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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXIX Domingo Ordinario. DOMUND, Domingo Mundial de las Misiones.

19 de octubre de 2008


UNA IGLESIA PARA EL MUNDO

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la Vida Consagrada, mis amados hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.

Bendigamos al Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha dado su Espíritu y nos ha enviado a ser testigos suyos en el mundo, a fin de que todos, conociéndolo y aceptándolo en su vida, lo acepten, lo amen y lo sigan y, finalmente obtengan la salvación, que es el don más excelso que Dios nos ha prometido. Amén.

Mis hermanos, en los tres domingos pasados hemos recibido del Señor Jesús enseñanzas que han tenido como finalidad revisar nuestra actual situación con respecto a Dios: coherencia, obediencia, humildad son actitudes que no han de entenderse en un plan meramente moral (y mucho menos moralista o moralizante) sino desde la fe frente a Dios que lo da todo y lo único que espera de nosotros es correspondencia en gratitud a su amor. Gratitud, es conveniente repetirlo gratitud que redunda en provecho nuestro. ¡Así es el amor de Dios, mis amados hermanos y hermanas!

Este domingo es el DOMUND, Domingo Mundial de las Misiones. Y los invito, hermanos, a no hablar tanto de ‘misiones’ como de ‘Misión’; ni tampoco de colecta para las misiones, por más que esto sea lo que caracteriza materialmente este domingo. Es la oportunidad que la Iglesia nos da para reflexionar, orar, y así, tomar conciencia de la misión a la que hemos sido llamados a realizar en el mundo a partir de nuestro bautismo. A partir de esto vamos a sentir la necesidad de ayudar económicamente a que el Evangelio se siga predicando por el mundo, pero sobre todo, quizá nos decidamos a comprometernos en la actividad misionera con toda la Iglesia. Dejémonos, por tanto, mis hermanos, iluminar y motivar por la misma fuerza de la Palabra de Dios, que hemos proclamado este domingo.

En la primera lectura, escuchamos una vez más al profeta Isaías, que al regreso ya inminente o ya realizado del exilio, mira cómo la misión de Israel se cumple al abrogar leyes que impedían a los extranjeros y otra clase de hombres en situaciones penosas a acercarse al templo para servir al Señor. Sólo basta practicar la justicia y observar el sábado para que Dios los escuche en su monte santo, es decir, Sión o Jerusalén, el lugar que se tenía como el único donde se adoraba al verdadero Dios, porque su casa será casa de oración para todos los pueblos. Con esto el profeta revelaba el universalismo de la misión de Israel que no se cumpliría sino hasta nuestro Señor Jesucristo.

Con la inserción del Hijo de Dios en la historia humana, tiene cumplimiento a la promesa hecha por Dios a Abraham de que en él serían bendecidos todos los pueblos de la tierra. Precisamente, hermanos, hace dos domingos escuchamos a Jesús anunciando a los jefes del pueblo judío que les sería quitado el Reino para dárselo a otro pueblo que sí diera su fruto a su tiempo. Y esa es, mis queridos hermanos, la función que tiene actualmente la Iglesia en la historia de la salvación de la humanidad.

A san Pablo, apóstol no judíos, sino de los gentiles, que había sido un judío muy comprometido antes de su conversión a Cristo, lo entendió muy bien al grado de que afirma que se entregó como rescate por todos, pues Dios quiere que todos los hombres se salven y todos lleguen al conocimiento de la verdad.

En el evangelio, san Mateo nos lleva a Galilea con los apóstoles después de la resurrección, donde él comenzó la predicación del Reino y desde donde los envía a todas partes, hasta el confín del mundo. Galilea de los gentiles se convierte en símbolo de la apertura y extensión de la salvación por medio de la predicación de Jesús, y después de la resurrección es el punto de partida de la enseñanza de los apóstoles. Ellos, que habían estado muy desanimados por la muerte del Señor, son ahora animados por Él que les promete que estará siempre con ellos hasta el fin de los tiempos, porque Jesús no se desentiende de su obra, mis hermanos, no, la que el Padre le encomendó y a su vez Él encomendó a la Iglesia en la persona de los apóstoles que inician también su misión en Galilea. Jesús sigue siendo el protagonista de la salvación por medio de la Iglesia, por medio de todos y cada uno de nosotros, mis hermanos.

Entonces, mis queridos hermanos, podemos concluir que si ella continúa la obra de Jesús, la Iglesia debe estar unida a Él personalmente, debemos todos estar existencialmente unidos al Señor Jesús. Esto lo hace especialmente en la Eucaristía porque ésta, como nos dice el documento de Aparecida, “es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. Hay un estrecho vínculo entre las tres dimensiones de la vocación cristiana: creer, celebrar y vivir el misterio de Jesucristo, de tal modo que la existencia cristiana adquiera verdaderamente una forma eucarística… La Eucaristía, mis hermanos,  fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en Él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido (251). La Eucaristía debe tener una percusión no una repercusión concreta, social en nuestras vidas, mis hermanos. La Eucaristía que nos llena de la fuerza del Espíritu de Jesús, que nos identifica con Jesús, que despierta en nosotros la decidida vocación de anunciar con valentía y audacia el Evangelio nos lanza domingo tras domingo a anunciar esta buena noticia.

Que nuestra Muchachita y Celestial Señora, la primera y gran misionera en nuestras tierras, “… así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América y que en el Acontecimiento Guadalupano presidió, junto al humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu Santo”, nos acompañe e interceda por nosotros en la labor de llevar el mensaje de salvación a tantos hermanos nuestros que lejos de nuestra Patria, y dentro de ella, viven todavía alejados del influjo salvífico del Evangelio.

Que así sea, mis hermanos.

 
 
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