Alabemos y glorifiquemos, mis amados hermanos y hermanas, a
nuestro Buen Padre Dios porque nos alimenta con lo mejor del trigo
y nos sacia con miel sacada de la roca.
Hoy celebramos solemnemente el Misterio Eucarístico que es
Sacramento de Caridad: "Sacramentum caritatis” nos
diría el Papa Benedicto XVI. Todo el amor de Cristo concentrado
en el sol del pan y del vino sacramentado. Es un misterio que
debemos: creer, celebrar y vivir. Misterio porque nos desborda
y nos asombra. El espíritu y la caridad son el alma de este misterio.
Por amor se entregó Jesús y se queda con nosotros en el Pan
de la Eucaristía, también, por amor. En la Eucaristía nos alimentamos
de amor, en todas sus dimensiones, por eso la Eucaristía, mis
amados hermanos y hermanas, entraña un compromiso con los pobres,
con los desvalidos, con los excluidos, con aquellos que no tienen
bienes, ni derechos.
Los invito, mis hermanos y hermanas, que nos dejemos iluminar
por la palabra que el Señor nos ha dado en esta solemnidad. En
la primera lectura contemplamos que el desierto supuso para unos
la apostasía, para otros el aumento de fe. Las dificultades a
unos los tumban, a otros los hace crecer, los fortalece, pero,
mis hermanos, a ambos nos son necesarios. Dios alimentó a su pueblo
en el desierto con la Palabra y el Maná para hacerles sentir su
presencia y para que confiaran en su providencia. No sea que te
olvides del Señor tu Dios que te sacó de la esclavitud. No sea
que te olvides, hay que recordar.
Hoy olvidamos que son muchos los que carecen de Pan y de Palabra,
quizás nosotros estamos llamados a ser su Providencia, si de verdad
tienen repercusiones nuestras vidas, la comunión que recibimos
en cada Eucaristía.
San Pablo en la segunda lectura de la Primera Carta a los Corintios
afirma la que la Eucaristía es signo y causa de fraternidad, de
común-unión. Cada vez que comulgamos hemos de comprometernos en
derribar barreras y superar distancias, en multiplicar abrazos
y acogidas. Ojala pudiéramos poner la Eucaristía no sólo en el
corazón de la Iglesia, sino en el corazón de mundo mismo.
Pero, es san Juan en su Evangelio quien nos transmite una verdadera
síntesis teológica sobre la Eucaristía y sobre la fe, un largo
capitulo, capitulo VI. Cristo es el verdadero Maná. Cristo es
el verdadero Pan de Dios, ¡que amor! mis hermanos, ¡que amor!
Dios que se hace pan para llenarnos y saciarnos. “Mi carne
es verdadera comida, mi sangre es verdadera bebida” y no hay
elemento más premiado que el pan; por el pan luchamos; por el
pan trabajamos; por el pan nos esforzamos, que increíble, que
amor. Cristo mismo se hace pan.
Una primera manera de comer a Cristo es la fe: escucharlo,
aceptarlo, acogerlo, compenetrarse con su Palabra y con sus sentimientos.
La segunda es la Eucaristía, llenarse de la misma vida de Jesús
“Él que come vivirá por Mí, vivirá en Mí y vivirá de Mí” y
esta vida es amor extremo, mis hermanos. Es pan que se parte,
se reparte, se comparte y se entrega a todos por igual. La Eucaristía
es misterio de fe nunca agotamos su riqueza. En la Eucaristía
se concentra toda la realidad de Cristo, sus sentimientos y actitudes,
sus palabras y sus signos, su amistad y su servicio, su capacidad
de perdón y de entrega hasta la muerte.
Mis hermanos, el pan y el vino consagrados no sólo rebosan
de Cristo, también, del amor del Padre y del Espíritu Santo, están
impregnados de amor trinitario. En la Eucaristía se hace presente:
el pasado, memorial. Sería una larga meditación sobre este memorial,
contemplar la Eucaristía como memorial y se anticipa el futuro,
contemplar la Eucaristía como profecía “Anunciamos tu muerte
Señor, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”. Pregustamos,
ya desde ahora el banquete del Reino, bien nos lo dice la Sacrosanctum
Concilium; pregustamos, saboreamos ya el Reino, por eso los
elementos que a veces tenemos en la Eucaristía son pobres todavía,
que a veces no queremos ni aprovecharlos, tenemos cara de empachados
estamos aquí a veces, tristes, durmiendo, ¡que pena! No alcanzamos
a entender que es la Eucaristía, ¡que pena! No basta creer y
celebrar, hay que vivirla la Eucaristía que es la mejor manera
de creerla y celebrarla. Él que come, dice, Jesús: “Él que
me come vivirá por Mí” es cuestión de vida no sólo de preceptos,
no sólo de ritos. Hemos de hacer de la celebración una vida y
de la vida una celebración, por eso quien hace de la Eucaristía
una celebración siempre vivirá feliz contento sonriente, entregándose
a los demás, fíjense cual es la dimensión del sacerdote, su misión
ministerial.
Vivir la Eucaristía es ser Eucaristía, como vivir de Cristo
y ser Cristo. Es Cristo quien vive en mí, nos dirá Pablo.
Convertirse en Cristo es compenetrarse con Él, llenarse de su
amor. La Eucaristía viene a ser una fuerza de transformación del
mundo, como la levadura que hace fermentar la masa. El que comulga
está llamado a ser fermento de solidaridad, para ello tiene que
salir de sí mismo, acercarse samaritanamente al hermano que sufre,
profetizar contra la injusticia y radiar el amor de Cristo en
la sociedad.
La
Eucaristía, mis amados hermanos y hermanas, imprime en quienes
la celebran con verdad; una auténtica solidaridad y comunión con
los pobres, con los desvalidos, con los sin voz. Así, pues, mis
amados hermanos y hermanas, creer, celebrar, vivir el misterio
Eucarístico en cualquiera de estas dimensiones de la Eucaristía
como misterio de fe, de culto y de vida se nos invita acercarnos
con asombro a la presencia permanente y a la entrega constante
del Señor entre nosotros y para nosotros en toda su profundidad,
con asombro, con apertura, con disponibilidad confiada.
Cada vez que celebramos la Eucaristía hemos de sentirnos tocados
por ese Cristo que nos amo hasta el extremo, hasta dar la vida.
Que se entregó hasta el fin, hasta la muerte, que superó y transformó
el sufrimiento humano e incluso, mis hermanos, la muerte. La muerte,
por eso la primera lectura pone énfasis en esto: como el sufrimiento,
la persecución y las dificultades, a unos los tumban a otros los
hacen crecer. Cuando vivimos la Eucaristía; cuando nuestra vida
es una vida eucarística, como vida eucarística es la de la Señora
del Cielo, nuestra Morenita es nuestro modelo, es quien nos motiva
y nos enseña a ser Eucaristía.
Cada vez que celebramos la Eucaristía hemos de sentirnos tocados
por ese Cristo que nos amo hasta extremo y es lo que significa,
mis hermanos, es lo que significa la adoración. Adorar nos es
mirar devotamente, pero desde lejos a distancia, no, es acercarse
más y más y dejarse quemar. Es empezar, mis hermanos, a vivir
fuertemente a Cristo, es empatizar con el sufrimiento de Cristo,
cuando padece, cuando muere y cuando resucita. Diríamos en una
palabra fundir: pensamientos e ideales, sentimientos y voluntades,
es entrar de lleno en el misterio Pascual renovándolo en ti mismo.
Es dejar que el dedo de Dios grabe en ti la imagen viva de
Cristo llagado y resucitado, qué increíble es esto.
Creer, pues, mis hermanos, celebrar y vivir la Eucaristía es
un reto cada día para nosotros, no son cosas tan distintas, son
complementarias y mutuamente se incluyen, así quien cree ya está
celebrando, porque la fe es una fiesta y quien celebra renueva
y refuerza su fe, quien cree ya ha empezado a vivir porque se
está abriendo a la vida de Dios y quien vive la vida nueva está
proclamando su fe en la Pascua de Cristo.
Por otra parte, mis hermanos, la celebración es flor de vida
y la vida es la más bella celebración. No cabe duda, pues, mis
amados hermanos y hermanas, que la Eucaristía está en el centro
de la vida del cristiano, es su fuente y es su culmén. De la Eucaristía
bebemos y nos alimentamos. En la Eucaristía descansamos y nos
comprometemos. La Eucaristía nos cura y nos regala. La Eucaristía
nos abraza y nos envía, qué intensa es. La Eucaristía nos recuerda
el memorial y nos garantiza y anticipa el futuro, es profecía.
Amén.