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Homilía
pronunciada por Mons. Jorge Palencia Ramírez de Arellano, Vice- Rector y Coordinador General de la Pastoral del Santuario, en el XXVI Domingo Ordinario.

28 de septiembre de 2008

Hermanos, hermanas en Cristo Jesús. Hermanos y hermanas de la vida consagrada, hermanos en el ministerio sacerdotal y diaconal. En especial damos la bienvenida a nuestros hermanos sacerdotes salesianos, uno de ellos asistente del padre general en Roma y sucesor de san Juan Bosco, que nos acompaña el día de hoy. Mis hermanos del Venerable Cabildo de Guadalupe.

El Evangelio de hoy presenta la parábola, que acabamos de escuchar, Jesús la inicia: “Un hombre tenía dos hijos. Llegando al primer hijo Jesús le pregunto: ¿ve a la viña? Y el dijo: sí, pero no fue. Dirigiéndose al segundo, simple y sencillamente le respondió un: no, pero después de un proceso de arrepentimiento, de pensarlo fue. Jesús pregunta al final: ¿cuál de los dos cumplió la voluntad del Padre?

Con esta parábola Jesús quiere convencer a todos los que se escandalizaban por su predilección por los pecadores, por aquellos que ya habían sido enjuiciados, por aquellos que ya eran arrojados fuera de la comunidad creyente, no tenían ya salvación. Sin embargo Jesús insiste: sí existe el cambio de corazón, la conversión la penitencia, entonces todo puede cambiar. Los pecadores, quizás se han opuesto a la voluntad de Dios, sin embargo, se han arrepentido. No, es esto lo que sucedió quizás al hijo pródigo, de otra parábola también pronunciada por Jesús. Sin embargo, todavía existen aquellos que sintiéndose piadosos, servidores de Dios, cumplidores de una ley, de palabra dicen: sí, pero en la profundidad del alma de su conciencia es otra la realidad, es un no, que esconden.

Esta parábola, hermanos y hermanas, va dirigida consiguiente, para aquellos que se cierran a la Buena Nueva y se cierran por su hipocresía. En ella, sabemos que en la profundidad Dios actúa con ambos, su inmensa misericordia está presente en el corazón de todos, sin embargo, las respuestas son diferentes. ¿No es a caso, hermanos, la gran problemática de nuestros tiempos la hipocresía, la apariencia? Lo que verdaderamente está ahogando a las comunidades cristianas, a nuestras familias llegar a la autenticidad de vida, a una coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos, ahí está la clave para entender la Palabra de Dios de este día. Apliquemos, pues, la Palabra a nuestras vidas, hermanos.

Jesús critica la conducta de aquellos que en apariencia tienen buenas palabras, modos, cumple, pero no existe una conversión profunda en sus vidas. Aquí encontramos en la profundidad lo que nuestros obispos recientemente en Aparecida a insistido de sobre manera. Si no es a partir de un encuentro personal y segundo paso una conversión con Jesucristo nuestro Señor estamos herrando el camino. Aquí, es donde constantemente debemos nosotros abrirnos a la gracia y a la experiencia de lo que es volver nuestro corazón completamente a los mismos sentimientos de Cristo.

En esta parábola, hermanos, Jesús se enfrenta a las conductas hipócritas, de ciertos personajes de su tiempo impenetrable era el Evangelio, y si lo aplicamos a nuestras vidas, no es exactamente lo que a veces sucede en nuestras vidas, también. El Evangelio se nos escurre, decimos: sí Señor, pero no hay la profundidad de la conversión que nace para aceptar la voluntad de Dios. Y la pregunta radical que surge es: ¿cumplimos, hermanos, en nuestras responsabilidades en familia, en el trabajo, en la escuela, en la sociedad, cumplimos con la voluntad de Dios? o ¿con qué cumplimos? Aquí precisamente vemos como nosotros podemos caer en este grupo que vive hipócritamente un sí, pero carente de obras. Jesús  no lleva por otro lado a reconocernos como pecadores, que difícil es hacer eso. Y lo hacemos litúrgica y ritualmente al inicio de nuestra celebración Eucarística. Hoy lo hemos hecho y lo hacemos todos los días, sin embargo, es verdaderamente desde nuestra situación de necesidad de la misericordia de Dios, del perdón de Dios como vivimos y nos situamos ante nuestro Padre Dios totalmente autosuficientes y sin necesidad de nada, ni de nadie. Aquí se encuentra el drama del cristiano hoy. Necesitamos de Dios, de su amor misericordioso, de verdaderamente poder abrir nuestra vida a Él, experimentar en nuestra vida, la fuerza, la energía de lo que es su perdón profundo. Entonces sí podremos aceptando la voluntad de Dios ir a trabajar en la viña. La viña que es nuestras responsabilidades en este mundo. El ser padre, el ser madre, el ser hermano, el ser un trabajador, el ser un jefe, el ser un político o un ciudadano. Pero, trabajando en la viña del Señor, buscando siempre la justicia, el perdón, la reconciliación y no la muerte, el asesinato o el secuestro.

Estamos llamados a trabajar en la viña a partir de obras orientadas al Reino de Dios y por eso Jesús nos lo platea así: ¿cómo comprender en profundidad el trabajar en la viña del Señor, hermanos? Resuenan con fuerza las palabras del Evangelio aquí en esta casita de nuestra Madre Santísima de Guadalupe y recordamos ese diálogo que el ángel tuvo con Ella: “concebirás y darás a luz un hijo”.  Y  respondió María: “sí, he aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra”.

Y resuenan, también, hermanos, aquí en esta tierra santa del Tepeyac las palabras de nuestro hermano san Juan Diego pronunciadas a nuestra Niña y Señora: “Niña mía voy a cumplir tu aliento, tu voluntad”. Vemos aquí la profundidad de este sí, pero detrás de este sí hay obra, hay coherencia de vida, hay la profundidad de una vez aceptada la voluntad de Dios, llevarla hasta feliz termino.

Con estos modelos tan hermosos podemos comprender en profundidad lo que hemos escuchado en el  profeta Ezequiel, cuando decía: “El justo, el santo, puede llegarse aparta de la justicia, y de la santidad, si comete maldad, muere por la maldad que cometió. Cuando el pecador se arrepiente del mal que hizo y práctica la justicia y la rectitud, si recapacita y se aparta de los delitos cometidos, vive y no muere” (Ez. 18, 25-28). Ahí, hermanos, está nuestro trabajo, aceptémoslo, pues, a los pies de nuestra Madre Santísima, como vivir la voluntad de nuestro Padre ¿cómo llegar a comprender que para aceptar la voluntad de Dios se necesita esa humildad, ese anonadarse, ese despojarse de todo lo que a veces creemos que nos adorna, pero que en profundidad nos estorba? Tal como Pablo nos decía de Cristo: “Que se humilló a sí mismo y en obediencia aceptó la voluntad de Dios y la muerte y muerte de cruz”. (Flp. 2, 1-11).

María, Madre nuestra ante ti contemplamos ese sí tuyo y de Dios. Ese sí que se hizo tilma, que se hizo ayate, que se hace permanencia en medio de nosotros todos los días. Gracias, Niña y Señora por ese sí que nos ayuda a continuar, no obstante nuestras dudas, no obstante nuestras necedades y cada día nos ayuda a pronunciar nuestro sí para que la voluntad de nuestro Padre Dios sea una realidad en nuestras vidas.

 
 
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