Hermanos, hermanas en Cristo Jesús.
Hermanos y hermanas de la vida consagrada, hermanos en el ministerio
sacerdotal y diaconal. En especial damos la bienvenida a nuestros
hermanos sacerdotes salesianos, uno de ellos asistente del padre
general en Roma y sucesor de san Juan Bosco, que nos acompaña
el día de hoy. Mis hermanos del Venerable Cabildo de Guadalupe.
El Evangelio de hoy presenta la parábola,
que acabamos de escuchar, Jesús la inicia: “Un hombre tenía dos
hijos. Llegando al primer hijo Jesús le pregunto: ¿ve a la viña?
Y el dijo: sí, pero no fue. Dirigiéndose al segundo, simple y
sencillamente le respondió un: no, pero después de un proceso
de arrepentimiento, de pensarlo fue. Jesús pregunta al final:
¿cuál de los dos cumplió la voluntad del Padre?
Con esta parábola Jesús quiere convencer
a todos los que se escandalizaban por su predilección por los
pecadores, por aquellos que ya habían sido enjuiciados, por aquellos
que ya eran arrojados fuera de la comunidad creyente, no tenían
ya salvación. Sin embargo Jesús insiste: sí existe el cambio de
corazón, la conversión la penitencia, entonces todo puede cambiar.
Los pecadores, quizás se han opuesto a la voluntad de Dios, sin
embargo, se han arrepentido. No, es esto lo que sucedió quizás
al hijo pródigo, de otra parábola también pronunciada por Jesús.
Sin embargo, todavía existen aquellos que sintiéndose piadosos,
servidores de Dios, cumplidores de una ley, de palabra dicen:
sí, pero en la profundidad del alma de su conciencia es otra la
realidad, es un no, que esconden.
Esta parábola, hermanos y hermanas,
va dirigida consiguiente, para aquellos que se cierran a la Buena
Nueva y se cierran por su hipocresía. En ella, sabemos que en
la profundidad Dios actúa con ambos, su inmensa misericordia está
presente en el corazón de todos, sin embargo, las respuestas son
diferentes. ¿No es a caso, hermanos, la gran problemática de nuestros
tiempos la hipocresía, la apariencia? Lo que verdaderamente está
ahogando a las comunidades cristianas, a nuestras familias llegar
a la autenticidad de vida, a una coherencia entre lo que creemos
y lo que hacemos, ahí está la clave para entender la Palabra de
Dios de este día. Apliquemos, pues, la Palabra a nuestras vidas,
hermanos.
Jesús critica la conducta
de aquellos que en apariencia tienen buenas palabras, modos, cumple,
pero no existe una conversión profunda en sus vidas. Aquí encontramos
en la profundidad lo que nuestros obispos recientemente en Aparecida
a insistido de sobre manera. Si no es a partir de un encuentro
personal y segundo paso una conversión con Jesucristo nuestro
Señor estamos herrando el camino. Aquí, es donde constantemente
debemos nosotros abrirnos a la gracia y a la experiencia de lo
que es volver nuestro corazón completamente a los mismos sentimientos
de Cristo.
En esta parábola, hermanos,
Jesús
se enfrenta a las conductas hipócritas, de ciertos personajes
de su tiempo impenetrable era el Evangelio, y si lo aplicamos
a nuestras vidas, no es exactamente lo que a veces sucede en nuestras
vidas, también. El Evangelio se nos escurre, decimos: sí Señor,
pero no hay la profundidad de la conversión que nace para aceptar
la voluntad de Dios. Y la pregunta radical que surge es: ¿cumplimos,
hermanos, en nuestras responsabilidades en familia, en el trabajo,
en la escuela, en la sociedad, cumplimos con la voluntad de Dios?
o ¿con qué cumplimos? Aquí precisamente vemos como nosotros podemos
caer en este grupo que vive hipócritamente un sí, pero carente
de obras. Jesús no lleva por otro lado a reconocernos como pecadores,
que difícil es hacer eso. Y lo hacemos litúrgica y ritualmente
al inicio de nuestra celebración Eucarística. Hoy lo hemos hecho
y lo hacemos todos los días, sin embargo, es verdaderamente desde
nuestra situación de necesidad de la misericordia de Dios, del
perdón de Dios como vivimos y nos situamos ante nuestro Padre
Dios totalmente autosuficientes y sin necesidad de nada, ni de
nadie. Aquí se encuentra el drama del cristiano hoy. Necesitamos
de Dios, de su amor misericordioso, de verdaderamente poder abrir
nuestra vida a Él, experimentar en nuestra vida, la fuerza, la
energía de lo que es su perdón profundo. Entonces sí podremos
aceptando la voluntad de Dios ir a trabajar en la viña. La viña
que es nuestras responsabilidades en este mundo. El ser padre,
el ser madre, el ser hermano, el ser un trabajador, el ser un
jefe, el ser un político o un ciudadano. Pero, trabajando en la
viña del Señor, buscando siempre la justicia, el perdón, la reconciliación
y no la muerte, el asesinato o el secuestro.
Estamos llamados a trabajar en la viña
a partir de obras orientadas al Reino de Dios y por eso Jesús
nos lo platea así: ¿cómo comprender en profundidad el trabajar
en la viña del Señor, hermanos? Resuenan con fuerza las palabras
del Evangelio aquí en esta casita de nuestra Madre Santísima de
Guadalupe y recordamos ese diálogo que el ángel tuvo con Ella:
“concebirás y darás a luz un hijo”. Y respondió María: “sí,
he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra”.
Y resuenan, también, hermanos, aquí
en esta tierra santa del Tepeyac las palabras de nuestro hermano
san Juan Diego pronunciadas a nuestra Niña y Señora: “Niña
mía voy a cumplir tu aliento, tu voluntad”. Vemos aquí
la profundidad de este sí, pero detrás de este sí hay obra, hay
coherencia de vida, hay la profundidad de una vez aceptada la
voluntad de Dios, llevarla hasta feliz termino.
Con estos modelos tan hermosos podemos
comprender en profundidad lo que hemos escuchado en el profeta
Ezequiel, cuando decía: “El
justo, el santo, puede llegarse aparta de la justicia, y de la
santidad, si comete maldad, muere por la maldad que cometió. Cuando
el pecador se arrepiente del mal que hizo y práctica la justicia
y la rectitud, si recapacita y se aparta de los delitos cometidos,
vive y no muere” (Ez. 18, 25-28). Ahí, hermanos, está nuestro trabajo,
aceptémoslo, pues, a los pies de nuestra Madre Santísima, como
vivir la voluntad de nuestro Padre ¿cómo llegar a comprender que
para aceptar la voluntad de Dios se necesita esa humildad, ese
anonadarse, ese despojarse de todo lo que a veces creemos que
nos adorna, pero que en profundidad nos estorba? Tal como Pablo
nos decía de Cristo: “Que se humilló a sí mismo y en obediencia aceptó la
voluntad de Dios y la muerte y muerte de cruz”. (Flp. 2, 1-11).
María, Madre nuestra
ante ti contemplamos ese sí tuyo y de Dios. Ese sí que se hizo
tilma, que se hizo ayate, que se hace permanencia en medio de
nosotros todos los días. Gracias, Niña y Señora por ese sí que
nos ayuda a continuar, no obstante nuestras dudas, no obstante
nuestras necedades y cada día nos ayuda a pronunciar nuestro sí
para que la voluntad de nuestro Padre Dios sea una realidad en
nuestras vidas.