JESÚS, CAMINO, VERDAD Y VIDA DE LA
IGLESIA
Mis amados hermanos y hermanas fieles laicos de Cristo. Muy
amados hermanos de la vida consagrada, muy amados hermanos diáconos,
capellanes, Cabildo de Guadalupe. Querido Monseñor, su Excelencia
Francisco María Aguilera.
¡Cristo ayer, hoy y siempre! ¡Cristo siempre será el Señor!
Es este el anuncio permanente de la
Iglesia porque Él es su camino, su verdad y su vida. Desde
los primeros días de la Iglesia es este su anuncio a la humanidad
de todos los tiempos y de todos los lugares de la tierra. Si
esto no fuera verdad la Iglesia no tendría sentido. Y mucho
peor, habría dejado de existir desde hace muchos años. Y esto
mis hermanos no es motivo de jactancia y vanagloria. Es,
más bien, una responsabilidad ante Dios y ante el mundo,
como es también la gloria y la razón de su ser. Precisamente,
la misión de la Iglesia es dar a conocer al mundo su presencia
real.
Por eso, mis hermanos, al meditar en la Iglesia necesariamente
centramos la atención, el interés y la devoción en nuestro
Jesucristo: en su persona principalmente, que nos acerca a
su misterio; en su obra, que nos toca profundamente; en su enseñanza,
que nos ilustra y nos atrae poderosamente.
Por eso, nosotros, Iglesia de Cristo, estamos concientes
de que somos, como dice san Pedro en la segundad lectura
de hoy: estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada
a Dios y pueblo de su propiedad. Es una descripción excelente
de la Iglesia, a pesar de todas sus fallas y carencias que a los
ojos del mundo descreído es razón suficiente para no aceptarla.
Miren, mis amados hermanos y hermanas, el misterio de la
Iglesia está escondido en el misterio de Cristo, en su humanidad
plena y en su divinidad discreta. En su misterio, la Iglesia
es querida por Cristo como instrumento de salvación y de libertad
para proclamar las obras maravillosas de aquel que nos llamó de
las tinieblas a su luz admirable. Mis hermanos, ¿No es esta
la vocación de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia?
Si no acabamos de entenderlo y de hacerlo vida, es tal vez
porque todavía nos falta mucho por comprender el misterio de
Cristo.
Aprovechemos, entonces, mis hermanos, la Palabra que Dios nos
da este domingo para continuar el proceso de comprensión
a partir de un encuentro más con Jesucristo y vivir cada vez
más una profunda comunión con Él.
Precisamente la primera lectura nos muestra cómo la Iglesia,
guiada desde el principio por el Espíritu Santo, ya se
organiza para cumplir la misión principal y necesaria de anunciar
el misterio acaecido en nuestro Jesucristo. En esta tarea,
en su cumplimiento asiduo y devoto, está el origen y el fundamento
de la Iglesia; y todavía más, mis hermanos, de la perseverancia
en esta actividad misionera, dependen su crecimiento y su desarrollo.
Es esta la razón por la que los apóstoles, inspirados por el Espíritu,
deciden repartir las tareas propias de la Iglesia naciente,
colocando en primer lugar la predicación de la Palabra y la oración.
La
Iglesia, como nos recordó Juan Pablo II, vive de la Palabra
y de la Eucaristía, que es la oración por excelencia. En realidad
no se pueden separar. Palabra y Eucaristía están íntimamente unidas
e interrelacionadas. Una lleva a la otra como preparación. La
Comunión eucarística sella el compromiso que exige la Palabra.
Es probable, mis hermanos, que a muchos todavía nos cueste
mucho entender esta relación tan estrecha como misteriosa.
Pero poco a poco la vida en Cristo, si nos mantenemos asiduamente
en la oración dominical por excelencia, nos mostrará que efectivamente
nuestro vivir es Cristo, como diría san Pablo, y que nada
nos puede dar certeza mayor, para adorar y servir al verdadero
Dios, como el conocimiento que nos brinda Jesús de su persona
y de enseñanza y, finalmente, que, como veíamos el domingo
pasado al considerar a Jesús como Puerta, no tenemos otra vía
de acceso al Padre más segura y excelente que Él mismo. ¡Él
es el camino! ¡Él es la verdad! ¡Él es la vida! ¡Él es la
vida plena del mundo! ¡Él es la verdad del hombre y de Dios!
La meta de nuestro destino, diríamos resumiendo todo, mis hermanos.
Los cristianos no tenemos a nadie más, no tenemos a nadie más
que Jesucristo nuestro Señor.
Por eso en la Eucaristía, expresión más perfecta de
nuestra comunión con Él, proclamamos cada domingo ante el mundo
que no tenemos otra guía, ni otra vía de acceso al Padre que
no sea Jesús. Que quede bien claro, mis amados hermanos y
hermanas: los cristianos no llegamos a la unión con Dios a través
de ejercicios de reflexión o meditación, de disciplinas, técnicas
o métodos espirituales, respetables ciertamente, como está influyendo
estas corrientes orientales, mis hermanos, hoy en día, respetables
sí, pero que pudieran excluir a Jesús como medio único
y absoluto para llegar al Padre.
La
Eucaristía, queridos hermanos y hermanas, es
el lugar donde los cristianos hacemos la mayor profesión de nuestra
fe, porque creemos firmemente que, aunque no es visible Él,
como tampoco su Padre, Él está en medio de nosotros como Camino,
Verdad y Vida. De la Eucaristía, por consiguiente, la Iglesia
recibe la razón de su existencia y de su actividad misionera.
Encomendemos, mis amados hermanos y hermanas, a la protección
amorosa de nuestra Muchachita Santa María de Guadalupe, encomendémosle
nuestra fidelidad y nuestra obediencia a Cristo que es Dios,
junto con el Padre, para que como ella, demos en nuestra vida
una permanente respuesta de amor al único Dios verdadero revelado
en Jesucristo y que nos trajo desde hace 476 años, esta Niña amorosa
y Madre Nuestra, Santa María de Guadalupe.
Que así sea, mis hermanos.