UNA IGLESIA PARA EL MUNDO
Mis amados hermanos y hermanas,
fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la
Vida Consagrada, mis amados hermanos en el ministerio diaconal,
presbiteral, Cabildo de Guadalupe.
Bendigamos al Padre de
nuestro Señor Jesucristo, que nos ha dado su Espíritu y nos ha
enviado a ser testigos suyos en el mundo, a fin de que todos,
conociéndolo y aceptándolo en su vida, lo acepten, lo amen y lo
sigan y, finalmente obtengan la salvación, que es el don más excelso
que Dios nos ha prometido. Amén.
Mis hermanos, en los tres
domingos pasados hemos recibido del Señor Jesús enseñanzas que
han tenido como finalidad revisar nuestra actual situación con
respecto a Dios: coherencia, obediencia, humildad son actitudes
que no han de entenderse en un plan meramente moral (y mucho menos
moralista o moralizante) sino desde la fe frente a Dios que lo
da todo y lo único que espera de nosotros es correspondencia en
gratitud a su amor. Gratitud, ‒es conveniente
repetirlo‒ gratitud que redunda en
provecho nuestro. ¡Así es el amor de Dios, mis amados hermanos
y hermanas!
Este domingo es el DOMUND,
Domingo Mundial de las Misiones. Y los invito, hermanos,
a no hablar tanto de ‘misiones’ como de ‘Misión’; ni tampoco de
colecta para las misiones, por más que esto sea lo que caracteriza
materialmente este domingo. Es la oportunidad que la Iglesia nos
da para reflexionar, orar, y así, tomar conciencia de la misión
a la que hemos sido llamados a realizar en el mundo a partir de
nuestro bautismo. A partir de esto vamos a sentir la necesidad
de ayudar económicamente a que el Evangelio se siga predicando
por el mundo, pero sobre todo, quizá nos decidamos a comprometernos
en la actividad misionera con toda la Iglesia. Dejémonos, por
tanto, mis hermanos, iluminar y motivar por la misma fuerza de
la Palabra de Dios, que hemos proclamado este domingo.
En la primera lectura,
escuchamos una vez más al profeta Isaías, que al regreso ya inminente
o ya realizado del exilio, mira cómo la misión de Israel se cumple
al abrogar leyes que impedían a los extranjeros y otra clase de
hombres en situaciones penosas a acercarse al templo para servir
al Señor. Sólo basta practicar la justicia y observar el sábado
para que Dios los escuche en su monte santo, es decir, Sión o
Jerusalén, el lugar que se tenía como el único donde se adoraba
al verdadero Dios, porque su casa será casa de oración para
todos los pueblos. Con esto el profeta revelaba el universalismo
de la misión de Israel que no se cumpliría sino hasta nuestro
Señor Jesucristo.
Con la inserción del Hijo
de Dios en la historia humana, tiene cumplimiento a la promesa
hecha por Dios a Abraham de que en él serían bendecidos todos
los pueblos de la tierra. Precisamente, hermanos, hace dos domingos
escuchamos a Jesús anunciando a los jefes del pueblo judío que
les sería quitado el Reino para dárselo a otro pueblo que sí diera
su fruto a su tiempo. Y esa es, mis queridos hermanos, la función
que tiene actualmente la Iglesia en la historia de la salvación
de la humanidad.
A san Pablo, apóstol no
judíos, sino de los gentiles, que había sido un judío muy comprometido
antes de su conversión a Cristo, lo entendió muy bien al grado
de que afirma que se entregó como rescate por todos, pues
Dios quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen
al conocimiento de la verdad.
En el evangelio, san Mateo
nos lleva a Galilea con los apóstoles después de la resurrección,
donde él comenzó la predicación del Reino y desde donde los envía
a todas partes, hasta el confín del mundo. Galilea de los gentiles
se convierte en símbolo de la apertura y extensión de la salvación
por medio de la predicación de Jesús, y después de la resurrección
es el punto de partida de la enseñanza de los apóstoles. Ellos,
que habían estado muy desanimados por la muerte del Señor, son
ahora animados por Él que les promete que estará siempre con ellos
hasta el fin de los tiempos, porque Jesús no se desentiende de
su obra, mis hermanos, no, la que el Padre le encomendó y a su
vez Él encomendó a la Iglesia en la persona de los apóstoles que
inician también su misión en Galilea. Jesús sigue siendo el protagonista
de la salvación por medio de la Iglesia, por medio de todos y
cada uno de nosotros, mis hermanos.
Entonces, mis queridos
hermanos, podemos concluir que si ella continúa la obra de Jesús,
la Iglesia debe estar unida a Él personalmente, debemos todos
estar existencialmente unidos al Señor Jesús. Esto lo hace especialmente
en la Eucaristía porque ésta, como nos dice el documento de Aparecida,
“es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo.
Con este sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar
en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho
vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer,
celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo que la
existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística…
La Eucaristía, mis hermanos, fuente inagotable de la vocación
cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso
misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del
discípulo y despierta en Él la decidida voluntad de anunciar con
audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido” (251).
La Eucaristía debe tener una percusión no una repercusión concreta,
social en nuestras vidas, mis hermanos. La Eucaristía que nos
llena de la fuerza del Espíritu de Jesús, que nos identifica con
Jesús, que despierta en nosotros la decidida vocación de anunciar
con valentía y audacia el Evangelio nos lanza domingo tras domingo
a anunciar esta buena noticia.
Que nuestra Muchachita
y Celestial Señora, la primera y gran misionera en nuestras tierras,
“… así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio
a nuestra América y que en el Acontecimiento Guadalupano presidió,
junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los
dones del Espíritu Santo”, nos acompañe e interceda por nosotros
en la labor de llevar el mensaje de salvación a tantos hermanos
nuestros que lejos de nuestra Patria, y dentro de ella, viven
todavía alejados del influjo salvífico del Evangelio.
Que así sea, mis hermanos.