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Homilía
de por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el X Domingo Ordinario.

08 de junio de 2008

JESÚS EN LA MESA DE LOS PECADORES

Mis queridos hermanos: la misericordia de Dios es la causa más profunda de nuestra esperanza y de nuestra confianza en el Dios que nos ha salvado por medio de su Hijo. Nuestra gratitud a ese Dios que hemos conocido por medio de Jesús, ha de mostrarse también con la actitud misericordiosa que él nos exige para ser verdaderos discípulos suyos y ciudadanos del Reino, que ya ha comenzado, pero que espera todavía la plenitud.

La religión, como ya hemos señalado varias veces, es un terreno muy resbaladizo cuando no somos conscientes de la gravedad que entraña. Para muchos de nosotros es sólo un refugio para los momentos difíciles, y lo es cuando es expresión de la fe auténtica, vivida en la perseverancia y como un riesgo en la confianza en Aquel que nos ama y de quien vivimos confiados. Así vivida la fe, la religión es su expresión auténtica y eficaz. Así vivió la fe Abraham que creyó contra toda esperanza que Dios le daría una descendencia a pesar de su avanzada edad; más aún a pesar de que él sabía que  —como dice literalmente la segunda lectura— ya estaban muertos su propio cuerpo y el seno de Sara. Esto quiere decir que no es posible la fe sin la esperanza y desligada del amor total a Dios que nos ama.

El profeta Oseas es muy contundente en sus observaciones contra un pueblo que sólo practica una religión que busca sólo a Dios para ponerlo a su servicio, especialmente en el nivel social. Incluso el arrepentimiento —como lo señala unos versículos antes del texto que hoy hemos escuchado— es sólo por pura conveniencia: es bueno arrepentirse para que Dios nos perdone y nos vaya bien y mejor. Pero esta actitud no revela más que una religión puramente formalista, calculadora e interesada, que es precisamente lo que Dios rechaza. El profeta advierte muy claramente que los actos de religión carecen de todo valor si no van acompañadas de amor y de conocimiento de Dios.

Una vez más tenemos que considerar esto que la Palabra de Dios nos enseña. Tal como lo hace el profeta Oseas en la primera lectura, hemos de entender que amor y conocimiento de Dios son inseparables. Porque no se ama lo que no se conoce y no se puede conocer a alguien sin que nos sintamos movidos al amor. Más aún, por el amor que decimos profesarle, manifestamos cuánto le conocemos. Y esto, mis hermanos, es más cierto cuando se trata de Dios a quien nos adherimos en la fe y en el amor mientras más lo conocemos buscando hacer su voluntad.

A esto es a lo que apela el Señor Jesús en el evangelio que hoy hemos escuchado. Él mismo actúa con suma coherencia llamando, para que vaya con Él, a un pecador. Alguien que no tenía derecho alguno en la vida del pueblo elegido. Era considerado peor que un pagano, pues además era entreguista al servir al poder dominante del imperio romano. Era un publicano. Y sin embargo es llamado por Jesús a seguirlo y ser del grupo de discípulos de los cuales algunos ya andaban con Él.

Leví, llamado también Mateo, que se sabía fuera de la ley, que vivía sumergido en el pecado y se sentía imposibilitado para superar esa situación; cautivado o atrapado en la rutina que le daba seguridad y le permitía ser alguien diferente, por el poder que ejercía en medio de corrupciones y abusos, se atreve ante la mirada y el llamado de Jesús, a dejarlo todo para seguir a aquel que le ha mostrado que Dios está interesado en él, desde la situación en que se encuentra, que no se siente juzgado ni condenado; al contrario, porque ha experimentado la bondad y la misericordia del que lo ama y lo llama para hacer de él alguien diferente, pero en el proyecto de Dios.

Una vez más, hemos de señalar que para dejar de ser pecador, basta con que nos sepamos amados por Dios que, con una mirada nos llama a dejarnos conducir por Él. Basta con que nos dejemos seducir y amar para dejar nuestras falsas seguridades: las que hemos puesto en las cosas que, a la hora de la verdad, nos impiden ser plenamente felices ya desde esta vida.

Esta enseñanza de Jesús nos lleva todavía, al menos, a dos reflexiones más: a cuidarnos de señalar, como los fariseos, a los otros, según nuestros criterios de “gente buena”, para marginarlos y evitar el trato con ellos. Y, la segunda, a reconocer con sinceridad que somos también pecadores necesitados de la salvación que sólo Jesús nos puede alcanzar.

Para finalizar nuestra reflexión, vale la perna considerar a la luz de la noticia sobre comida a la que asiste Jesús en casa de Mateo, y en la que Jesús, como siempre, es el anfitrión, la dignidad a la que somos llamados todos a participar en la Eucaristía dominical. En efecto, hemos de caer en la cuenta, mis hermanos, que no estamos, hoy y siempre, en la santa misa porque somos buenos, sino porque queremos celebrar juntos con alegría, cuánto nos ama Dios que, haciendo caso omiso de nuestros pecados, nos admite a compartir el alimento de su Palabra y de su Cuerpo y su Sangre. Al experimentar ese amor, como Mateo, comenzamos cada domingo una vida nueva que se expresa en una nueva actitud frente a las cosas y personas en las que no vemos sólo como algo de lo que podemos obtener ventajas sino de las que nos podemos servir, en la caso de los bienes materiales y a quienes podemos servir, en el caso de las personas.

Seguramente María, nuestra Muchachita y Celestial Señora, nos acompaña, como siempre, a descubrir esa mirada de Jesús que nos llama a seguirlo y a servir a nuestros hermanos, en la comprensión y en la misericordia, tal como ella lo hizo cuando fue elegida y llamada al servicio de Dios y de la humanidad.

Amén.

 
 
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