¿TOLERANCIA O CONVIVENCIA?
Muy amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy
amados hermanos y hermanas de la vida consagrada, muy amados diáconos,
sacerdotes católicos, canónigos de esta Basílica de Guadalupe,
hermanos sacerdotes de la Diócesis de Querétaro. Queridos peregrinos
del Sindicato Único de Trabajadores de la industria de la carne
de la República Mexicana.
Demos gracias a Dios, por su ternura y su paciencia para con
nosotros que somos parte de la humanidad y, con toda ella, llamados
a salvarnos por su misericordia. En efecto, mis hermanos, a pesar
de que en la misma Escritura Sagrada, especialmente si la leemos
superficialmente, encontramos una imagen de Dios impaciente, después
de una lectura seria y profunda, no podemos más que concluir que
ni la ira, ni la venganza, ni el castigo prevalezcan sobre el
perdón y su misericordia junto con su paciencia.
Esta es la enseñanza principal de este domingo en el que la
primera lectura y el Evangelio nos hablan de la paciencia de Dios
al conducirnos a todos a la salvación. Las tres parábolas que
Jesús nos regala en el Evangelio de hoy: la del trigo y la
cizaña, la del grano de mostaza y la levadura, tienen el propósito
de invitarnos a la paciencia, no sólo a la tolerancia. Pero, también
nos invitan a tener confianza en la dinámica del Reino que con
su misterioso dinamismo crece y se impone en la historia y saldrá
muy por encima de todo lo que pueda suceder ahora y en el futuro.
Esto es, mis amados hermanos, parte de nuestra fe y de nuestra
esperanza que se nutren de la paciencia. Los invito a que meditemos
esto con mayor detenimiento de manera que nos haga valorar y,
en alguna medida, comprender, nuestra realidad presente.
En efecto, hermanos, en la primera lectura tomada del libro
de la Sabiduría, esta obra que nos invita ver la historia con
optimismo y desde la perspectiva del plan divino, el sabio nos
enseña en una plegaria que Dios es Señor de la historia y que
toda ella está bajo su control, aunque a veces nos parezca lo
contrario. Si no castiga, atención mis hermanos, si no castiga
inmediatamente el pecado de los hombres es porque da la oportunidad
para el arrepentimiento. De hecho su fuerza es el principio de
su justicia, la cual no consiste, como nosotros quisiéramos, en
el castigo, sino más bien en indulgencia y delicadeza para salvarnos.
Además dice el autor sagrado que así debe ser el hombre con respecto
a sus hermanos, con respecto a sus semejantes.
Recordaran, el domingo pasado ya se aludía al supuesto fracaso
de la predicación porque a nadie le interesa el Evangelio. Hoy
no podríamos ignorar las voces de quienes se desesperan y terminan
en la increencia, porque dicen que el mal sigue y no hay poder
que logre desaparecerlo. En efecto, amados hermanos, nosotros
también estamos continuamente tentados a desconfiar de la presencia
del Reino ante la evidencia de tantos males que tienen su origen
en la maldad del hombre.
Pero la peor tentación es la que nos brota del fondo soberbio,
y quizá hipócrita, de nosotros mismos cuando deseamos que se acaben
los malos, al grado de que hasta nos atrevemos a pedirle a Dios
que acabe con ellos. Incluso nos desespera que Él no haga nada,
claro nosotros estamos de lado de los buenos, los malos son los
otros, cuidado, mis hermanos.
Pero Cristo, Sabiduría de Dios, nos sale al paso este domingo
para explicarnos, mediante las tres parábolas sobre el misterio
del Reino. La paciencia de un Dios misericordioso e infinitamente
sabio con la que nos hace tomar mayor conciencia, con la que
nos busca y espera nuestra conversión. Ciertamente —y de eso podemos
estar seguros— la coexistencia del bien y del mal en el mundo
no pone en peligro el éxito del Reino porque a la hora de la verdad
se sabrá quién se dejó conducir por ella, pero especialmente por
la fe y el amor.
Aunque parezca muy obvio, es necesario, mis amados hermanos,
que no olvidemos que no estemos todavía en el cielo donde el Reino
se manifestará plenamente. Por ahora vivimos en medio de situaciones
muy necesitadas de purificación, de crecimiento, de justicia,
de paz y de amor. Y precisamente para eso estamos los bautizados,
para eso estamos todos y cada uno de nosotros, mis hermanos: para
ser fermento en medio de la masa. Ésta es nuestra misión. Éste
es nuestro papel en el Reino que ya ha comenzado y permanece oculto
como la levadura en la masa.
No hay que olvidar, mis queridos hermanos, no hay que olvidar
nunca que la construcción del Reino es la construcción de una
utopía. El Reino de paz, amor y justicia es una perspectiva lejana
en este mundo, pero una perspectiva posible.
Nuestro modelo a imitar es la paciencia de Dios. Él siempre
da tiempo. Y cuántas veces las apariencias engañan: quien parece
perder, gana; y quien gana y parece ganador, pierde. Digámosle
hoy al Señor, digámosle hoy a nuestra Niña Santa María de Guadalupe
ayúdanos a imitar la lentitud y la diversidad, y a no perder la
capacidad de trabajar por las personas en el tiempo y con el tiempo.
Señor, Muchachita, Niña y Madre nuestra, que nunca dejamos de
ser utópicos.
Agradezcámosle, mis hermanos, al Dios rico en misericordia,
en paciencia y en bondad y abierto al perdón tantos dones y gracias
que nos da permanentemente para ser masa, fermento en la masa,
para ser levadura. No nos llenemos de ese falso orgullo de creernos
mejores que los demás. Mucho menos señalemos con el dedo a los
demás, mucho menos seamos inquisidores de los demás. Reconozcámonos
destinatarios privilegiados de esa misericordia divina. Celebremos
esto en la Eucaristía de cada domingo y con humildad pidamos que
nos llenemos de su bondad, que nos llenemos de su misericordia
para que sirvamos con paciencia a los planes de su providencia
amorosa. Aprendamos a convivir en fraternidad con quienes nos
piensan, ni actúan como nosotros. Seamos humildes y reconozcamos
que con mucha frecuencia ni nosotros somos coherentes con la fe
que decimos profesar.
Seguramente Nuestra Muchachita y Celestial Señora, nuestra
Madre y Maestra, Guadalupe, nos acompaña y nos enseña en este
propósito que, como dice san Pablo en la segunda lectura: el
Espíritu de Dios mismo nos inspira.
Amén.