero Dios, como el conocimiento que nos brinda Jesús de su persona y de enseñanza y, finalmente, que, como veíamos el domingo pasado al considerar a Jesús como Puerta, no tenemos otra vía de acceso al Padre más segura y excelente que Él mismo. ¡Él es el camino! ¡Él es la verdad! ¡Él es la vida! ¡Él es la vida plena del mundo! ¡Él es la verdad del hombre y de Dios! La meta de nuestro destino, diríamos resumiendo todo, mis hermanos. Los cristianos no tenemos a nadie más, no tenemos a nadie más que Jesucristo nuestro Señor.

Por eso en la Eucaristía, expresión más perfecta de nuestra comunión con Él, proclamamos cada domingo ante el mundo que no tenemos otra guía, ni otra vía de acceso al Padre que no sea Jesús. Que quede bien claro, mis amados hermanos y hermanas: los cristianos no llegamos a la unión con Dios a través de ejercicios de reflexión o meditación, de disciplinas, técnicas o métodos espirituales, respetables ciertamente, como está influyendo estas corrientes orientales, mis hermanos, hoy en día, respetables sí, pero que pudieran excluir a Jesús como medio único y absoluto para llegar al Padre.

La Eucaristía, queridos hermanos y hermanas, es el lugar donde los cristianos hacemos la mayor profesión de nuestra fe, porque creemos firmemente que, aunque no es visible Él, como tampoco su Padre, Él está en medio de nosotros como Camino, Verdad y Vida. De la Eucaristía, por consiguiente, la Iglesia recibe la razón de su existencia y de su actividad misionera.

Encomendemos, mis amados hermanos y hermanas, a la protección amorosa de nuestra Muchachita Santa María de Guadalupe, encomendémosle nuestra fidelidad y nuestra obediencia a Cristo que es Dios, junto con el Padre, para que como ella, demos en nuestra vida una permanente respuesta de amor al único Dios verdadero revelado en Jesucristo y que nos trajo desde hace 476 años, esta Niña amorosa y Madre Nuestra, Santa María de Guadalupe.

Que así sea, mis hermanos.

 
 
Imprimir PaginaAgregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosPágina anterior
 
© 2001-2007 Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.
Derechos Reservados