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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXIV Domingo Ordinario.

14 de septiembre de 2008
“Año de San Pablo”
PERDÓN Y FRATERNIDAD, BASES DE TODA COMUNIDAD

Muy queridos hermanos: continuamos nuestra reflexión en el contexto de las enseñanzas de Jesús sobre la vida de su comunidad de discípulos suyos. Hace una semana su enseñanza se centraba en la falta cometida contra Dios y la comunidad y era motivo de la corrección fraterna. Hoy somos instruidos acerca de las actitudes que hemos de adoptar ante las ofensas personales. Dispongámonos, este domingo, a abrir el corazón y la mente para comprender en esta reflexión el vínculo que existe entre su misericordia para con cada uno de nosotros y la misericordia que debemos mostrar a través del perdón a quien nos ofende, pues es en su misericordia donde encontramos la razón más  profunda para perdonar a quien nos ofende.

Tanto la primera lectura como el evangelio de hoy iluminan, como siempre, nuestras relaciones con los demás en el tema tan delicado como indispensable como es el de la capacidad de perdonar como expresión perfecta de la misericordia que hemos de practicar como discípulos de Jesús.

Se trata de un asunto ciertamente difícil porque los seres humanos, experimentamos una fuerte resistencia al perdón dado que “tendemos a recordar ofensas, desprecios, embrollos, en fin, todos los males que hemos sufrido por parte de nuestro prójimo; tendemos a tenerlos en cuenta y a volver una y otra vez sobre ellos” (K. Stock). Esta práctica continua de llevar registro de todas las ofensas va penetrando en lo más profundo de nuestro ser, envenenando el corazón y la mente y, en definitiva, dañando las relaciones de unos con otros.

De esta manera, mis hermanos, el perdón se hace muy difícil. Vivimos en una en una cultura en la que dignidad y perdón se contraponen radicalmente. Pretendemos justificar la negación del perdón con nuestra dignidad ofendida.  Sentimos tan fácilmente conculcados nuestros derechos que los consideramos casi absolutos. Y, pensando así, nos incapacitamos para vivir la fraternidad que es la base de la capacidad de perdonar. El egocentrismo, característico de esta época, nos priva de la alegría de la libertad interior del perdón y de la paz que se traduce necesariamente en fraternidad.

Sin embargo, mis hermanos, hoy Jesús y el libro del Eclesiástico o Sirácide nos insisten tanto en la necesidad de perdonar para ser perdonados por Dios como en lo abominables que son el rencor y la ira. La verdad, hermanos, es que todos necesitamos en cualquier momento perdonar y ser perdonados. Y, de hecho todos alguna vez hemos sido perdonados, por lo cual todos deberíamos estar dispuestos a perdonar.

Probablemente, mis hermanos, nos incapacitamos para perdonar porque no nos hemos percatado suficientemente de que permanentemente somos objeto de la gran misericordia divina. Es lo que le pasa a ese hombre inmisericorde de la parábola con la que Jesús nos motiva al perdón. Aquel hombre es gravemente insensible a la misericordia del rey que no da una prórroga a su deuda sino que se la perdona totalmente. Parece, mis hermanos, que ésta es la raíz de nuestra incapacidad para perdonar. Podríamos decir que cuando nos sentimos agraviados por nuestros hermanos no deberíamos ignorar la misericordia de Dios para con nosotros.

Es muy conveniente, hermanos, que caigamos en la cuenta de que ninguna comunidad puede desarrollarse y mantenerse sin la capacidad del perdón en todos sus miembros. Esto es cierto, hermanos, en cualquier clase de comunidad: la familia, la comunidad parroquial, la colonia, la ciudad o el trabajo, así como la comunidad de las naciones en el mundo. Ninguno de esos niveles comunitarios está exento de conflictos. Y éstos son mayores y variados como son las actitudes negativas como el egoísmo, la soberbia, el resentimiento, la necesidad de autoafirmación que solemos disfrazar de derechos y de dignidad mal entendidos.

Lo que construye las comunidades ­­–que no se nos olvide– es el amor. No es fundamentalmente la red de derechos y obligaciones. Aunque nos parezca demasiado idealista, pero no podemos ignorar o hacer a un lado nuestra categoría de hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, salvados y redimidos del pecado que destruye toda fraternidad y fomenta la rivalidad, la competencia soberbia y el odio.

La Iglesia, como comunidad de amor, se reúne cada domingo para celebrar la gran misericordia de Dios para con toda la humanidad manifestada en la muerte de su Hijo. Es aquí, hermanos, en la sabiduría de la cruz, donde aprendemos a construir la comunidad desde el amor inigualable de Jesús que desde la cruz pide a su Padre el perdón para todos sus hermanos los hombres de todos los tiempos. Por eso la Eucaristía es una insustituible escuela de perdón y de reconciliación. Ojalá salgamos siempre de  nuestras celebraciones con un deseo sincero y firme de vivir en armonía construyendo la civilización del amor, la cultura del perdón y de la reconciliación.

Que Nuestra Muchachita y Celestial Señora, Madre del amor y de la misericordia, interceda siempre por nosotros para que seamos, como ella, humildes y sencillos en nuestras relaciones de unos con otros.

Amén.

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