Esperanza para el mundo
La
Anunciación del Señor
La
Encarnación del Señor.
“Ha sonado la hora de la victoria de nuestro Dios, de su dominio
y de su reinado, y del poder de su Mesías, porque ha sido reducido
a la impotencia el que de día y de noche acusaba a nuestros hermanos,
delante de Dios. Pero ellos lo han vencido por medio de la sangre
del Cordero y por el testimonio que dieron, pues su amor a la
vida no les impidió aceptar la muerte”.
“Por eso, al entrar al mundo, Cristo dijo, conforme al Salmo:
No quisiste víctimas ni ofrendas; en cambio, me has dado un cuerpo.
No te agradaron los holocaustos ni los sacrificios por el pecado;
entonces dije Aquí estoy, Dios mío; vengo para cumplir tu voluntad”.
“Y en virtud de esta voluntad, todos quedamos santificados
por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez por
todas”.
“María contestó: Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí
lo que me has dicho”.
La liturgia nos ha elegido estos textos de la Palabra de Dios
para celebrar la fiesta de “La Anunciación del Señor” y también
hoy los Obispos de México, reunidos en este querido recinto guadalupano,
queremos celebrar no solamente el inicio de nuestra LXXXV Asamblea
Plenaria, sino particularmente el tercer aniversario del pontificado
del Santo Padre Benedicto XVI.
Los textos aluden de diferente manera al misterio de la Encarnación:
• El evangelio presenta la aceptación de María para colaborar
en el designio de Dios que le anuncia el ángel Gabriel para que
sea la madre de Jesús. “María contestó: Yo soy la esclava del
Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”.
• La segunda lectura de la carta a los hebreos recuerda la
aceptación de Cristo para, una vez encarnado, hacer la voluntad
del Padre y ser con la ofrenda de su cuerpo causa de santificación
para toda la humanidad. “Aquí estoy, Dios mío; vengo para cumplir
tu voluntad”.
• Finalmente la primera lectura del Apocalipsis anuncia la
gran victoria de Cristo prolongada por sus discípulos, en la medida
que, unidos a la sangre derramada por Él dan testimonio ofrendando
también ellos su propia vida. “Pero ellos lo han vencido por
medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron,
pues su amor a la vida no les impidió aceptar la muerte”.
Por tanto, los textos puntualizan los diferentes elementos
del dinamismo de la Encarnación iniciado y llevado a plenitud
por Jesucristo y prolongado en la Historia por sus discípulos.
Hacer la voluntad del Padre.
Tanto María como Jesús siguen el mismo camino, hacer de sus
vidas una ofrenda agradable a Dios, conocer, aceptar y cumplir
la voluntad del Padre.
De esta manera, dejan claramente indicado el objetivo de la
vida cristiana y de la relación con Dios, especialmente en la
intimidad de la oración. ¿Qué me pide el Padre en las circunstancias
de mi vida?
El discípulo de Cristo no busca a Dios para protegerse o tenerlo
como instancia poderosa que lo defienda ante todo mal y riesgo
existencial. El discípulo busca saber qué le pide Dios en su vida
y cómo vivirlo. Su alimento es como el de Jesús: Hacer la voluntad
del Padre.
La mediación sacerdotal que actualiza la encarnación.
Para cumplir la voluntad del Padre es indispensable unirse
a Cristo y ser santificado por Él. Es lo que nos recuerda la segunda
lectura: “todos quedamos santificados por la ofrenda del cuerpo
de Jesucristo, hecha de una vez por todas”.
La actualización del sacrificio salvífico de Jesucristo se
realiza en la celebración de la Eucaristía. De ahí la importancia
y centralidad para la comunidad cristiana de participar en la
misa. Es aquí donde se nutre la espiritualidad para hacer la voluntad
del Padre y se experimenta la acción de la gracia para ser discípulo
en una comunidad de discípulos.
El misterio de la comunión que garantiza la victoria del bien
sobre el mal.
Pero hay un tercer paso muy importante. Extender el misterio
de comunión que se celebra en la Eucaristía. Esta es la vida eclesial
que nace, se nutre y fortalece con la Eucaristía y se proyecta
a todos los ámbitos de la vida humana: familia, escuela, trabajo,
sociedad, etc.
Es llevar a Cristo en nuestro cuerpo y actividades para manifestar
así la victoria del bien sobre el mal.
El tejido de la vida eclesial es como lo comparó San Pablo
semejante a nuestro organismo, y la Iglesia lo ha definido como
el cuerpo místico de Cristo. Por tanto como auténtico cuerpo sus
miembros tienen diferentes funciones y responsabilidades. Todas
son importantes porque de ellas depende que la vida de Cristo
llegue a todos, pero hay algunas de importancia capilar. Ésta
es la responsabilidad de la Jerarquía eclesiástica en particular
de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, y especialmente, de
la cabeza del colegio apostólico que es el Papa, sucesor de Pedro.
Al celebrar hoy el todavía breve, pero ya muy fecundo ministerio
petrino de Su Santidad Benedicto XVI, quiero no solamente invitarlos
a orar por él sino a descubrir y aprovechar la reconocida riqueza
de su magisterio. Para ello recojo algunas afirmaciones de su
segunda Encíclica “en esperanza fuimos salvados”, que, a mi parecer,
ayudan a entender mejor la Victoria de Cristo del bien sobre el
mal, y cómo esa Victoria es la esperanza que la Iglesia está llamada
a transmitir en el mundo de hoy.
Que género de esperanza.
¿De qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar
la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay
esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza
se trata? (SS No. 1).
Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano
de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que
proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible
(SS No. 3).
Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se
hace llevadero también el presente. ... Eso significa que el Evangelio
no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber,
sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. (SS
No. 2).
La promesa de Cristo, no es solamente una realidad esperada
sino una verdadera presencia. (SS No. 8).
Dimensión comunitaria de la esperanza.
Esta vida verdadera, hacia la cual tratamos de dirigirnos siempre
de nuevo, comporta estar unidos existencialmente en un « pueblo
» y sólo puede realizarse para cada persona dentro de este « nosotros
». Precisamente por eso presupone dejar de estar encerrados en
el propio « yo », porque sólo la apertura a este sujeto universal
abre también la mirada hacia la fuente de la alegría, hacia el
amor mismo, hacia Dios. (SS No. 14).
Relación con las estructuras.
El recto estado de las cosas humanas, el bienestar moral del
mundo, nunca puede garantizarse solamente a través de estructuras,
por muy válidas que éstas sean. Dichas estructuras no sólo son
importantes, sino necesarias; sin embargo, no pueden ni deben
dejar al margen la libertad del hombre. Incluso las mejores estructuras
funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones
vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre
al ordenamiento comunitario. La libertad necesita una convicción;
una convicción no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada
comunitariamente siempre de nuevo. (SS No. 24, a).
Con otras palabras: las buenas estructuras ayudan, pero por
sí solas no bastan. El hombre nunca puede ser redimido solamente
desde el exterior. (SS No. 25).
Relación con las personas.
Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad
es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino
del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor
que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa,
pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada
para el bien una y otra vez. La libre adhesión al bien nunca existe
simplemente por sí misma. Si hubiera estructuras que establecieran
de manera definitiva una determinada –buena– condición del mundo,
se negaría la libertad del hombre, y por eso, a fin de cuentas,
en modo alguno serían estructuras buenas. (SS No. 24, b).
La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada
hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio. (SS No. 24).
Cada generación tiene que ofrecer también su propia aportación
para establecer ordenamientos convincentes de libertad y de bien,
que ayuden a la generación sucesiva, como orientación al recto
uso de la libertad humana y den también así, siempre dentro de
los límites humanos, una cierta garantía también para el futuro.
(SS No. 25).
La esperanza y el amor se funden en el deseo de Dios.
No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido
por el amor. (SS No. 26).
Es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples
esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza
que sostiene toda la vida. (SS No. 27).
La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para
sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera
es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación
con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo,
entonces estamos en la vida. Entonces « vivimos ». (SS No. 27).
La comunión con Jesús nos lleva a la comunión con todos.
La relación con Dios se establece a través de la comunión con
Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos
alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con
Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros
(cf. 1 Tm 2,6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar
en su ser « para todos », hace que éste sea nuestro modo de ser.
Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión
con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos.
(SS No. 28).
María, estrella de esperanza.
Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella
de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro
mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente
de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros,
plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)? (SS No. 49).
El « reino » de Jesús era distinto de como lo habían podido
imaginar los hombres. Este « reino » comenzó en aquella hora y
ya nunca tendría fin. Por eso tú permaneces con los discípulos
como madre suya, como Madre de la esperanza. Santa María, Madre
de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo.
Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre
nosotros y guíanos en nuestro camino. (SS No. 50). Amén.