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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVI Domingo Ordinario.

20 de julio de 2008 -
“Año de San Pablo”

¿TOLERANCIA O CONVIVENCIA?

Muy amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, muy amados diáconos, sacerdotes católicos, canónigos de esta Basílica de Guadalupe, hermanos sacerdotes de la Diócesis de Querétaro. Queridos peregrinos del Sindicato Único de Trabajadores de la industria de la carne de la República Mexicana.

Demos gracias a Dios, por su ternura y su paciencia para con nosotros que somos parte de la humanidad y, con toda ella, llamados a salvarnos por su misericordia. En efecto, mis hermanos, a pesar de que en la misma Escritura Sagrada, especialmente si la leemos superficialmente, encontramos una imagen de Dios impaciente, después de una lectura seria y profunda, no podemos más que concluir que ni la ira, ni la venganza, ni el castigo prevalezcan sobre el perdón y su misericordia junto con su paciencia.

Esta es la enseñanza principal de este domingo en el que la primera lectura y el Evangelio nos hablan de la paciencia de Dios al conducirnos a todos a la salvación. Las tres parábolas que Jesús nos regala en el Evangelio de hoy: la del trigo y la cizaña, la del grano de mostaza y la levadura, tienen el propósito de invitarnos a la paciencia, no sólo a la tolerancia. Pero, también nos invitan a tener confianza en la dinámica del Reino que con su misterioso dinamismo crece y se impone en la historia y saldrá muy por encima de todo lo que pueda suceder ahora y en el futuro. Esto es, mis amados hermanos, parte de nuestra fe y de  nuestra esperanza que se nutren de la paciencia. Los invito a que meditemos esto con mayor detenimiento de manera que nos haga valorar y, en alguna medida, comprender, nuestra realidad presente.

En efecto, hermanos, en la primera lectura tomada del libro de la Sabiduría, esta obra que nos invita ver la historia con optimismo y desde la perspectiva del plan divino, el sabio nos enseña en una plegaria que Dios es Señor de la historia y que toda ella está bajo su control, aunque a veces nos parezca lo contrario. Si no castiga, atención mis hermanos, si no castiga inmediatamente el pecado de los hombres es porque da la oportunidad para el arrepentimiento. De hecho su fuerza es el principio de su justicia, la cual no consiste, como nosotros quisiéramos, en el castigo, sino más bien en indulgencia y delicadeza para salvarnos. Además dice el autor sagrado que así debe ser el hombre con respecto a sus hermanos, con respecto a sus semejantes.

Recordaran, el domingo pasado ya se aludía al supuesto fracaso de la predicación porque a nadie le interesa el Evangelio. Hoy no podríamos ignorar las voces de quienes se desesperan y terminan en la increencia, porque dicen que el mal sigue y no hay poder que logre desaparecerlo. En efecto, amados hermanos, nosotros también estamos continuamente tentados a desconfiar de la presencia del Reino ante la evidencia de tantos males que tienen su origen en la maldad del hombre.

Pero la peor tentación es la que nos brota del fondo soberbio, y quizá hipócrita, de nosotros mismos cuando deseamos que se acaben los malos, al grado de que hasta nos atrevemos a pedirle a Dios que acabe con ellos. Incluso nos desespera que Él no haga nada, claro nosotros estamos de lado de los buenos, los malos son los otros, cuidado, mis hermanos.

Pero Cristo, Sabiduría de Dios, nos sale al paso este domingo para explicarnos, mediante las tres parábolas sobre el misterio del Reino. La paciencia de un Dios misericordioso e infinitamente sabio con la que nos  hace tomar mayor conciencia, con la que nos busca y espera nuestra conversión. Ciertamente —y de eso podemos estar seguros—  la coexistencia del bien y del mal en el mundo no pone en peligro el éxito del Reino porque a la hora de la verdad se sabrá quién se dejó conducir por ella, pero especialmente por la fe y el amor.

Aunque parezca muy obvio, es necesario, mis amados hermanos, que no olvidemos que no estemos todavía en el cielo donde el Reino se manifestará plenamente. Por ahora vivimos en medio de situaciones muy necesitadas de purificación, de crecimiento, de justicia, de paz y de amor. Y precisamente para eso estamos los bautizados, para eso estamos todos y cada uno de nosotros, mis hermanos: para ser fermento en medio de la masa. Ésta es nuestra misión. Éste es nuestro papel en el Reino que ya ha comenzado y permanece oculto como la levadura en la masa.

No hay que olvidar, mis queridos hermanos, no hay que olvidar nunca que la construcción del Reino es la construcción de una utopía. El Reino de paz, amor y justicia es una perspectiva lejana en este mundo, pero una perspectiva posible.

Nuestro modelo a imitar es la paciencia de Dios. Él siempre da tiempo. Y cuántas veces las apariencias engañan: quien parece perder, gana; y quien gana y parece ganador, pierde. Digámosle hoy al Señor, digámosle hoy a nuestra Niña Santa María de Guadalupe ayúdanos a imitar la lentitud y la diversidad, y a no perder la capacidad de trabajar por las personas en el tiempo y con el tiempo. Señor, Muchachita, Niña y Madre nuestra, que nunca dejamos de ser utópicos.

Agradezcámosle, mis hermanos, al Dios rico en misericordia, en paciencia y en bondad y abierto al perdón tantos dones y gracias que nos da permanentemente para ser masa, fermento en la masa, para ser levadura. No nos llenemos de ese falso orgullo de creernos mejores que los demás. Mucho menos señalemos con el dedo a los demás, mucho menos seamos inquisidores de los demás. Reconozcámonos destinatarios privilegiados de esa misericordia divina. Celebremos esto en la Eucaristía de cada domingo y con humildad pidamos que nos llenemos de su bondad, que nos llenemos de su misericordia para que sirvamos con paciencia a los planes de su providencia amorosa. Aprendamos a convivir en fraternidad con quienes nos piensan, ni actúan como nosotros. Seamos humildes y reconozcamos que con mucha frecuencia ni nosotros somos coherentes con la fe que decimos profesar.

Seguramente Nuestra Muchachita y Celestial Señora, nuestra Madre y Maestra, Guadalupe, nos acompaña y nos enseña en este propósito que, como dice san Pablo en la segunda lectura: el Espíritu de Dios mismo nos inspira.

Amén.

 
 
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